¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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La Gravedad De Una Mirada
Fue en ese instante cuando él levantó la mirada, y todo mi mundo se detuvo. Sus ojos, de un marrón cálido y profundo, me recorrieron con una mezcla de curiosidad y amabilidad. Jester medía al menos un metro ochenta, lo que me obligaba a levantar la cabeza para sostenerle la mirada. Su sola presencia parecía llenar el espacio detrás de la barra; vestía un delantal oscuro de bartender y tenía las mangas de la camisa arremangadas, revelando unos brazos fuertes y seguros.
—¡Jester, hermano! —exclamó Gonzalo, dándole otra palmada en el hombro—. Te presento a mis amigas. Ella es Caliope, y ella es Yadira.
—Un placer, chicas —dijo Jester. Su voz era profunda, un murmullo pausado que contrastaba con el bullicio del bar.
Caliope, siempre desenvuelta, le sonrió con entusiasmo y lo saludó con un beso en la mejilla, rompiendo el hielo al instante. Yo, en cambio, sentí que la timidez me paralizaba los pies. El modelaje me había enseñado a fingir seguridad frente a cientos de cámaras, pero frente a la mirada atenta de Jester, me sentí completamente vulnerable. Extendí la mano con un gesto rígido, pero él, con una sonrisa ladeada que le formaba pequeñas arrugas cerca de los ojos, acortó la distancia y me dio un beso suave en la mejilla. Su perfume, una mezcla de madera, cítricos y un toque de café, me embriagó al instante.
—El placer es mío —logré articular, esforzándome para que mi voz no temblara.
—Gonzalo me ha hablado mucho de ustedes —comentó Jester, mientras tomaba un par de vasos limpios—. Dice que son insoportables, pero yo veo que exageraba.
—¡Oye! —protestó Gonzalo riendo, ganándose un empujón juguetón de Caliope.
—Es un chiste —añadió Jester, guiñándonos un ojo—. A ver, ¿qué les puedo preparar para darles la bienvenida? Esta ronda corre por mi cuenta.
Caliope pidió de inmediato un cóctel frutal, y Gonzalo optó por una cerveza fría. Cuando Jester me miró a mí, esperando mi respuesta, me quedé un segundo en blanco. Su atención fija en mi rostro me ponía nerviosa.
—No bebo mucho alcohol —admití, jugando con el borde de mi bolso—. Algo suave y dulce estaría bien.
—Entendido. Un reto para el bartender —respondió con un brillo divertido en los ojos.
Lo observé trabajar con una fascinación silenciosa. Sus manos se movían con una agilidad casi artística, mezclando ingredientes, agitando la coctelera con ritmo y decorando cada copa con precisión cirujana. Mi mente perfeccionista no pudo evitar admirar su dedicación; se notaba que amaba lo que hacía. Cuando colocó frente a mí una copa elegante con un líquido rosado y una rodaja de fresa, sentí que el pecho me daba un vuelco.
—Especial para ti, Yadirqa. Pruébalo y me dices —susurró, apoyando los codos en la barra para quedar a mi altura.
Le di un pequeño sorbo. Era perfecto: dulce, refrescante y con un toque de hierbabuena que me alivió la tensión acumulada.
—Está delicioso. Gracias, Jester —le dije, regalándole una sonrisa sincera.
—Me alegra que te guste —contestó él, sosteniendo mi mirada un segundo más de lo necesario antes de tener que atender a otro cliente.
Caliope me dio un codazo disimulado y me sonrió con picardía. Yo solo bajé la cabeza, tratando de ocultar el calor que subía por mis mejillas, deseando que el ruido del bar camuflara los latidos desbocados de mi corazón.
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