Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 2
Cap. 02: El aroma que no pertenecía a Vega
Damián Vega se enteró de la liberación de Camila cuando la fiesta ya había terminado.
El último coche de invitados salía por la avenida de cipreses. La música había muerto. Los criados caminaban con pasos rápidos, recogiendo copas, cerrando cortinas, borrando de la casa los restos de una noche que todos fingirían perfecta.
Damián entró a sus habitaciones con la pierna ardiéndole.
Había sonreído demasiado. Había permanecido de pie más tiempo del que su cuerpo toleraba. Había bailado una pieza breve con Elena Salazar bajo la mirada satisfecha de ambas familias, aunque cada giro le había metido fuego en los huesos.
No importaba.
Lo habían visto de pie.
Eso era lo único que importaba.
—¿Dónde está Camila? —preguntó, quitándose los guantes.
El joven que le servía desde hacía unos meses, un muchacho torpe llamado Raúl, se quedó inmóvil junto a la puerta.
—Señor...
Damián giró la cabeza.
—Pregunté dónde está.
El scent del muchacho se llenó de miedo, agrio como leche cortada.
—Doña Beatriz firmó su liberación. La enviaron a casa con una compensación.
Por un momento Damián no entendió las palabras.
Liberación.
Compensación.
Casa.
La habitación pareció inclinarse. Durante tres años, cada cosa había estado en su lugar aunque su cuerpo no respondiera. La mesa junto a la cama. El vaso con agua. Las vendas limpias. El paso silencioso de Camila antes del amanecer. Su olor a pan tibio y lluvia, mezclado con hierbas machacadas entre los dedos.
—¿Quién autorizó eso?
—Su madre, señor.
La copa que Damián sostenía estalló contra la pared.
Raúl retrocedió.
El lobo de Damián golpeó bajo su piel, no con fuerza limpia, sino con esa rabia rota que le quedaba desde la frontera. Su pierna amenazó con doblarse. La odio por eso. Odio el bastón que ya no usaba en público. Odio el dolor. Odio imaginar a Camila caminando por una calle cualquiera con la cabeza baja y la carpeta de su juramento contra el pecho, como si de verdad pudiera irse.
—Irá a llorar dos días —dijo Damián, más para sí que para el criado—. Después volverá.
Raúl no respondió.
Damián sonrió sin alegría.
—Todas vuelven cuando recuerdan dónde está el techo.
Pero esa noche no durmió.
La cama era demasiado grande.
El silencio, insoportable.
Al otro lado de Santa Aurelia, Camila despertó antes del amanecer por pura costumbre.
Se sentó de golpe, buscando el sonido de una campanilla que no existía. Tardó varios segundos en recordar la manta vieja, el cuarto pequeño, la respiración de Nico al otro lado de la pared.
No había fiebre que revisar.
No había vendas que cambiar.
No había heredero golpeando la mesa porque el dolor lo hacía odiar al mundo.
Camila volvió a acostarse.
Una sonrisa pequeña se le escapó en la oscuridad.
—¡Qué maravilla! —murmuró.
Durmió hasta que Marta empezó a mover cazuelas en la cocina con más ruido del necesario.
Al mediodía, la maravilla ya tenía grietas.
Marta quería saber cuánto dinero había recibido. Quería saber si los baúles incluían telas finas. Quería saber si Beatriz había dicho algo sobre una pensión mensual. Camila respondió lo mínimo mientras preparaba café y cortaba pan para Nico.
—No puedes quedarte sin hacer nada —dijo Marta por fin.
Camila mordió el pan.
Estaba un poco duro. Le supo perfecto.
—Ayer dejé de servir después de tres años. Puedo no hacer nada dos días.
—No somos ricos.
—Tampoco somos Vega.
Marta apretó los labios.
—Tu hermano necesita libros. Bruno manda lo que puede desde el aserradero, pero no alcanza. Si hubieras pedido una pensión...
Camila dejó el pan sobre el plato.
—Si vuelves a sugerir que debí venderme mejor, voy a salir a buscar trabajo hoy mismo y no vuelvo a comer en esta mesa.
Nico miró a una y otra con los ojos enormes.
Marta se persignó, ofendida y asustada.
—Eres mi hija.
—Entonces háblame como a una hija, no como a una deuda mal negociada.
El silencio que siguió fue duro, pero no inútil.
Marta bajó la mirada primero.
—Perdón.
Camila no esperaba esa palabra. Le dolió más que una pelea.
—Voy a registrar mi liberación en la oficina civil —dijo, más suave—. Quiero que quede copia fuera de Vega.
—¿Es necesario?
Camila pensó en la línea sin firma de Damián.
—Sí.
La oficina civil de Santa Aurelia ocupaba un edificio antiguo frente a la plaza de San Telmo. Para los humanos, era un lugar de permisos, herencias y pleitos menores. Para las manadas, el sótano guardaba registros que no aparecían en ningún archivo público: juramentos, sanciones de tribunal, cambios de alianza, nacimientos de linaje de lobos.
Camila se puso su vestido más sencillo, escondió la carpeta bajo un chal y caminó con el cuerpo alerta.
Santa Aurelia olía distinto fuera de Casa Vega. Olía a tortillas calientes, gasolina, lluvia sobre piedra, flores vendidas en cubetas azules. Olía a gente que tenía prisa y no sabía que los lobos caminaban entre ellos.
Por primera vez en años, nadie la reconoció.
La fila de la oficina era larga. Camila esperó casi una hora antes de que una funcionaria humana revisara la primera página, bostezara y le indicara una puerta lateral sin mirarla a los ojos.
—Registros especiales.
Camila bajó por una escalera estrecha.
El sótano era más frío. Las paredes tenían sal incrustada en las esquinas y sellos de plata vieja sobre los marcos. Allí sí la miraron. Dos guardias de Sierra Clara, por las insignias discretas en los puños, levantaron la cabeza al percibir su aroma.
Camila apretó la carpeta.
—Vengo a registrar una liberación de servicio.
Uno de los guardias le señaló una banca.
—Espere.
Esperó.
Diez minutos. Veinte. Treinta.
Cuando el reloj marcó casi una hora, una mujer salió de una oficina interior con la carpeta en la mano y el rostro demasiado neutro.
—Camila Rojas Marín.
Camila se puso de pie.
—Sí.
—El documento tiene una irregularidad. Necesitamos verificación de un juez de manada.
El estómago se le hundió.
—¿No es válido?
—No he dicho eso.
—Pero tampoco dijo que lo fuera.
La mujer la observó con una pizca de interés.
—Siéntese, por favor.
Camila no se sentó.
Había aprendido que, cuando alguien con autoridad decía «por favor» sin oler a amabilidad, significaba «quédate quieta mientras decidimos tu vida».
—¿Cuánto tardará?
—Lo que tarde el juez.
Una puerta se abrió al fondo.
El aroma llegó antes que el hombre.
Frío. Limpio. Abetos después de la lluvia. Café oscuro. Piedra mojada.
La loba de Camila, que había pasado años hecha un ovillo, levantó la cabeza de golpe.
No fue curiosidad.
Fue reconocimiento sin memoria.
Camila se quedó inmóvil mientras un hombre alto salía de la oficina interior con la carpeta abierta en una mano. Tendría más de treinta y cinco años, tal vez cerca de cuarenta, aunque su rostro no tenía nada de cansado. Llevaba traje gris oscuro, sin joyas visibles, y una autoridad tan natural que los guardias enderezaron la espalda antes de que él dijera una palabra.
Sus ojos, de un café casi dorado, encontraron los de Camila.
El aire cambió.
Camila sintió calor bajo la piel. No un calor de vergüenza. Más hondo. Como si algo dormido en su sangre hubiera oído su nombre desde lejos.
El hombre también se detuvo.
Apenas un segundo.
Pero Camila lo vio.
Vio cómo sus dedos se cerraban con más fuerza sobre la carpeta. Vio cómo respiraba una vez, lento, demasiado controlado. Vio una sombra dorada cruzarle las pupilas.
—Camila Rojas —dijo.
Su voz era baja.
La pronunció como si el nombre tuviera peso.
—Sí.
—Soy Gabriel Serrano.
Alfa Gabriel Serrano.
El juez de Sierra Clara.
Camila bajó la mirada por reflejo, pero algo en ella se resistió a inclinar la nuca. No era orgullo. Era otra cosa. Una cuerda tensándose entre su pecho y aquel scent imposible.
Gabriel miró el documento.
—¿Estuvo bajo servicio de la manada Vega tres años?
—Sí.
—¿La liberación fue voluntaria?
Camila pensó en la risa de Damián. En Beatriz firmando sin querer escándalo. En la línea vacía.
—La pedí yo.
La respuesta pareció importarle.
—No pregunté eso.
Camila tragó saliva.
—Doña Beatriz la concedió.
Gabriel giró una página.
—Damián Vega no firmó.
—El escribano dijo que no era necesario.
El scent de Gabriel se enfrió. No hacia ella. Hacia el papel.
—El escribano mintió.
La funcionaria bajó los ojos. Los guardias fingieron no escuchar.
Camila sintió que el sótano se cerraba sobre ella.
—Entonces sigo atada.
Gabriel levantó la mirada.
Esta vez no había sombra de lobo en sus ojos. Había algo peor: una calma exacta.
—No he dicho eso.
—Todos dicen eso antes de devolverme a alguien.
El silencio cayó tan rápido que Camila se arrepintió. No por la frase, sino por haber dejado que sonara el miedo.
Gabriel cerró la carpeta.
—Nadie va a devolverla a Vega hoy.
La loba de Camila empujó contra sus costillas.
El calor volvió, mezclado con una punzada extraña debajo del esternón.
—¿Hoy?
Algo parecido a una sonrisa, muy leve, apareció en la boca de Gabriel.
—Es usted cuidadosa con las palabras.
—Las palabras son lo único barato que nunca me regalaron.
Ahora sí sonrió. No mucho. Lo suficiente para que Camila sintiera que el aire entraba mejor.
Gabriel tendió la carpeta a la funcionaria.
—Registro provisional de protección. Sello de Sierra Clara. Audiencia en cuarenta y ocho horas para validar la liberación y revisar abuso de juramento de servicio.
La mujer asintió de inmediato.
—Sí, alfa.
Camila parpadeó.
—No pedí protección.
Gabriel volvió a mirarla.
Su aroma la envolvió sin tocarla. Abeto, café, lluvia.
—Lo sé.
—Entonces...
—La ley no espera a que una mujer esté sangrando para reconocer el filo.
Camila no supo qué responder.
Gabriel dio un paso hacia ella. No demasiado cerca. Justo lo suficiente para bajar la voz sin obligarla a retroceder.
—Escúcheme bien, Camila Rojas. Su juramento está mal cortado, pero está cortado. Vega tendrá que discutirlo conmigo antes de discutirlo con usted.
La punzada bajo sus costillas se transformó en algo tibio.
—¿Y si discuten fuerte?
—Entonces escucharé fuerte.
Era una respuesta seria.
Por alguna razón, eso casi la hizo reír.
La funcionaria selló una copia y se la entregó. El papel nuevo olía a cera, metal y a la autoridad de Sierra Clara. Cuando Camila lo tomó, sus dedos rozaron los de Gabriel.
Un relámpago le subió por la mano.
No dolió.
La dejó sin aire.
Gabriel retiró la mano al mismo tiempo que ella, pero su mandíbula se tensó. Su lobo también lo había sentido.
Camila escondió la mano bajo el chal.
—Gracias, alfa Gabriel.
—Gabriel está bien.
Eso era imposible. Los alfas no ofrecían su nombre así a una rango bajo desconocida.
Camila no lo usó.
—Me iré antes de que anochezca.
Gabriel miró hacía la estrecha ventana del sótano. La lluvia golpeaba el vidrio.
—Pida un coche.
—Puedo caminar.
—Puede. Pero no debería.
—¿Es una orden?
La pregunta salió más filosa de lo prudente.
Gabriel no se ofendió.
—No.
Entonces Camila hizo lo que no había podido hacer en Casa Vega: eligió.
—Entonces caminaré.
Gabriel la observó por un segundo largo. Después inclinó apenas la cabeza.
—Como quiera.
Camila subió las escaleras con el nuevo papel apretado contra el pecho y el scent de Gabriel Serrano pegado a la piel como lluvia limpia.
Afuera, Santa Aurelia se había oscurecido.
Caminó rápido bajo el agua, ignorando el frío. No llegó a la segunda esquina antes de darse cuenta de que alguien la seguía.
No olia a Gabriel.
Olía a hierro, perfume frío y madera quemada.
Vega.