Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XVII Habitación compartida
Punto de vista de Esther
La cena fue un teatro perfecto orquestado para el público equivocado.
Nos sentamos a la imponente mesa del comedor bajo la luz tenue de la lámpara de araña. Erika, exhausta tras su viaje y la rabieta contra su abuelo, apenas revolvía la comida mientras nos contaba detalles banales de sus amistades. Frente a ella, Felipe y yo representábamos una comedia ensayada con una precisión escalofriante.
Cada vez que Ana o alguno de los sirvientes se acercaba a reponer las copas de vino, Felipe extendía la mano sobre la mesa y cubría la mía. Sus dedos estaban cálidos, firmes, envolviendo mi piel con un tacto que enviaba una descarga eléctrica directo a mi columna. Yo no apartaba la mano; al contrario, le sonreía con una dulzura fingida que me quemaba los labios, apretando su agarre como si fuéramos dos enamorados incapaces de guardar las distancias.
—Se ven ridículamente tiernos, de verdad —comentó Erika entre un bocado de ensalada, rodando los ojos pero sonriendo ligeramente—. Aunque no me acostumbro a ver a mi hermano, el fiscal implacable, actuando como un recién casado devoto.
—Cuando encuentras a la persona correcta, la devoción no se actúa, Erika —respondió Felipe, mirándome fijamente a los ojos mientras llevaba mi mano a sus labios para plantar un beso suave en el dorso.
El roce de su boca contra mi piel me hizo tragar saliva con dificultad. En sus ojos no había burla, sino una intensidad sombría que me hizo dudar por una fracción de segundo de dónde terminaba el papel y dónde empezaba la realidad.
En cuanto Erika se disculpó y subió a su habitación, la farsa se desmanteló en un parpadeo. Felipe soltó mi mano como si quemara, tomó su copa de vino y apuró el líquido de un solo trago sin volver a mirarme.
Una hora después, el silencio de la mansión se volvió pesado, casi sofocante.
Caminé por el corredor del segundo piso sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Al girar el picaporte de la suite principal y abrir la puerta, me encontré con la escena que había estado temiendo toda la tarde.
El espacio ya no era solo mío. En la peinadora de madera oscura, mis frascos de crema y mi cepillo de pelo descansaban junto a sus lociones de afeitar y su reloj de pulsera. En el vestidor, la puerta entreabierta dejaba ver mis pocos vestidos colgados al lado de sus trajes ejecutivos. La integración era total, impecable... y aterradora.
Felipe salió del baño principal vistiendo solo un pantalón de pijama oscuro y una camiseta blanca de algodón. Su cabello estaba ligeramente húmedo y despedía ese aroma especiado a madera y bergamota que impregnaba toda la habitación. Al verme en el umbral, se detuvo, ajustándose la manga de la camiseta.
—El baño está libre —dijo con voz baja y neutra, evitando fijar la mirada en mi rostro—. Dejé toallas limpias sobre el encimera.
—Gracias —musité, apresurándome a entrar al baño para cerrar la puerta con seguro.
Frente al espejo, me apoyé sobre el lavabo y respiré hondo tres veces. Me cambié por un conjunto de pijama de seda crema, de manga larga y pantalón fluido, sobrio pero liviano. Me desmaquillé con lentitud, retrasando lo inevitable cada minuto que podía. Cuando finalmente no me quedaron excusas, apagué la luz del baño y salí.
Felipe ya estaba acostado en el lado izquierdo de la enorme cama matrimonial, de espaldas a la puerta, leyendo un informe bajo la luz tenue de la lámpara de noche.
Caminé hacia el lado derecho de la cama. El colchón era suave, pero al sentarme sentí que el espacio se reducía a nada. Me deslicé bajo las sábanas de hilo fino, manteniendo una distancia prudencial de casi un metro entre los dos, pegando la espalda al borde del colchón.
Felipe apagó la lámpara de su velador. La habitación quedó sumida en una penumbra azulada, solo iluminada por el resplandor distante de la luna que filtraba la cortina del balcón.
El silencio que nos rodeó era casi ensordecedor. Podía escuchar el ritmo pausado de su respiración y el leve chasquido de la madera de la casa al asentarse. La calidez que emanaba de su cuerpo al otro lado de la cama creaba una corriente de aire invisible que me erizaba la piel.
—No tienes que dormir pegada al borde, Esther —rompió la oscuridad la voz de Felipe, grave, profunda y extrañamente suave—. Te vas a caer.
—Estoy bien aquí —respondí, con la vista fija en el techo de la suite.
Un leve suspiro escapó de sus labios. Escuché el roce de las sábanas cuando se giró lentamente hacia mi lado. Aunque no lo estaba mirando, sabía que sus ojos oscuros estaban clavados en mi perfil.
—Sé que estar en esta cama te incomoda —continuó él, bajando aún más el tono de su voz, como si las paredes pudieran escucharnos—. Sé que la idea de compartir este espacio conmigo destruye los límites que necesitas para sentirte segura. Y lo lamento.
Giré la cabeza despacio sobre la almohada para encontrarme con su mirada en la penumbra.
—No es la cama lo que me incomoda, Felipe —confesé con total sinceridad, manteniendo mi voz firme—. Es la facilidad con la que hacemos esto. Anoche me dijiste que todo era un contrato, pero hoy actuaste frente a tu hermana y los sirvientes como si realmente te importara. Da miedo lo bien que sabemos mentir.
Felipe se quedó en silencio durante varios segundos. Extendió la mano sobre las sábanas, deteniéndose a solo un par de centímetros de mi brazo, sin llegar a tocarme, pero respetando el límite invisible que nos separaba.
—Frente a los demás es una actuación, Esther —dijo, y por primera vez detecté un matiz de vulnerabilidad en su tono implacable—. Pero la promesa de protegerte de Gabriel y de la familia Linares no es ningún juego. Mañana a primera hora los peritos entregan el informe definitivo. Esta noche... solo intenta descansar. Estás a salvo aquí.
No respondí. Felipe no retiró su mano de las sábanas, manteniéndola allí como un escudo silencioso entre la oscuridad y yo.
Cerré los ojos poco a poco. La prisión me había enseñado a no confiar en nadie, pero extrañamente, escuchando el pulso constante y tranquilo del hombre acostado a mi lado, el miedo a la batalla que vendría mañana se sintió un poco menos pesado y por primera vez en años me quedé dormida sin tener pesadillas.
Llegan a la cabaña y lo primero que soltó Felipe fue a Melisa si algo está ocultando Esther es la atracción que siente y Felipe se dió cuenta y quiere enmendar su error veremos qué pasará allí y como saldrán.
Que astuto el viejo quiere tener ojos en la casa de Felipe y Esther como dijo Erika tienen química se atraen pero no lo reconocen 🤣😂🤣😂
y los e melissa tienes que pi er todo claro con ella Felipe si no quieres perder a Esther
por que que otra cosa
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓