Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Recibiendo su castigo.
Esa tarde, el primer acuerdo estaba listo, cargado de una tensión palpable. Rafael pasó por nosotros y Nahuel ya esperaba en el juzgado, su figura un ancla en la tormenta. A su lado, Octavio, con su hijo Rodo, pero ni rastro de Roxana. La verdadera responsable de todo esto, ¡la rata cobarde, no dio la cara!
—Hola, Briella. ¿Cómo está Leo? —pregunta Nahuel, con una mirada suave ofreciendo consuelo.
—Hola, Nahuel. Mi pequeño está... emm... estable, pero profundamente dolido por todo —respondo, la voz teñida de preocupación— Piensa que tendré muchos problemas y está angustiado por mí. Mi niño es tan bueno que todo esto me está destrozando el corazón.
—Tienes un hijo increíble, Briella. De verdad, ese pequeño vale oro... y todo es gracias a tu esfuerzo y dedicación. No te preocupes la escuela te respalda y yo también lo pienso hacer.
—Yo haría todo por mi príncipe... ¡incluso daría mi vida por él! —digo, la voz desbordada de un amor inquebrantable. - Gracias Nahuel, el que estés aquí... Leo te quiere mucho y eso significa todo para él en este momento.
Mi mirada se cruza, sin querer, con la de Octavio, que se encuentra escuchando cada palabra de nuestra conversación, con una intensidad inquietante. Antes de que pueda entrar, él me impide el paso, una mano extendida, una barrera invisible.
—¿Ese pelirrojo es el padre de tu hijo? —pregunta, la voz tensa, casi un gruñido.
—¿Qué te importa quién es el padre de mi hijo? —respondo, intentando esquivarlo, con mi paciencia al límite.
—Briella, ¿no crees que me debes una explicación al menos de lo que sucedió? _ insiste sin moverse un centímetro.
—¿De qué exactamente te debo algo a ti?
—Un día simplemente desapareces sin decir nada, solo dejando los papeles del divorcio atrás... y ahora te veo con otro hombre y un pequeño. ¿Cómo no quieres que piense que me fuiste infiel y que te fuiste con tu amante?
¿De verdad este imbécil acaba de decir lo que yo escuché? ¡Me llama infiel cuando él fue quien estuvo teniendo una aventura en nuestra propia casa! Ja, ¡qué poca madre tiene este desgraciado! La indignación me hierve en las venas tanto así que ya tengo los puños apretandos y los dientes rechinando, pero no puedo perder la compostura, no aquí. No delante de mi hijo.
—Si ese pensamiento calma tus propias culpas, puedes pensar lo que quieras —digo, con un cinismo que me sabía a victoria amarga.
—Briella, me debes una explicación.
—Podría preguntarte lo mismo. _ me cruzo de brazos ante el viendo cómo Leo está junto a Nahuel sin poder escuchar nada. - Tienes un hijo que es incluso más grande que el mío... solo que eso ya no tiene sentido para mí. Espero que tu esposa se haga presente y dé la cara por todo lo que hizo.
Me aferro al brazo de Rafael, buscando refugio en su presencia, y caminamos decididamente hacia el interior del juzgado dejando a ese poco hombre atrás. Me moria de ganas de gritarle todas sus verdades, pero de hacerlo lastimaría a mi propio hijo al saber toda la verdad que por tantos años me esforcé por ocultar.
—¿Mami, ya conocías al papá de Rodo? —pregunta Leo, con la voz apenas un susurro, lleno de curiosidad infantil.
—Desgraciadamente, sí, cariño. Ahora algunas personas te preguntarán por lo sucedido, Leo... así que solo di la verdad, no omitas nada. Yo estaré bien si dices la verdad.
—Sí, mami... voy a decir toda la verdad.
—Gracias, cariño. No tengas miedo, que yo estaré esperando por ti. _ Le doy un último abrazo cargado de todo mi valor para que no sienta miedo.
Al ingresar, unas asistentes llevan a los niños a cuartos separados, sus pequeños pasos resonando en el silencio. A mí, junto a Nahuel y Octavio, nos llevan a otro lugar, la atmósfera cargada de expectación.
—Todo estará bien, Briella —dice Nahuel, tocando mi hombro, un gesto de apoyo silencioso.
—Gracias, Nahuel. Sé que todo estará bien porque nosotros no hemos hecho nada malo. Somos las víctimas, no los victimarios.
En la sala, cada uno da su declaración, las palabras pesando en el aire. Nahuel relata todo desde la perspectiva de la escuela, su voz firme, y trae consigo el testimonio grabado de otros alumnos que han sufrido el acoso implacable de Rodo. Con respecto a la agresión que casi sufrió mi hijo, la mujer que está tomando notas declara que la agresora tendrá que pagar una compensación por los daños ocasionados. En cuanto a mí, por romperle la nariz, también deberé pagar una multa bastante elevada, ya que todo pasó en el establecimiento. ¡Una ironía cruel!
—Señor, ¿su esposa no piensa acudir a la orden dada por la corte? —pregunta la jueza, su mirada inquisitiva fija en Octavio.
—No sé dónde está ella —responde Octavio, con una preocupación que no logra ocultar.
—Eso se considera desacato y puede volver a prisión, más otra multa. Además, ambos estarán recibiendo visitas de supervisión por el comportamiento de su hijo, ya que nos queda claro que ninguno está dándole un sano cuidado al menor.
—Lo entiendo.
Al salir, por fin aparece la reina del drama, su figura un torbellino de indignación arrazando con todo a su paso.
—¿Por qué llegas a esta hora? —grita Octavio, al verla, su furia contenida estallando por fin.
—Necesitaba ir al médico para arreglar mi nariz. ¿Qué pasó? ¿Todo salió bien, verdad?
—Por supuesto que no, Roxana. ¡Nada salió bien!
Dos policías se acercan, sus pasos firmes, y sin decir nada esposan nuevamente a Roxana en plena vía pública, ante la mirada de todos los transeúntes.
—Señora, usted queda arrestada por desacato a la orden del juez.
—¡Espera, no! ¡Otra vez! ¡Esto es un error! _ grita desesperada mientras yo no puedo evitar reír ligeramente.
—Debió pensarlo mejor. _ le ordena el oficial arrastrándola hacia adentro de la corte.
—¡Octavio, ayúdame por favor.... Octavio! —grita, llorando, sus súplicas resonando en el aire.
Ante las súplicas de Rodo, quien lloraba desconsolado al ver a su madre siendo llevada esposada, supongo que no me quedo de otra que intervenir por ella. Pero se notaba la clara derrita en su rostro y eso fue la mejor recompensa para mi.
Supongo que quien mal obra mal acaba y la perfecta familia por la que yo fui desechada ahora se desmorona frente a mis ojos dándome solo alivio al ver de lo que me salve. Separarnos no fue una derrota, fue la más grande victoria de mi vida.
Durante el viaje de regreso, le pregunto a Leo cómo le fue en la entrevista con esa preocupación en mi pecho qué no desaparecerá hasta escucharlo de sus propios labios.
—Muy bien, mami... les dije toda la verdad de cómo pasaron las cosas. ¿Tendrás problemas?
—No, cariño. Yo también dije toda la verdad y ahora ya estamos bien.
—¿Nos podemos quedar aquí? _ sus ojos brillando con intensidad.
—Por el momento, sí, mi amor.
Rafael se mantiene con la mirada fija en el camino, pero sabe que algo no está tan bien como lo aparento. En casa, no pierde el tiempo en preguntar por todo lo que pasó en ese cuarto, su preocupación evidente que se desborda a más no poder.
- ¡YA DIME TODO! _ grita en la terraza mientras sus ojos se aseguran de que Leo no esté cerca.
—Tengo que pagar una jugosa multa... pero no me arrepiento —digo, con una determinación absoluta.
—No me creo lo que insinuó ese desgraciado. Acusarte de eso cuando fue él quien... —se detiene, viendo mi expresión, comprendiendo el límite.
—Ya no importa, Rafa. Lo único que lamento es involucrarte en mis problemas, ya que todo indica que ese estúpido piensa que eres el padre de Leo. ¿Acaso no tiene ojos? ¿O el amor le devoro el cerebro hasta dejarlo tonto para siempre?
—¡Eso ni lo digas! Yo soy el padrino de Leo, así que soy como su segundo padre. Además me da igual lo que ese hombre piense, si viene a buscarme le romperé la cara.. Briella, te ayudaré con dinero para la multa.
— Ja ja ja No hace falta, de verdad yo puedo solucionarlo.
—Lo haré de igual forma. Al menos vimos un buen espectáculo... ¡Ojalá y la dejaran detrás de las rejas para siempre!
—¡Ja, ja, ja! Ya basta, tonto, aunque no estaría de más. Pero esa mujer es peor que las cucarachas, siempre vuelven.
Los dos reímos sin parar por un largo momento hasta que el estómago duele.
—Ese es el lugar para las perras rabiosas. Pero dime... ¿quién es ese profesor que está tan dispuesto a ayudar a la damisela en problemas? —sonríe, con una malicia que me hace rodar los ojos.
—Es solo un buen profesor que se preocupa por sus alumnos. _ le respondo limpiado las lágrimas que se me escaparon.
—Ajá... y yo soy un supermodelo.
—Ya, Rafa.
Aunque admito que sí le debo agradecer a Nahuel por estar tan al pendiente de Leo y de mí en todo este tiempo difícil. ¡Ya sé! lo invitaré a cenar para agradecerle ser tan buena persona con mi pequeño príncipe y por tomarse tantas molestias por nosotros.
Después de todo el día de hoy fue de victoria absoluta y eso hay que celebrarlo.