Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 11: La Verdad Sobre la muerte del padre.
Capítulo 11: La Verdad sobre la muerte del padre
Pasé tres días sin dormir. La llamada de Elena quemaba en mi memoria, como un secreto a punto de explotar. Cada vez que miraba a Sebastián, veía a su madre. Cada vez que pensaba en Rebeca, veía a una posible asesina. No podía seguir así.
—Necesito hablar contigo —le dije a Sebastián una noche, después de acostar a Nico.
Él levantó la vista del libro que estaba leyendo. Algo en mi tono debió alertarlo, porque cerró las páginas de inmediato.
—Dime.
—Vamos para allá afuera.
Salimos al jardín del almacén. Había luna llena y las estrellas brillaban como pequeños testigos de lo que estaba por confesar.
—Elena me llamó —empecé—. No solo para amenazarme.
—¿Qué más quería?
—Contarme la verdad sobre mi padre.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
—Que no se suicidó. A mi padre lo mataron.
—¿Quién?
—Rebeca.
El silencio se hizo más pesado que una lápida.
—¿Qué? —susurró.
—Rebeca lo mató por la herencia. Porque quería todo el dinero para ella.
—Eso no es cierto.
—Elena dice que tiene pruebas: cartas, documentos. También tiene testigos.
—¿Y tú le creíste?
—No quería creerle. Pero anoche revisé los documentos que me envió.
Saqué mi teléfono. Abrí los archivos que Elena me había enviado por correo electrónico. Se los mostré. Cartas manuscritas de mi padre, fechadas días antes de su muerte.
"Si algo me pasa, fue Rebeca."
"Descubrí que desvió fondos de la empresa. Me amenazó y no sé hasta dónde es capaz de llegar."
"Cuiden de Camila. Ella no tiene la culpa de nada."
Sebastián leyó cada palabra. Su rostro pasó de la incredulidad al horror.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque tenía miedo. Miedo de perderte. Miedo de que no me creyeras. Miedo de que esto destruyera nuestra familia.
—¿Y ahora?
—Ahora no puedo seguir mintiendo.
Sebastián cerró los ojos. Apretó los puños y sus manos temblaban.
—Siempre supe que Rebeca era capaz de cosas terribles. Pero esto...
—Lo sé.
—¿Qué vamos a hacer?
—Enfrentarla. Juntos. Como lo hacen las verdaderas familias.
—¿Y si no podemos?
—Entonces nos iremos lejos, para empezar de nuevo.
Repetí sus propias palabras, las que me había dicho días atrás. Él sonrió, pero esta vez tenía una mueca por sonrisa. Una sonrisa triste, fiel reflejo de un alma rota.
—Eres increíble, ¿lo sabes?
—¿Por qué?
—Porque tu hermana mató a tu padre, y aun así estás aquí conmigo. Dispuesta a seguir adelante.
—Porque te quiero. Porque quiero a Nico. Porque no voy a dejar que el odio destruya lo que hemos construido.
Nos abrazamos, y por un momento el mundo dejó de doler.
Al día siguiente fuimos a la mansión. Elena nos esperaba en la biblioteca, como si supiera que este día llegaría.
—Siéntense —dijo, señalando los sillones de cuero.
Nos sentamos frente a ella. Frente a la mujer que había sembrado la duda sobre Rebeca.
—Sé por qué vinieron —dijo Elena, con una calma perturbadora—. Por las cartas y los documentos. Vinieron para saber la verdad sobre Rebeca.
—¿Es cierto? —preguntó Sebastián—. ¿Rebeca mató al padre de Camila?
—Sí.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
—Porque Rebeca me amenazó. Dijo que si hablaba me mataría.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no me importa, porque voy a desaparecer. Me voy del país, tal vez rumbo a Europa, y nunca volverán a saber de mí.
—¿Y la empresa?
—Es tuya. Haz lo que quieras con ella.
—¿Y el asesinato?
—Morirá conmigo. Nadie lo sabrá nunca.
Elena se levantó y nos miró por última vez.
—Cuídense. Se los digo con la mayor honestidad del mundo.
Salió de la biblioteca, y nunca volvimos a verla.
Esa noche, Rebeca me llamó.
—¿Viste? —dijo—. Elena se fue sin pagar por sus crímenes.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Voy a seguir con mi vida. Con mi hijo. Con mi esposo.
—¿Vas a dejar que tu padre quede sin venganza?
—Mi padre no quería venganza. Quería justicia. Pero la justicia a veces es imposible.
—Entonces eres una cobarde.
—Soy una madre, una esposa dispuesta a proteger a su familia.
—¿Incluso si eso significa dejarme libre?
—Sí.
Rebeca enmudeció.
—Nunca te lo perdonaré.
—No te pido que me perdones. Solo que te alejes de mí, de Nico y de Sebastián.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te destruiré con las pruebas que tengo, que incluyen documentos y declaraciones de testigos. No lo dudes.
—¿Me estás amenazando, hermanita?
—Te estoy advirtiendo.
Colgué.
Mis manos temblaban. Pero mi corazón estaba en paz. Por primera vez en años, había elegido mi propio camino. No el de Rebeca. No el de Elena. No el de mi padre muerto. El mío.
Sebastián entró en la habitación.
—¿Todo bien?
—Sí. Rebeca no va a molestarnos más.
—¿Estás segura?
—No. Pero estoy dispuesta a enfrentarla si lo hace.
—Esa es mi mujer.
Sonrió y me besó.
Afuera, la luna seguía brillando. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro podía ser hermoso.
—¿Qué piensas de la confesión de Elena?
—Like si crees que Camila hizo lo correcto al no vengarse.
—Corazón para las hermanas que se reconcilian.