Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
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Capítulo 15
Capítulo 15 — El precio de Lumina
"Pídele palabra."
Valentina despertó con esa frase pegada a la cabeza, aunque pertenecía a un recuerdo de años atrás y no a la mañana que tenía enfrente.
La realidad llegó en forma de llamada a las 7:12.
—Licenciada Reyes —dijo una voz masculina, demasiado amable para traer buenas noticias—. Habla Ernesto Salvatierra, representante legal de Servicios Altamar.
Valentina se sentó en la cama.
—Lo escucho.
—Mi cliente ya no puede sostener el calendario informal. Necesitamos el pago vencido completo antes del viernes o iniciaremos suspensión y cobro judicial.
Viernes.
Miró el reloj. Lunes.
—Teníamos una reunión programada.
—Y la tendremos, si llega con propuesta de pago real.
—¿Cuánto consideran real?
El abogado no dudó.
—Cinco millones de pesos para cubrir Altamar, servidores asociados y penalizaciones de continuidad.
Valentina cerró los ojos.
Cinco millones otra vez.
La cifra la perseguía con distintos trajes.
—Envíeme el detalle por correo.
—Ya lo tiene.
El teléfono vibró contra su oreja con la notificación.
—Buen día, licenciada.
La llamada terminó.
Valentina no se movió durante diez segundos. Luego se levantó, se lavó la cara, se vistió y bajó sin mirar hacia el despacho. Si veía a Sebastián antes de tener un plan, iba a parecer exactamente lo que no quería ser: una mujer acorralada caminando hacia la única puerta abierta.
En Lumina, Luna leyó el correo de Altamar y dijo una mala palabra que no habría puesto jamás por escrito.
—No tenemos una semana.
—Tenemos cuatro días.
—Eso es menos que una semana, jefa.
—Gracias por la precisión matemática.
Rodrigo llegó a las nueve con el reporte actualizado. No hizo comentarios sobre el tono de la oficina. Solo puso una hoja sobre la mesa.
—Si Altamar suspende servidores, se cae el piloto de Valverde y Terranova se va a retirar.
—Lo sé.
—Necesitan liquidez puente.
—También lo sé.
Rodrigo la miró con una paciencia que no era suya. Era de Sebastián, filtrada por otra cara.
—Grupo Arriaga mantiene la propuesta si hay garantía.
Valentina sostuvo su mirada.
—No.
—Entonces necesita otra fuente antes del viernes.
—Estoy trabajando en eso.
Trabajar en eso significó llamar a Terranova y escuchar que la carta de Valverde era positiva, pero insuficiente para adelantar dinero antes de due diligence. Significó escribir a dos fondos que respondieron con "revisemos en dos semanas". Significó pedirle a Ana una medida urgente contra Diego y recibir una respuesta seca: sin activos localizados, congelar era desearle suerte al juez.
A las once, Salvatierra llegó a Lumina sin cita.
No subió solo. Venía con un auxiliar, una carpeta sellada y esa educación de abogado que convierte cada palabra en amenaza lavada.
—No pretendemos ahogar a una empresa joven —dijo en la sala de juntas.
Valentina no se sentó.
—Entonces no la ahoguen.
El auxiliar bajó la mirada a sus papeles.
Salvatierra mantuvo la sonrisa.
—Necesitamos garantías de pago. Altamar sostiene infraestructura crítica y también tiene compromisos.
—Puedo ofrecer dos pagos esta semana y un calendario firmado.
—Sin garantía externa, mi cliente no lo aceptará.
Garantía externa.
Otra vez la misma puerta.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
—Licenciada Reyes, si los servidores se suspenden, su piloto con Valverde queda comprometido. Y si Valverde se cae, cualquier fondo que esté mirando a Lumina va a ver una empresa sin clientes activos.
No lo decía para informarla.
Lo decía para que escuchara el ruido exacto de la caída.
Cuando el abogado se fue, Luna cerró la puerta de la sala con demasiado cuidado.
—No lo golpeé porque Ana cobra caro.
Valentina miró la carpeta sellada sobre la mesa.
—Gracias.
A mediodía, llamó a Daniel.
Él contestó al segundo tono.
—Vale.
La forma en que dijo su nombre la hizo sentir culpable antes de hablar.
—Necesito preguntarte algo incómodo.
—Dime.
—¿Puedes prestarle dinero a Lumina? No a mí. A Lumina. Con contrato, intereses, garantías sobre ingresos futuros, lo que sea razonable.
Hubo silencio.
Valentina cerró los ojos. Ya sabía.
—¿Cuánto?
—Cinco millones.
Daniel soltó el aire despacio.
—Vale...
—Dilo.
—No puedo.
Ella asintió aunque él no pudiera verla.
—Está bien.
—Mi empresa también está en reestructura. No al nivel de Lumina, pero estamos renegociando deuda. Si muevo esa cantidad, me hundo con mis socios.
—Lo entiendo.
—Puedo hablar con Terranova otra vez. Puedo presionar.
—No si los hace salir corriendo.
—No voy a arruinarte una puerta.
Valentina apretó el celular.
—Gracias.
—¿Sebastián puede...?
—No.
Daniel no insistió.
—Si quieres que revise contratos, sí puedo. Si necesitas que vaya contigo a una reunión, voy. Dinero así, hoy, no puedo.
La honestidad le dolió menos que una falsa esperanza.
—Gracias por no mentirme.
—Nunca quise ser otro hombre que te promete cosas que no puede cumplir.
Valentina no supo qué contestar.
Colgó minutos después y se quedó en la escalera de emergencia del edificio, con el ruido lejano del tráfico subiendo desde Santa Fe. No lloró. Ya no le quedaba tiempo para llorar.
Regresó a la sala de juntas.
—Daniel no puede —dijo.
Luna dejó el marcador sobre la mesa.
—Terranova tampoco antes del viernes.
—No.
Rodrigo cerró su computadora portátil.
—Entonces hay dos opciones.
—No diga la primera.
—Aceptar garantía de Sebastián Montero.
—Dije que no la dijera.
—La segunda es suspender operaciones críticas y perder Valverde.
Luna se sentó.
El silencio que siguió fue peor que cualquier discusión.
Valentina miró el mapa de objetivos. "Ronda limpia" seguía escrito en rojo. Debajo, alguien —probablemente Luna— había pegado una nota adhesiva con una carita furiosa.
La arrancó despacio.
—Dilo —pidió Luna.
Valentina no la miró.
—¿Qué cosa?
—Que aceptar su garantía no significa que Camila tenga razón. Ni que tú seas menos directora. Ni que Lumina deje de ser tuya.
—No sabes eso.
—Sí lo sé. Porque si mañana entra el dinero, tú vas a ser la que hable con Altamar, con Valverde, con Terranova y con todos los que quieran venir a cobrarnos la dignidad por factura.
Valentina apretó la nota adhesiva en la mano.
—No quiero que esto sea otra deuda invisible.
—Entonces hazla visible. Contrato, plazo, condiciones. Que no sea favor. Que sea herramienta.
Rodrigo no intervino, pero por primera vez en todo el día no parecía estar esperando que ella fracasara.
—Salgan un momento.
Luna abrió la boca.
Valentina la miró.
—Por favor.
Luna salió. Rodrigo también.
Valentina se quedó sola con las cifras. Cinco millones para no caer. Cinco millones con una firma que no quería deber. Cinco millones que podían comprar tiempo, empleos, servidores, Valverde, Terranova.
Lumina no era solo orgullo.
Era gente.
Era Luna quedándose cuando todos se iban. Era Raúl y Melissa y las cartas de recomendación. Era Don Ignacio diciéndole que no se vendiera barata aunque no usara esas palabras. Era también Sebastián, aunque le doliera admitirlo: el regalo que ella convirtió en empresa para no ser solo la protegida de nadie.
A las ocho de la noche, Valentina regresó a Las Lomas.
Doña Esperanza intentó decirle que la cena estaba servida. Ella negó con la cabeza y caminó directo al despacho.
La puerta estaba cerrada.
Valentina levantó la mano.
Tocó una vez.
—Adelante —dijo Sebastián desde dentro.
Entró.
Él estaba detrás del escritorio, revisando documentos. No levantó la vista de inmediato.
Valentina sostuvo la espalda recta.
—Acepto.
La pluma de Sebastián se detuvo.
No alzó la cabeza.
—¿Qué aceptas?
Valentina apretó los dientes.
Cada palabra le costó más que los cinco millones.
—Tu ayuda.