Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 7: La Firma del Destino
El salón de la mansión Lecrec parecía más pequeño bajo la sombra imponente de Sebastian Spencer. Alfred Lecrec, con el rostro demacrado y la voz temblorosa, dio un paso al frente sin mirar a su hija.
—Aceptamos el trato —dijo con firmeza.
Elena sintió que el mundo se derrumbaba a sus pies.
—¿Qué? —susurró, incrédula.
Sebastian sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino una curva fría y triunfante que apenas curvó sus labios.
—Excelente decisión, Alfred. Mañana mismo mi familia se instalará aquí, en la mansión Lecrec. Consideren esta propiedad como mía desde este instante. Mis abogados traerán los contratos listos para firmar por la mañana.
Alfred asintió, cabizbajo, sin atreverse a mirar a Elena.
—Como usted diga, señor Spencer.
Sebastian inclinó ligeramente la cabeza, lanzó una última mirada penetrante a Elena y se marchó con el mismo paso seguro con el que había entrado. El sonido de la puerta principal cerrándose retumbó como una sentencia final.
En cuanto se quedaron solos, Elena se volvió hacia su padre como una tormenta.
—¡¿Cómo pudiste, papá?! —gritó con la voz rota por la furia y las lágrimas que ya corrían por sus mejillas—. ¡Ni siquiera me consultaste! ¡Ese hombre es un desconocido! ¡Quiere casarse conmigo, tener un hijo conmigo, como si yo fuera un objeto! ¡Es un monstruo, un tirano sin corazón! ¿Cómo pudiste venderme de esta forma?
Alfred se pasó una mano por el rostro, visiblemente agotado. Su voz sonó baja, casi derrotada:
—Elena… no teníamos otra opción. Tu hermano está en una celda. Las cuentas de Marius están bloqueadas. Si no aceptábamos, todo se habría perdido: la empresa, la casa, nuestro apellido… todo. Cinco años pasan rápido. Tú eres fuerte. Siempre lo has sido.
—¡Fuerte no significa que merezca esto! —sollozó ella—. ¡Estoy sacrificando mi vida, mi futuro, mi libertad! ¿Y todo por los errores de Martín? ¡No es justo!
Alfred no soportó más la mirada acusadora de su hija. Se dio la vuelta y salió del salón sin decir otra palabra, dejando a Elena completamente destrozada. Ella se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos mientras los sollozos sacudían su cuerpo.
Después de varios minutos, tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Olivia.
—Liv… —su voz se quebró apenas escuchó a su amiga—. Aceptaron el trato. Me caso con Sebastian Spencer. Mañana se mudan aquí… Dios mío, no puedo creerlo.
Olivia se quedó en silencio unos segundos al otro lado de la línea.
—Elena… lo siento tanto. ¿Estás segura? Podemos buscar otra salida, hablar con abogados, con…
—No —interrumpió Elena, limpiándose las lágrimas con rabia—. Ya no hay salida. Lo permitiré. Por mi familia. Pero te juro que ese hombre va a lamentar haberme elegido.
Al día siguiente, Elena se presentó en las oficinas centrales de Spencer Consulting & Construction vestida con uno de sus mejores trajes profesionales. El cabello rubio recogido en una coleta alta y una determinación férrea en sus ojos verdes. Sin embargo, los guardias de seguridad le bloquearon el paso en la recepción.
—Lo siento, señorita. Sin cita previa no puede subir.
—Dígale a Sebastian Spencer que Elena Lecrec está aquí —exigió ella con voz firme.
Los guardias dudaron. Uno de ellos habló por el intercomunicador. Minutos después, las puertas del ascensor privado se abrieron y Sebastian apareció en el vestíbulo. Alto, imponente y vestido con un traje negro que acentuaba su figura.
—Ella es mi futura esposa —declaró con voz clara y autoritaria para que todos los empleados presentes lo escucharan—. A partir de ahora, Elena Lecrec tiene acceso total a este edificio. ¿Entendido?
Los guardias palidecieron y se apartaron de inmediato.
—Por supuesto, señor Spencer.
Sebastian miró a Elena y señaló el ascensor con la cabeza.
—Sube.
Una vez en su oficina del último piso —un espacio minimalista, elegante y frío como su dueño—, Elena cerró la puerta tras de sí. Sacó una carpeta gruesa de su maletín y la colocó sobre el escritorio de Sebastian.
—Aquí están todos mis proyectos —dijo con voz controlada, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Los complejos residenciales sostenibles, los diseños de oficinas ecológicas, los planos que he desarrollado durante los últimos dos años. Te ofrezco todos los derechos legales y económicos. Son buenos, Sebastian. Muy buenos. Podrían generar millones. Tómalos y déjame fuera de este matrimonio infernal.
Sebastian se recostó en su sillón de cuero, mirándola con esa intensidad glacial que parecía atravesarla. Tomó la carpeta, la hojeó por unos segundos y luego la dejó a un lado sin interés aparente.
—No me interesan tus proyectos, Elena.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
—Esto no se trata de negocios —continuó él, levantándose lentamente y rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella—. Se trata de un trato. Tú te casas conmigo. Me das un heredero. Y yo perdono las deudas de tu familia. Tus planos son irrelevantes para mí. Lo que quiero es tu palabra… y tu cuerpo cuando llegue el momento.
Elena retrocedió un paso, con las mejillas ardiendo de indignación y vergüenza.
—Eres despreciable —susurró—. ¿Realmente crees que voy a acostarme contigo solo porque firmaste un papel?
Sebastian se acercó más. Su aroma a madera y especias la envolvió. Bajó la voz, casi en un susurro peligroso:
—Cinco años, Elena. Y sí, llegarás a mi cama. No porque yo te obligue con violencia… sino porque no tendrás otra opción. Ahora ve a casa. Mañana firmamos los contratos y mi familia se muda. Empieza a despedirte de tu antigua vida.
Elena lo miró fijamente, con odio puro brillando en sus ojos verdes. Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y salió de la oficina, dejando la puerta abierta de golpe.
Sebastian se quedó de pie, mirando la carpeta que ella había dejado. Por primera vez, una leve sonrisa genuina —casi imperceptible— asomó en sus labios.
—Vas a ser un desafío interesante, Elena Lecrec.