En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 15
El chasquido metálico del pestillo girando en la puerta del despacho cortó el aire como un látigo. Evelyn, con la caja de madera entre los brazos y la cinta rosa apretada contra las palmas de sus manos, sintió cómo el pánico le helaba la sangre. No había lugar para esconderse; la figura imponente de William comenzaba a perfilarse al cruzar el umbral.
Pero antes de que el Comandante pudiera fijar sus ojos azules en ella, un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos de la mansión.
La onda expansiva de una detonación en los jardines exteriores hizo vibrar los grandes ventanales hasta hacer saltar los cristales en miles de esquirlas deslumbrantes. El suelo de roble tembló bajo sus pies, y el eco de las explosiones fue seguido de inmediato por el chasquido seco y continuado del fuego de mosquetes y las alarmas de hierro sonando por toda la propiedad.
La resistencia del sector sur había atacado.
William reaccionó con la velocidad que solo los años en el frente otorgan. Desenvainó su espada de oficial y extrajo la pistola de chispa de su cinturón en un solo movimiento fluido. Sin detenerse a cuestionar la presencia de Evelyn en el despacho, se interpuso entre ella y la ventana destruida, cubriéndola con su propio cuerpo mientras las balas perdidas silbaban a través del humo que comenzaba a invadir la estancia.
—¡A cubierto! —ordenó él, con una voz de mando que ahogó el caos exterior.
Los gritos de combate resonaron en el pasillo principal. Los rebeldes, armados con fusiles de repetición y dagas de trinchera, habían logrado romper el perímetro de la Guardia Pretoriana. El choque de metales y los disparos a quemarropa transformaron la elegancia gótica del vestíbulo en un matadero improvisado.
William empujó a Evelyn detrás del pesado escritorio de obsidiana.
—Quédate aquí si quieres seguir respirando —dijo, antes de girarse sobre sus talones y salir al pasillo para encabezar la defensa.
Evelyn se quedó en el suelo, con el corazón golpeándole las costillas. A través del humo espeso que arrastraba el olor acre de la pólvora quemada, divisó los rostros de los atacantes. Reconoció los brazaletes de lino basto y las túnicas raídas: eran los hombres del sector sur, sus compañeros de la resistencia. Venían a rescatarla, a incendiar el símbolo del poder de la Unión y a ejecutar al Comandante.
La puerta lateral del pasillo colapsó. Tres rebeldes irrumpieron en el área, abriendo fuego contra los guardias que escoltaban la suite. Entre ellos, un joven de la milicia llamado Mateo, con el rostro manchado de hollín, la vio a través de la densa humareda.
—¡Evelyn! —gritó el muchacho, haciéndole señas desesperadas con la mano libre mientras recargaba su fusil—. ¡Es la oportunidad! ¡Tenemos un pasadizo abierto por las servidumbres del ala oeste! ¡Avanza!
Evelyn se puso de pie. La libertad estaba a menos de veinte metros. Bastaba con correr hacia la izquierda, cruzar el pasillo envuelto en humo y desaparecer en la noche junto a su gente. Podría volver a la botica, a la clandestinidad, a la lucha por la liberación de Asque.
Comenzó a avanzar hacia Mateo, pero sus pasos se frenaron de golpe al mirar hacia el centro del vestíbulo.
William estaba luchando en medio del caos. Su casaca militar negra estaba manchada de hollín y sangre. Blandía la espada con una precisión letal, manteniendo a raya a tres atacantes al mismo tiempo, pero la desventaja numérica era aplastante. Su escolta personal había caído y los refuerzos del ala norte aún no lograban romper el bloqueo de las escaleras.
Mientras William abatía a uno de los hombres con un estocada certera, un veterano de la resistencia, oculto tras la sombra de una columna de mármol rota, avanzó en su punto ciego. El hombre sostenía un cuchillo largo de caza con ambas manos, apuntando directamente al espacio sin protección entre las escápulas del Comandante.
William no lo había visto. Estaba acorralado, con la vista fija en los disparos que venían del frente.
En ese segundo eterno, el tiempo pareció detenerse para Evelyn. Si el cuchillo encontraba su objetivo, el tirano de Asque moriría. La guerra en el sector sur terminaría de golpe. Ella sería libre, los prisioneros políticos serían liberados y el dominio de la Unión se desmoronaría sin su líder. Era el resultado por el que ella y su gente habían arriesgado la vida durante años.
Sin embargo, en la mente de Evelyn no apareció la cara del oficial frío que la había encerrado; apareció la imagen de la caja de madera en el despacho, la cinta rosa descolorida y el niño que había dejado que sus manos se quemaran en el incendio para intentar sacarla de las ruinas.
Un impulso primario, violento y desprovisto de cualquier lógica política atravesó su garganta.
—¡WILLIAM! ¡A TU ESPALDA! —gritó ella con todas sus fuerzas, su voz cortando el estruendo de los disparos.
El Comandante, guiado por el instinto y el reconocimiento inmediato de esa voz, no lo dudó. Se giró sobre su eje hacia la derecha en un movimiento desesperado. La hoja del cuchillo de caza no llegó a clavársele en la columna, pero rasgó la casaca y se hundió profundamente en la carne de su hombro izquierdo.
William soltó un gruñido de dolor, pero aprovechó el impulso del giro para clavar la empuñadura de su espada directamente en el rostro del agresor, desarmándolo y derribándolo sobre el mármol.
Desde el fondo del pasillo, Mateo la miró con una mezcla de horror y traición pura.
—¿Evelyn... qué hiciste? —alcanzó a articular el joven rebelde.
Las cornetas de la Guardia Pretoriana resonaron en los jardines. Decenas de soldados fuertemente armados irrumpieron por los accesos principales, superando en número a la fuerza de asalto. La oportunidad de rescate se había evaporado.
—¡Retirada! ¡Abran paso hacia el muro exterior! —ordenó el líder de los atacantes.
Los rebeldes comenzaron a retroceder entre el humo, devolviendo el fuego mientras evacuaban a sus heridos. Mateo la miró una última vez antes de ser arrastrado por la marea de combatientes que huían hacia la oscuridad.
Evelyn se quedó sola en medio del vestíbulo en ruinas. El olor a sangre, pólvora y yeso quemado lo llenaba todo. A pocos metros, William permanecía apoyado contra una columna rota, respirando con dificultad. Su mano derecha apretaba la herida del hombro izquierdo, por donde la sangre roja y espesa brotaba a borbotones, empapando el paño negro de su uniforme.
Sus ojos azules, oscurecidos por el dolor y el shock de la adrenalina, se clavaron en ella a través del humo. No había triunfo en su mirada, solo un desconcierto profundo y atroz.