Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Corrientes ocultas
I
La noticia corrió por la mansión Flores como aceite derramado sobre mármol: imposible de contener, imposible de limpiar.
En el lavadero, donde el vapor convertía las sábanas en nubes pesadas, el mayordomo de compras se secó el sudor de la frente y bajó la voz.
—Te lo juro por mi madre, esa mujer cambió. Antes era toda sonrisas, "buenos días por aquí, gracias por allá". Ahora te mira y sientes que te está contando los huesos.
La lavandera torció una sábana con más fuerza de la necesaria.
—¿Y qué pasó contigo?
—Fui a presentar los gastos del mes. —El mayordomo tragó saliva—. Me encontró tres irregularidades en menos de un cuarto de hora. Tres. Se me aflojaron las piernas ahí mismo, delante de ella.
—Pues bien merecido —intervino la cocinera desde la puerta, con los brazos cruzados sobre el delantal—. La concubina ahora recibe cinco monedas de oro al mes. Cinco. Dani anda quejándose de que no le alcanza ni para ropa decente.
—¡Ay, qué lástima! —La lavandera soltó una carcajada seca—. Esa "señorita" vivía mejor que la propia señora. El dinero de la dote Bridge se iba como agua entre los dedos, y la otra vestida en seda y joyas. Ahora se volteó la tortilla.
La misma conversación se repetía en los establos, en la cocina, en los pasillos del ala de servicio. Diferentes voces, diferentes versiones, una sola conclusión: la señora había cambiado, y ese cambio imponía respeto.
II
Al séptimo día, Isabella contraatacó.
Bianca entró al dormitorio de Serena con un tazón de porcelana azul entre las manos. Caldo de hierbas y miel, una delicadeza que solía prepararse en la cocina principal para las tardes frías.
—Mi señora. —Bianca dejó el tazón sobre la mesa con un golpe seco—. Esta sopa tiene algo mal. Probé un sorbo pequeño y se me adormeció la lengua.
Serena tomó el tazón y lo acercó a su nariz. Bajo la dulzura empalagosa de la miel, un rastro apenas perceptible: almendras amargas. Tenue, casi invisible para quien no supiera buscarlo.
—Jugo de hierba violeta —dijo Serena sin que le cambiara la expresión—. Incoloro, casi sin sabor. En dosis pequeñas provoca diarrea y fiebre alta. En dosis grandes, mata.
Bianca abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabe usted eso?
_Diez años en un calabozo enseñan cosas que ninguna institutriz podría_, pensó Serena. Pero lo que dijo fue otra cosa:
—Elección inteligente. Si la descubren, se culpa a los ingredientes en mal estado. Nadie señala a nadie.
—¡Tenemos que informar a la Vieja Marquesa! —Bianca dio un paso hacia la puerta.
—No. —Serena levantó una mano—. No nos va a creer. Para ella, Isabella es la víctima: la mujer frágil que lleva sangre Flores en el vientre. Si voy a quejarme, solo pensará que soy yo quien busca problemas.
El silencio se extendió entre las dos mujeres como una tela tensa.
Serena caminó hacia la ventana y vertió la sopa en la maceta del jazmín que florecía junto al cristal. El líquido empapó la tierra oscura y desapareció sin dejar rastro.
Al día siguiente, la planta estaba muerta. Los tallos se habían ennegrecido de la noche a la mañana, las flores blancas colgaban marchitas como trapos sucios.
Serena no dijo una sola palabra. Le pidió a Bianca que moviera la maceta al lugar más visible del corredor principal, justo frente a la escalera donde todo el servicio pasaba al menos tres veces al día.
Los criados la vieron. Vieron el jazmín muerto y la cara serena de la señora al pasar junto a él cada mañana sin detenerse, sin comentar nada. Nadie se atrevió a preguntar, pero todos entendieron.
III
Esa misma noche, Isabella ardió en fiebre.
Dani llegó golpeando la puerta de la Vieja Marquesa pasada la medianoche, con el cabello suelto y los ojos rojos de llanto.
—¡Señora, por favor! ¡La concubina está delirando, no me reconoce!
Cuando el médico de la casa llegó a la habitación de Isabella, la encontró empapada en sudor, retorciéndose entre las sábanas. Sus labios partidos repetían las mismas palabras como una letanía rota:
—Prima... perdóname... Serena...
El médico le tomó el pulso una vez, dos veces, tres. Frunció el ceño con tanta fuerza que las arrugas le comieron los ojos.
—El pulso es caótico —le dijo a la Vieja Marquesa, que observaba desde el umbral con los labios apretados—. Pulso irregular, fiebre intermitente. No responde a ningún patrón que yo conozca. Parece... —Se detuvo, como si la palabra que iba a decir le quemara la boca.
—¿Parece qué? —exigió la anciana.
—Un castigo, señora —susurró la vieja cocinera desde el rincón, donde nadie la había invitado pero nadie se atrevía a echarla—. Quien hace daño recibe lo que merece. Así obra la justicia divina.
La Vieja Marquesa no respondió, pero el músculo de su mandíbula se tensó como la cuerda de un arco.
IV
A la mañana siguiente, un criado llamó a la puerta de Serena antes de que saliera el sol.
—La señora marquesa la espera en el salón del ala este.
Serena se vistió sin prisa. Eligió un vestido gris oscuro, sobrio, sin adornos. Se recogió el cabello con un solo pasador de plata. Cuando cruzó el umbral del salón, la Vieja Marquesa ya estaba sentada en su sillón de respaldo alto, con una taza de té que no había tocado.
La cara de la anciana estaba más oscura que el cielo encapotado del otro lado de la ventana.
—Isabella está enferma —dijo sin preámbulo—. Desde que le cortaste la asignación no puede comer ni dormir en paz. Se desplomó. Lleva en el vientre a un hijo Flores. ¿No puedes mostrar algo de tolerancia? ¿Dónde quedó tu gracia como esposa principal?
Serena permaneció de pie, con la espalda recta y las manos quietas a los costados. Su rostro tenía la calma de un lago congelado en enero.
—Abuela, la asignación de la concubina sigue exactamente las reglas de la casa. Ni una moneda más, ni una moneda menos. —Hizo una pausa breve, calculada—. Si antes vivía con lujos, era porque gastaba MI dote. Dinero de la familia Bridge. Lo único que hice fue recuperar lo que siempre fue mío. Eso no es recortar nada.
Las palabras de la anciana se le atragantaron en la garganta. Sus dedos se crisparon sobre el brazo del sillón.
—En cuanto a su enfermedad —continuó Serena con la misma voz uniforme—, el médico de la casa la atenderá. Se le proporcionarán todas las medicinas necesarias, sin restricción. Pero si usted me culpa de crueldad simplemente por seguir el protocolo establecido... entonces las reglas de esta casa son demasiado frágiles para sostener nada.
El silencio cayó sobre el salón como una losa de piedra.
La Vieja Marquesa la miró durante un largo momento. Había algo en los ojos de esta mujer, en esa quietud impenetrable, que no correspondía a la nuera sumisa que recordaba. _¿Cuándo cambió?_, pensó la anciana. _¿O siempre fue así y nunca me di cuenta?_
Finalmente, agitó la mano con un gesto cansado.
—Puedes retirarte.
Serena hizo una reverencia exacta, ni demasiado profunda ni demasiado breve, y salió.
V
El corredor del ala este estaba bañado en la luz pálida de la mañana cuando Serena lo cruzó con pasos firmes. Y entonces lo vio.
Víctor Flores venía caminando desde la dirección opuesta. Acababa de salir de la habitación de Isabella; traía el cuello de la camisa suelto, el cabello revuelto, ojeras profundas talladas bajo esos ojos azules que alguna vez la habían hecho temblar. Tenía el aspecto de un hombre que no había dormido.
Se plantó frente a ella, bloqueándole el paso.
—Serena.
Ella se detuvo. Lo miró de abajo hacia arriba con la misma expresión que le dedicaría a un mueble mal colocado en medio del camino.
—Dejemos el asunto de Isabella por un momento. —Víctor se pasó una mano por la cara. Sus ojos buscaron los de ella con una intensidad que antes la habría desarmado—. Llevamos tres años casados y el matrimonio sigue sin consumarse.
Serena lo observó. Alto, apuesto, hijo de una de las casas más nobles del reino. El esposo perfecto a los ojos de cualquiera. Pero ella ya no era cualquiera, y sabía exactamente qué se escondía debajo de esa fachada.
—Marqués Víctor —usó la forma más distante que existía entre esposos, y lo vio tensarse como si le hubiera lanzado agua fría—, tu concubina lleva a tu hijo en el vientre. Está delirando de fiebre. Y tú dejas su lado para venir a hablarme de consumar el matrimonio.
No era una pregunta. Era un veredicto.
Víctor abrió la boca, pero Serena ya estaba caminando.
—Además —dijo al pasar junto a él, tan cerca que sus hombros casi se rozaron pero sin que hubiera contacto alguno—, no quiero.
Dos palabras. Secas como un portazo.
Siguió adelante sin voltear. Sus pasos resonaron en las baldosas del corredor con la regularidad de un metrónomo, y la brisa matutina que entraba por las ventanas abiertas atrapó el borde de su falda rojo oscuro y la hizo ondear detrás de ella como un estandarte de guerra.
Víctor se quedó inmóvil. La vio alejarse, vio esa espalda recta, ese paso que no dudaba, esa falda que el viento convertía en bandera. Y algo se fracturó dentro de su pecho, algo pequeño y duro que llevaba tres años sin tocar.
_No la conozco_, pensó. _Tres años compartiendo el mismo techo y nunca la conocí._
Cuando la silueta de Serena desapareció al final del corredor, Víctor seguía de pie en el mismo sitio, con la mano a medio levantar y las palabras muertas en la boca.
El jazmín marchito en su maceta lo observaba desde la repisa del pasillo como un testigo silencioso.
gracias
quien es Leopoldo