Luego de morir, reencarna en el cuerpo de la villana de un juego. Decidida a no morir, se va de vacaciones con su fortuna. Pero su paz es interrumpida con la llegada de un huevo de dragón.
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Capitulo 2.
Habían pasado casi cuatro meses desde que Lady Vivienne Ashcroft desapareció de la capital.
Al principio los rumores fueron entretenidos. Algunos aseguraban que había huido después de un desengaño amoroso; otros juraban que estaba organizando un golpe de Estado desde algún lugar remoto y tampoco faltaron quienes afirmaban que había perdido la razón al vender buena parte de su patrimonio para instalarse en un rincón olvidado del continente.
La realidad era mucho menos interesante.
Vivienne acababa de despertar de una siesta de casi diez horas.
Abrió un ojo con evidente esfuerzo, observó el techo de madera de su villa y dejó escapar un largo bostezo.
—Qué vida tan difícil...
Giró sobre la cama.
—Dormir tanto también cansa.
Permaneció unos minutos abrazando la almohada antes de reunir la voluntad suficiente para levantarse.
La villa era sencilla comparada con las mansiones que había dejado atrás, aunque seguía siendo espaciosa. Estaba construida sobre una pequeña colina desde donde podía verse el mar y el puerto pesquero. Cada mañana llegaban barcos con pescado fresco, los vecinos se saludaban por su nombre y nadie hablaba de política.
Era exactamente la vida que había imaginado.
Se cambió de ropa con tranquilidad y salió al jardín.
Su ama de llaves, Mara, una mujer cercana a los cincuenta años con expresión firme y pocas palabras, ya la esperaba junto a la mesa del desayuno.
—Buenos días, mi lady.
—Buenos días, Mara.
—El desayuno se enfrió.
—Eso significa que dormí bastante.
Mara suspiró resignada.
Ya se había acostumbrado.
Cuando aceptó seguir a Vivienne pensó que continuaría sirviendo a una noble ocupada. Descubrió, para su sorpresa, que su nueva señora tenía un talento extraordinario para evitar cualquier tipo de obligación.
Vivienne tomó una rebanada de pan.
—¿Alguna novedad?
—El señor Owen dejó el pescado que pidió.
—Perfecto.
—También llegaron frutas.
—Excelente.
—Y recibió tres cartas.
Vivienne dejó el pan sobre el plato.
—Qué mala noticia.
—¿Cuál de las dos?
—Las cartas.
Mara le alcanzó el pequeño paquete.
Vivienne reconoció inmediatamente los sellos.
La capital.
El consejo de nobles.
Una invitación a un banquete.
Sin abrir ninguna, las colocó sobre la mesa.
—¿Las guardo?
—No.
—¿Las respondo?
—Tampoco.
Vivienne tomó las tres cartas y las dejó dentro del cajón donde ya descansaban otras tantas.
—Si nunca las leo, técnicamente siguen siendo problemas del futuro.
Mara ya ni siquiera intentó discutir.
Después del desayuno, Vivienne tomó una caña de pescar y caminó hasta un pequeño muelle de madera.
No era especialmente buena pescando.
Tampoco le importaba.
Pasó casi dos horas sentada con los pies balanceándose sobre el agua.
Sacó un pez.
Luego otro.
Y perdió tres anzuelos.
Regresó satisfecha.
—Ha sido un día productivo.
Mara miró los dos pequeños pescados.
—Supongo.
La tranquilidad duró exactamente tres días más.
Aquella mañana los campanarios comenzaron a sonar con insistencia.
Los habitantes del pueblo abandonaron sus casas.
Los comerciantes dejaron de vender.
El alcalde corría de un lado a otro.
Vivienne abrió la ventana todavía despeinada.
—¿Qué ocurre?
Mara acababa de regresar de la plaza.
Su rostro mostraba una preocupación poco habitual.
—Llegaron mensajeros desde la capital.
—¿Y?
—El Imperio de los Dragones declaró la guerra.
Vivienne tardó unos segundos en procesar la información.
—¿Cómo?
—La frontera oriental fue atacada.
—¿Hoy?
—Anoche.
El silencio se instaló entre ambas.
Vivienne conocía la historia original del juego.
Recordaba conspiraciones.
Conflictos políticos.
Atentados.
Pero jamás una guerra contra el Imperio de los Dragones.
Frunció el ceño.
—Eso no debía pasar.
Mara la observó sin comprender.
—¿Dijo algo?
—Nada.
Las noticias siguieron llegando durante el resto del día.
Ciudades destruidas.
Fortalezas reducidas a cenizas.
Escuadrones enteros desaparecidos.
Los dragones cruzaban los cielos sin detenerse.
Nadie entendía el motivo.
El Imperio llevaba décadas sin iniciar una guerra.
De repente había movilizado todo su ejército.
En el pueblo comenzaron los preparativos.
Algunos hombres hablaban de alistarse.
Las familias almacenaban comida.
Los niños preguntaban qué estaba pasando.
Vivienne escuchó todas aquellas conversaciones mientras compraba pan.
—Qué desastre...
El panadero suspiró.
—¿Cree que llegarán hasta aquí?
—Espero que no.
—Dicen que los dragones pueden destruir ciudades enteras.
Vivienne recibió el pan.
Ella siguió caminando como si nada.
Al regresar, Mara la esperaba en la entrada.
—¿No piensa preparar provisiones?
—Ya tenemos.
—¿Refugios?
—La casa tiene sótano. Lo que vaya a pasar tendrá que pasar. Además, eso es problema de la capital. Somos un pequeño lugar en el sur y vivimos lejos de los problemas.
Mara cerró los ojos.
—Mi lady...
—Si el mundo va a terminar, al menos habré vivido tranquila por unos meses.
Aquella respuesta la dejó sin argumentos.
Después del almuerzo, Vivienne decidió salir a caminar.
El bosque cercano siempre le transmitía calma.
Los árboles ofrecían sombra, el aire era fresco y un pequeño arroyo atravesaba el sendero.
Mientras avanzaba, intentaba recordar si había olvidado alguna parte importante del juego.
No encontraba nada relacionado con aquella guerra.
—Qué raro...
Continuó caminando.
Entonces escuchó un golpe.
Algo pesado chocaba repetidamente contra las piedras del arroyo.
Se acercó con curiosidad.
Entre las ramas descubrió una enorme esfera blanca.
Parpadeó.
—¿Qué...?
Se aproximó un poco más.
No era una roca.
Tampoco una escultura.
Era un huevo.
Gigante.
Casi le llegaba a la cintura.
El agua lo empujaba lentamente contra varias piedras, impidiendo que siguiera la corriente.
Vivienne permaneció observándolo.
Su primera reacción fue muy sencilla.
—No.
Dio media vuelta.
Caminó tres pasos.
Se detuvo.
—No es asunto mío.
Avanzó otros dos.
—Exactamente.
Asintió convenciéndose.
—Los problemas empiezan así.
Continuó alejándose.
—Encuentras algo extraño.
Otro paso.
—Lo recoges.
Otro más.
—Y terminas en serios problemas.
Negó con firmeza.
—Yo me retiro.
Había recorrido casi diez metros cuando algo dentro de ella comenzó a incomodarla.
Se detuvo otra vez.
Miró hacia atrás.
El huevo seguía atrapado entre las piedras.
—...
Apretó los labios.
—No.
Intentó seguir caminando.
No pudo.
Gruñó por lo bajo.
—Maldita conciencia...
Regresó lentamente hasta el arroyo.
Se agachó frente al enorme cascarón.
—Escucha, sea lo que seas, yo no quiero responsabilidades.
Apoyó una mano sobre la superficie blanca.
En ese mismo instante sintió un pequeño latido.
Muy débil.
Después otro.
Vivienne retiró la mano como si hubiera recibido una descarga.
Permaneció inmóvil.
Volvió a tocar el cascarón.
El pequeño corazón seguía latiendo.
Despacio.
Con dificultad.
Su expresión cambió por completo. Era cierto que la villana tenía magia, aunque ella ya no la usaba por sus vacaciones.
—Sigues vivo...
El agua continuaba golpeando el huevo una y otra vez.
Si permanecía allí mucho tiempo más, terminaría rompiéndose.
Vivienne cerró los ojos.
Permaneció así varios minutos.
Finalmente dejó escapar un largo suspiro.
—Si me voy y mañana apareces muerto, voy a sentirme culpable durante el resto de mi vida.
Apoyó ambas manos sobre el cascarón.
—Y odio sentir culpa.
Intentó moverlo.
No consiguió ni un centímetro.
—...También odio el ejercicio.
Gracias a su magia y a sus recuerdos, logró liberar el huevo de las piedras.
Miró el enorme objeto. Su cascarón blanco era tan brillante como una estrella.
—Bien. Voy a llevarte conmigo.
Media hora después regresaba por el sendero. A su lado, el huevo levitaba con una aura invisible.
Cuando Mara vio el enorme ser abrió los ojos con sorpresa.
—Mi lady... ¿qué es eso?
—Bueno...
Las dos contemplaron el cascarón durante unos segundos.
Vivienne levantó la vista hacia el cielo.
—Supongo que el fin de mis vacaciones.
Gracias por compartir tan maravillosa historia💕