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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 - Inocencia y oscuridad

Dos noches después de cumplir dieciocho años, Diane salió de su casa llevando tinta en el bolsillo y una despedida dentro del pecho.

Stefany había informado a Eduardo que utilizarían el camino del río. No mencionó el granero. A las diez, Elvira recibió una falsa noticia sobre la enfermedad de una prima; el administrador fue llamado a revisar una cerca rota en el extremo sur; dos vigilantes de Don Guillermo abandonaron sus puestos para perseguir a unos contrabandistas que nunca existieron.

Eduardo había cumplido su palabra.

Aquello no hizo que Diane lo perdonara.

Cruzó el huerto con Liberto hasta la pared antigua. Ester esperaba allí con una capa oscura. No hizo preguntas. Tomó al perro por el collar y señaló el sendero.

—Regresa antes del primer canto —dijo—. Si Damaris entra en tu habitación, Stefany toserá tres veces.

—¿Y si no regreso?

Ester la miró como si comprendiera que la pregunta no se refería solo a aquella noche.

—Entonces inventaremos una mentira suficientemente grande para cubrirte.

Diane caminó hasta el granero abandonado.

La lluvia del invierno había hundido otra parte del tejado, pero el rincón donde se refugiaron meses atrás continuaba seco. Iván había encendido una lámpara pequeña y extendido mantas sobre el heno. Junto a ellas había pan, queso y una botella de agua. Ningún detalle fingía que el encuentro era casual.

Iván aguardaba de pie.

Llevaba el cabello todavía húmedo y una camisa limpia que no conseguía borrar el olor a sal de sus manos. La cicatriz sobre la ceja se había vuelto más clara. La quemadura de la muñeca, más oscura.

—Cumpliste dieciocho —dijo.

—Hace dos días.

—No pude ir.

—Habría sido una recepción interesante.

Iván sonrió, pero la sonrisa murió al ver el papel que Diane sacaba de la capa.

—El Esperanza ya no se llama así —dijo ella—. Ahora es el Dragón de Plata.

Extendió el aviso sobre una caja. El sello mutilado de Guillermo quedó bajo la luz.

—Don Guillermo conoce la tripulación. El capitán preguntó por mí cuando fue a buscarte.

Iván leyó el documento dos veces.

—Soria dijo que el cambio era por una sociedad nueva.

—Soria trabaja para los Valcárcel.

—Todo el puerto trabaja para ellos.

—Los manifiestos están alterados. El mismo barco aparece en dos lugares. Cambian nombres, capitanes y rutas.

—¿Cómo sabes eso?

Diane vaciló.

—He visto copias.

—Eduardo.

No era una pregunta.

—Sí.

Iván se apartó de la caja.

—¿Él te envió a detenerme?

—Él sabe que estás en la lista.

—No fue lo que pregunté.

—Nadie me ha enviado. Vine porque el barco pertenece a una red que no comprendemos.

Diane no le contó que Eduardo había intervenido para contratarlo. Aún no sabía si callaba para proteger la misión, para impedir una pelea o porque pronunciar aquella verdad convertiría la noche en algo imposible. La omisión le dejó un sabor metálico.

—No embarques —pidió.

Iván miró las mantas, la comida y la lámpara. Había preparado una despedida; no una discusión capaz de cambiar el final.

—Si me retiro, Soria conservará la paga adelantada y cobrará las botas. Volveré a los campos debiendo más de lo que tenía.

—Encontraremos otra manera.

—Siempre dices eso cuando la manera que encuentro no te gusta.

—Porque esta puede matarte.

—También puede pagar nuestra casa.

—No quiero una casa comprada con tu desaparición.

Iván se acercó.

—Entonces dame una razón para quedarme que exista ahora, no después de la fábrica, de las cincuenta y tres familias, del contrato y de los planes de Eduardo.

—Yo existo ahora.

—Pero no puedes elegirme ahora.

Diane sintió la crueldad involuntaria de aquella verdad. Había alcanzado la edad en que la ley decía que podía decidir, y aun así cada decisión permanecía hipotecada por una firma anterior.

Sacó un cuaderno pequeño de la capa. No era el regalo de Eduardo, sino uno de tapas azules que había cosido con Stefany. En las primeras páginas había dibujado costas, señales y la forma del emblema. Entre dos hojas pegadas ocultó una tira con coordenadas copiadas de los registros: treinta y dos grados al norte, casi diecisiete al oeste. Madeira.

—Llévalo —dijo—. Si cambian la ruta, anota todo. Fechas, nombres, marcas en las cajas. Si llegan a esta posición, busca hojas azules abiertas como un abanico.

—¿Qué significa?

—No lo sé. Pero apareció junto a un pasaje antiguo. Puede ser una señal.

Iván recorrió con el pulgar la costura.

—Hablas como si ya hubieras aceptado que me iré.

—Hablo como alguien que prefiere darte una posibilidad de regresar.

Él dejó el cuaderno junto a la lámpara. Después sacó del bolsillo el pájaro de madera.

El ala estaba terminada.

No era idéntica a la otra. Tenía una ligera inclinación y la veta dibujaba una cicatriz cerca de la punta. Iván había lijado el cuerpo hasta volverlo suave, excepto en la base, donde permanecían dos pequeñas hendiduras.

—Una por cada vez que estuvimos a punto de perderlo —explicó.

—Faltan más marcas.

—No cabrían.

Diane sostuvo el pájaro entre ambas manos. Ya no parecía una promesa infantil. Parecía una criatura que había aprendido a volar con alas desiguales.

—Tengo miedo —confesó.

Iván apoyó una mano sobre su rostro.

—Yo también.

—Entonces quédate.

Él cerró los ojos.

—Si me quedo solo porque tengo miedo, terminaré culpándote por cada puerta que no crucé.

Diane comprendió que el amor no siempre concedía autoridad para proteger al otro de sí mismo. A veces solo permitía presenciar la elección y conservar sus consecuencias.

Iván la besó.

No hubo la urgencia del granero durante la tormenta. Primero rozó sus labios y esperó. Diane pudo retroceder. No lo hizo. Dejó el pájaro sobre la caja y acercó el cuerpo hasta sentir el calor que la camisa guardaba.

—Dime que pare si lo necesitas —susurró él.

—Y tú también.

El segundo beso tuvo el sabor de la sal que permanecía en la piel de Iván y de las palabras que ninguno consiguió pronunciar. Sus manos avanzaron con preguntas, no con derechos. Cada botón abierto fue una pausa. Cada caricia, una respuesta que podía retirarse.

La lámpara proyectaba sus sombras sobre las vigas rotas. A veces parecían dos figuras abrazadas. Otras, una sola forma intentando recordar dónde terminaba un cuerpo y comenzaba el otro.

Diane había imaginado aquel momento como una frontera después de la cual todo sería distinto. No hubo frontera. Hubo heno bajo las mantas, respiraciones temblorosas y la frente de Iván apoyada contra la suya cuando el miedo se mezcló con ternura. Hubo una molestia breve que él advirtió y ante la cual se detuvo hasta que Diane volvió a atraerlo. Hubo cuidado. Hubo deseo. Hubo consentimiento repetido incluso cuando las palabras dejaron de ser necesarias.

La intimidad no la convirtió en esposa ni en mujer de nadie. Solo volvió real una elección que pertenecía a ambos.

Diane miró sus manos entrelazadas sobre la manta. No sintió que hubiese perdido la inocencia, como advertían las mujeres que utilizaban la virtud para medir el valor ajeno. La inocencia no era ignorancia del cuerpo. Era creer que amar bastaba para impedir el daño. Aquella noche todavía amaba a Iván, pero ya sabía que el amor podía compartir lecho con el secreto, la obstinación y el miedo.

Después permanecieron juntos bajo la manta. Afuera, el viento hacía rozar los pastos contra las paredes. Iván dibujó círculos lentos sobre el hombro de Diane.

—Cuando regrese, iremos a Lisboa —dijo.

—Cuando regreses, revisaremos cuánto dinero tienes y qué ocurre con la fábrica.

Él rio en voz baja.

—Incluso desnuda sigues haciendo cuentas.

—Especialmente desnuda. Es cuando menos conviene aceptar condiciones dudosas.

Iván la besó en el cabello. Por unos minutos consiguieron hablar de la casa sin discutir: una ventana orientada al este, una mesa hecha por él, un cuarto donde Diane pudiera pintar y una repisa para el pájaro de madera.

Ninguno habló de hijos.

La posibilidad permaneció entre ambos de todos modos, invisible y futura, como una semilla que todavía no sabía si había encontrado tierra.

Antes del amanecer, Diane despertó sola bajo la manta.

La lámpara estaba apagada. Una claridad azul entraba por el tejado roto. Iván se vestía junto a la puerta.

—Debo presentarme en el muelle —dijo.

—Creí que teníamos hasta mañana.

—Adelantaron la revisión.

Diane recogió su vestido. El frío de la mañana se pegó a su piel, devolviéndole cada límite que la noche había borrado.

Iván guardó el cuaderno azul y le entregó un sobre.

—Soria me dio una copia. Quiero que la conserves por si no me pagan.

Era el contrato de embarque. La letra pequeña enumeraba descuentos por comida, ropa, medicinas y herramientas. La ruta declarada terminaba en Lisboa, aunque una cláusula autorizaba al capitán a cambiar de puerto sin compensación para la tripulación.

Iván había firmado al pie.

La firma de la compañía pertenecía a un hombre llamado Rafael Cárdenas. Diane conocía el apellido: aparecía en los registros de la fábrica como representante de una sociedad que compraba deuda para Don Guillermo.

Debajo de la rúbrica quedaba la impresión tenue de un sello retirado demasiado pronto.

La cabeza de un dragón.

Diane alzó la mirada, pero Iván ya cruzaba el campo hacia el camino del puerto. El amanecer dibujaba una línea roja detrás de él.

Guardó el contrato junto al pecho. La tinta todavía olía fresca.

Guillermo había firmado sin escribir su nombre.

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