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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:392
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 21

Capítulo 21: Ogro, Pervertido, Desgraciado

Lo que traía en la mano era una paleta de cuero, ancha como mi palma, con el mango de madera pulido de tanto uso.

Él se inclinó hasta que su cara quedó a la altura de la mía. Me quitó el pelo de la frente con dos dedos, como quien despeja una mesa.

—¿Sabes para qué es esa? —No esperó—. Para la cara. Un golpe con eso y la hinchazón no baja en quince días.

Extendió la mano para tomarla.

No lo pensé. Nadie piensa borracho. Se la arranqué de los dedos antes de que los cerrara, me la apreté contra el pecho con los dos brazos y me fui para atrás, arrastrándome sobre la alfombra, hasta que la espalda me dio contra la pata de la mesa larga.

Se quedó con la mano en el aire.

Uno. Dos. Tres. Conté porque no podía hacer otra cosa. Y en el tres algo le cambió en la cara, no hacia la calma, hacia lo contrario, y se rio sin ganas, con los dientes.

—Desobedecer ya no te basta. —Se enderezó—. Ahora es motín.

Y ahí me solté a llorar.

No como se llora en ese cuarto, con la boca cerrada y las reglas encima. Me senté en la alfombra con las piernas abiertas como una niña en la banqueta, con la paleta abrazada, y lloré con ruido, con mocos, con hipo, con el vino subiéndome por la garganta cada vez que tomaba aire. No sé cuánto. Cuando volví a verlo tenía los dedos en la sien, apretando, y miraba el techo.

—Eres la reina de esta casa, ¿no? —dijo, muy bajo, para el techo.

Sacó un pañuelo del bolsillo. Seda negra, con una S bordada en la esquina en el mismo negro, que solo se veía si le daba la luz. Me lo estampó en la cara con la palma entera.

—Límpiate. Das asco.

Me limpié. Y después hice lo que hace una borracha: me fui gateando hasta él, con la paleta y todo, me trepé a sus piernas y me acomodé contra su pecho, con la nariz en el hueco del cuello donde olía a lodo seco y a pólvora, y ahí me quedé.

Sentí que levantaba la mano. La sentí en el aire, arriba de mi cabeza, esperando.

Bajó. Una palmada en la espalda, ni fuerte ni suave. Como se le pega a un perro que ya se echó.

—Está bien —dijo—. Tú mandas.

Lo demás me llegó en pedazos.

Me llegó el techo del pasillo pasando, con las lámparas de una en una. Me llegó que iba colgada de él como una niña, con las piernas en su cintura y la cara en su hombro, y que él caminaba sin que nada se moviera. Me llegó el vestíbulo, muy blanco, y doña Meche de rodillas en el piso recogiendo cosas de una bolsa rota: una camiseta amarilla, unos pasadores de plástico, bolsas de papas.

—Señor. —Se puso de pie con las manos llenas—. ¿Esto lo tiro?

Silencio. Yo sentí el silencio en su pecho, cómo le subía y le bajaba.

—Mañana que Teo vacíe una pared de la biblioteca —dijo— y ponga un estante. Acomódale sus porquerías.

Doña Meche no contestó. Creo que no le salió.

—El té que traje. Dáselo en la mañana. No en la noche.

Y entonces, no sé por qué, abrí los ojos.

Tenía su mandíbula a un dedo. La barba de un día, la línea dura, la oreja. Levanté la mano, le puse el dedo en la mejilla y empujé, como se le pica a una cosa para ver si está viva.

—O-gro.

Empujé otra vez.

—Per-ver-ti-do.

Otra.

—¡Des-gra-cia-do!

Oí caer las bolsas de papas. Todas.

En Tierra Bruma, después supe, la gente que le dice eso al Lobo en la cara ya tiene el pasto crecido encima. Doña Meche se persignó. Él giró la cabeza despacio y me miró desde muy cerca, con esos ojos que no parpadeaban.

—¿Quieres morir?

No le contesté. Le vomité encima.

Todo. El Romanée-Conti, el vino dulce, el durazno, la comida de la fonda, en una ola oscura y caliente que le bajó por la camisa negra, por el pecho, y le salpicó la barbilla.

Sus brazos se pusieron duros. Los sentí prepararse, los dos, como se prepara algo para lanzar. Y no me lanzaron. Se quedaron así, duros, un momento larguísimo, y el vestíbulo entero dejó de respirar.

Doña Meche sacó un trapo de la nada.

—No.

Una palabra y el trapo se quedó en el aire. Él caminó. Pateó la puerta de mi cuarto, pateó la del baño, y me dejó dentro de la tina como se deja una bolsa. Se arrancó la camisa por la cabeza, sin desabotonarla, una camisa hecha a la medida que costaba más que la papelería de mi papá, y la tiró al bote.

—Ganaste —le dijo a la camisa.

Abrió la regadera de mano y se echó el agua encima primero, a él, en el pecho, en el cuello, tallándose con la palma hasta dejarse la piel roja. Después me tocó a mí. Me sacó el vestido, lo que quedaba de él, y me lavó como se lava un carro: el pelo, la cara, los brazos, la espalda, sin mirar, sin decir nada, con una esponja que raspaba. Me hacía cosquillas. Me reí. Me resbalé en la tina y me fui para abajo, riéndome, tragando agua.

—Quieta.

Me quedé quieta. Vi mi cuerpo bajo el agua, blanco, con las marcas: las moradas de otras noches en los muslos y las rojas de esta, frescas, y el pensamiento pasó y se fue con el agua: todas son de él.

Me envolvió en una toalla y me cargó al cuarto. Y ahí se detuvo, con la vista en la cama.

Entre las cobijas revueltas estaba la Walther. Con mi mascada rosa enrollada alrededor, tres vueltas, y un moño chueco encima.

Se quedó viéndola. Yo también, aunque no me acordaba de haberlo hecho.

—¿Le pusiste vestido a la pistola?

No sonaba enojado. Sonaba a alguien que se rinde. La tomó con dos dedos, con moño y todo, y la dejó en el buró.

Me puso en la cama y fue al clóset. Ese cuarto había sido suyo, había dicho doña Meche alguna vez, para dormir un rato cuando bajaba del cerro; abrió el vestidor con la seguridad de quien sabe dónde está cada cosa. Estaba de espaldas, sin camisa, y con la luz del clóset le vi la espalda entera por primera vez: la piel del color de la miel oscura y, cruzándola, varias líneas más claras, viejas, de una punta a otra, como si alguien hubiera intentado borrarlo con una regla.

Cerré los ojos. Los abrí.

Sacó una bata azul oscuro y se la puso. Después pasó la mano por los vestidos que colgaban, los que Teo mandaba traer en avión, los de las etiquetas, y se detuvo en la pila de mi ropa de lino en el estante de abajo.

—Cerdo de monte no come alimento fino —dijo, con desprecio, y sacó un camisón blanco.

Y ahí, al levantar la mano, se quedó quieto otra vez.

El estante de en medio. La manta de cachemira gris. Sus ojos se le fueron encima como se van a una puerta que alguien dejó mal cerrada: el doblez estaba un poco levantado, la manta un poco más gorda de lo que una manta debe estar. Vi su mano moverse hacia ella.

El miedo me atravesó el vino de lado a lado. Y me salió la voz sola, aguada, de niña:

—Agua… tengo sed…

La mano se detuvo a dos dedos de la lana.

—Estorbo —dijo entre dientes.

Cerró el clóset.

Me trajo un vaso y me lo pegó a la boca. Tomé con los ojos cerrados y el agua se me escapó por la comisura, por el cuello, hasta el hueco de la clavícula, y él me la quitó de ahí con el pulgar, un solo movimiento, como se quita una gota de una mesa. Me bajó a la almohada. Se levantó.

Le agarré la bata. El borde, con el puño, sin pensar.

—No se vaya…

No se fue. No de inmediato. Y yo, con los ojos cerrados y la casa de Narvarte de pronto en la nariz, con el olor a papel de la papelería y al jabón de mi mamá, dije lo que no había dicho en voz alta desde el rancho:

—Papá… mamá…

Sentí que la bata se tensaba.

—No soy tu papá.

La voz le salió de otro lugar, uno frío. Tomó mi mano y empezó a abrirme los dedos uno por uno, sin lastimar, con paciencia de quien desarma algo.

—Señor… Salvatierra… —dije, y no sé si fue por miedo o porque su nombre era lo único que quedaba en el cuarto.

Los dedos se detuvieron. Me soltaron la mano, pero la dejaron donde estaba. Y la presión que se había metido en el cuarto salió por donde entró.

Me apretó la mejilla con dos dedos, fuerte, hasta que supe que me iba a quedar la marca.

—Mañana te arreglo.

Después, la puerta.

* * *

En el despacho del tercer piso, Lucio dejó sobre el escritorio lo que había subido del sótano: un paquete rasgado de galletas de colores, con un Dedito de menos.

Abrió el cajón de la derecha, el que se abría con la huella, donde guardaba los discos duros que nadie más tocaba, y puso el paquete encima.

La puerta se abrió sin que nadie tocara.

—Primo, ¿ya te enteraste de que la cuñadita compró medio mercado? Meche está que… —Bruno vio el paquete. Estiró la mano—. ¿Y eso? ¿Galletas? A ver…

—Quita la mano.

Bruno la quitó. Miró el cajón, el paquete, la cara de su primo, y se le acomodó todo.

—¿De la cuñadita?

Lucio cerró el cajón. Bruno se sentó sin que lo invitaran y dejó el tono de juego en la silla de al lado.

—La Fénix llega pasado mañana. ¿La recojo yo?

—Sí.

—Voy de traje.

—Cuidado con la boca. —Lucio no lo miraba; miraba la pantalla—. Esa mujer no coquetea. Cobra.

Bruno se fue. Lucio giró la llave del cajón y la guardó.

En la pantalla de la izquierda, en blanco y negro, la muchacha dormía boca abajo con un brazo colgando de la cama y la pistola con moño en el buró. Un segundo. Dos. Tres.

Apagó la pantalla. No regresó la grabación.

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