🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Capítulo 11: La Profecía del Eclipse
El reino entero cayó en silencio.
Las palabras de la Luna Negra todavía resonaban en el cielo.
"La heredera ha despertado."
Nadie se movía.
Los soldados Noctarys observaban a Ayla con una mezcla de respeto y temor.
Los Umbrarys también habían detenido el ataque.
Era como si ambos ejércitos estuvieran esperando su siguiente movimiento.
Ayla permanecía inmóvil.
La marca de su muñeca ardía con una intensidad insoportable.
Cada latido de su corazón hacía que la energía violeta recorriera su cuerpo.
Nunca se había sentido tan poderosa.
Y al mismo tiempo...
Nunca había sentido tanto miedo.
Kael se acercó lentamente.
—¿Estás bien?
Ella levantó la mirada.
Por un instante sus ojos dejaron de ser marrones.
Brillaban de un intenso color violeta.
Como las tres lunas.
—No lo sé...
Mi cabeza está llena de voces.
Kael tomó suavemente sus manos.
—Escúchame.
No importa lo que ocurra...
No estás sola.
Ayla sintió que el tiempo parecía detenerse.
Por primera vez desde que lo conocía, Kael no hablaba como un príncipe.
Ni como un guerrero.
Hablaba como alguien que realmente temía perderla.
Ella sonrió apenas.
—Gracias.
Kael devolvió la sonrisa.
Pero duró apenas un instante.
Porque el cielo volvió a rugir.
La enorme Luna Negra comenzó a descender lentamente.
No caía.
Flotaba.
Cada metro que avanzaba hacía que el reino entero temblara.
Las montañas se agrietaban.
Los ríos cambiaban de color.
Los árboles perdían sus hojas.
Todo parecía morir lentamente.
El Primer Rey levantó su espada hacia el cielo.
—¡Todos a sus posiciones!
Los generales comenzaron a dar órdenes.
Miles de soldados ocuparon las murallas.
Los arqueros prepararon sus armas.
Los hechiceros levantaron enormes barreras de energía violeta alrededor del castillo.
La guerra estaba a punto de comenzar.
Pero esta vez sería diferente.
Esta vez lucharían contra algo mucho más antiguo que cualquier enemigo.
Ayla observó el cielo.
Y entonces volvió a escuchar aquella voz.
Solo ella podía oírla.
—Ven conmigo.
La joven cerró los ojos.
—¿Quién eres realmente?
La respuesta llegó como un susurro.
—Soy aquello que los Noctarys olvidaron.
Aquello que los Umbrarys temen.
Aquello que tu madre intentó proteger.
Ayla sintió un escalofrío.
—¿Mi madre?
Una imagen apareció frente a ella.
La reina.
Sonriendo.
Abrazándola cuando era apenas un bebé.
—Ella sabía la verdad.
—¿Qué verdad?
La imagen desapareció.
Y la voz respondió.
—Que nunca fui el enemigo.
—¡Ayla!
El grito de Kael la hizo regresar.
Ella abrió los ojos sobresaltada.
El heredero la observaba preocupado.
—¿Qué ocurrió?
—Escuché a la Luna Negra.
El silencio cayó entre ambos.
Kael bajó lentamente la mirada.
—¿Qué te dijo?
Ella dudó unos segundos.
—Que no es nuestro enemigo.
Kael levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Eso dijo.
El heredero negó inmediatamente.
—Está intentando manipularte.
—¿Y si dice la verdad?
Kael permaneció inmóvil.
Por primera vez no tuvo una respuesta.
En ese instante un enorme cuerno de guerra resonó en todo el reino.
Los Umbrarys comenzaron a avanzar.
Miles.
Decenas de miles.
Como un océano de sombras.
Las murallas temblaban bajo el peso de aquella inmensa horda.
El Primer Rey levantó la espada.
—¡Por los Noctarys!
El ejército respondió al unísono.
—¡¡POR LOS NOCTARYS!!
El sonido hizo vibrar el cielo.
Y la batalla comenzó.
Flechas de energía cruzaban el aire.
Espadas chocaban.
Criaturas aladas descendían desde las nubes.
La ciudad se convirtió en un campo de guerra.
Kael corrió hacia el frente.
Su espada violeta iluminaba la oscuridad.
Cada movimiento derrotaba a varios enemigos.
Ayla observaba impresionada.
Jamás había visto pelear a alguien así.
Parecía invencible.
Pero entonces...
Algo atravesó el cielo.
Una lanza negra.
Viajaba directamente hacia Kael.
—¡KAEL!
Sin pensarlo, Ayla extendió la mano.
La marca brilló.
Una inmensa barrera violeta apareció frente al heredero.
La lanza chocó contra ella.
Y explotó.
La onda de energía recorrió toda la ciudad.
Todos dejaron de luchar durante unos segundos.
Todos miraban a Ayla.
Había sido ella.
Había usado su poder por primera vez.
La Luna Negra volvió a hablar.
Esta vez todos escucharon su voz.
—La heredera ha elegido proteger.
El Primer Rey cerró los ojos.
Como si hubiera estado esperando esas palabras.
Pero el hombre de ojos rojos sonrió.
Una sonrisa llena de esperanza.
—Entonces todavía hay una oportunidad.
Ayla respiraba con dificultad.
No entendía cómo había hecho aquello.
Solo había querido salvar a Kael.
Nada más.
Kael caminó hasta ella.
La observó durante varios segundos.
Y apoyó suavemente una mano sobre su mejilla.
—Me salvaste.
Ella sonrió.
—Supongo que estamos a mano.
Ambos rieron por primera vez desde que comenzó la guerra.
Pero la paz duró apenas unos segundos.
Porque el cielo volvió a abrirse.
Una segunda grieta apareció sobre el reino.
Mucho más grande que la anterior.
Y de ella descendió una figura gigantesca cubierta por una armadura de obsidiana.
Sus alas ocultaban las tres lunas.
Sus ojos brillaban como fuego blanco.
Todo el ejército dejó de luchar.
Incluso los Umbrarys retrocedieron.
El hombre de ojos rojos perdió la sonrisa.
Y susurró con una voz cargada de temor.
—No...
Él despertó.
Continuará...
El reino entero cayó en silencio.
Las palabras de la Luna Negra todavía resonaban en el cielo.
"La heredera ha despertado."
Nadie se movía.
Los soldados Noctarys observaban a Ayla con una mezcla de respeto y temor.
Los Umbrarys también habían detenido el ataque.
Era como si ambos ejércitos estuvieran esperando su siguiente movimiento.
Ayla permanecía inmóvil.
La marca de su muñeca ardía con una intensidad insoportable.
Cada latido de su corazón hacía que la energía violeta recorriera su cuerpo.
Nunca se había sentido tan poderosa.
Y al mismo tiempo...
Nunca había sentido tanto miedo.
Kael se acercó lentamente.
—¿Estás bien?
Ella levantó la mirada.
Por un instante sus ojos dejaron de ser marrones.
Brillaban de un intenso color violeta.
Como las tres lunas.
—No lo sé...
Mi cabeza está llena de voces.
Kael tomó suavemente sus manos.
—Escúchame.
No importa lo que ocurra...
No estás sola.
Ayla sintió que el tiempo parecía detenerse.
Por primera vez desde que lo conocía, Kael no hablaba como un príncipe.
Ni como un guerrero.
Hablaba como alguien que realmente temía perderla.
Ella sonrió apenas.
—Gracias.
Kael devolvió la sonrisa.
Pero duró apenas un instante.
Porque el cielo volvió a rugir.
La enorme Luna Negra comenzó a descender lentamente.
No caía.
Flotaba.
Cada metro que avanzaba hacía que el reino entero temblara.
Las montañas se agrietaban.
Los ríos cambiaban de color.
Los árboles perdían sus hojas.
Todo parecía morir lentamente.
El Primer Rey levantó su espada hacia el cielo.
—¡Todos a sus posiciones!
Los generales comenzaron a dar órdenes.
Miles de soldados ocuparon las murallas.
Los arqueros prepararon sus armas.
Los hechiceros levantaron enormes barreras de energía violeta alrededor del castillo.
La guerra estaba a punto de comenzar.
Pero esta vez sería diferente.
Esta vez lucharían contra algo mucho más antiguo que cualquier enemigo.
Ayla observó el cielo.
Y entonces volvió a escuchar aquella voz.
Solo ella podía oírla.
—Ven conmigo.
La joven cerró los ojos.
—¿Quién eres realmente?
La respuesta llegó como un susurro.
—Soy aquello que los Noctarys olvidaron.
Aquello que los Umbrarys temen.
Aquello que tu madre intentó proteger.
Ayla sintió un escalofrío.
—¿Mi madre?
Una imagen apareció frente a ella.
La reina.
Sonriendo.
Abrazándola cuando era apenas un bebé.
—Ella sabía la verdad.
—¿Qué verdad?
La imagen desapareció.
Y la voz respondió.
—Que nunca fui el enemigo.
—¡Ayla!
El grito de Kael la hizo regresar.
Ella abrió los ojos sobresaltada.
El heredero la observaba preocupado.
—¿Qué ocurrió?
—Escuché a la Luna Negra.
El silencio cayó entre ambos.
Kael bajó lentamente la mirada.
—¿Qué te dijo?
Ella dudó unos segundos.
—Que no es nuestro enemigo.
Kael levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Eso dijo.
El heredero negó inmediatamente.
—Está intentando manipularte.
—¿Y si dice la verdad?
Kael permaneció inmóvil.
Por primera vez no tuvo una respuesta.
En ese instante un enorme cuerno de guerra resonó en todo el reino.
Los Umbrarys comenzaron a avanzar.
Miles.
Decenas de miles.
Como un océano de sombras.
Las murallas temblaban bajo el peso de aquella inmensa horda.
El Primer Rey levantó la espada.
—¡Por los Noctarys!
El ejército respondió al unísono.
—¡¡POR LOS NOCTARYS!!
El sonido hizo vibrar el cielo.
Y la batalla comenzó.
Flechas de energía cruzaban el aire.
Espadas chocaban.
Criaturas aladas descendían desde las nubes.
La ciudad se convirtió en un campo de guerra.
Kael corrió hacia el frente.
Su espada violeta iluminaba la oscuridad.
Cada movimiento derrotaba a varios enemigos.
Ayla observaba impresionada.
Jamás había visto pelear a alguien así.
Parecía invencible.
Pero entonces...
Algo atravesó el cielo.
Una lanza negra.
Viajaba directamente hacia Kael.
—¡KAEL!
Sin pensarlo, Ayla extendió la mano.
La marca brilló.
Una inmensa barrera violeta apareció frente al heredero.
La lanza chocó contra ella.
Y explotó.
La onda de energía recorrió toda la ciudad.
Todos dejaron de luchar durante unos segundos.
Todos miraban a Ayla.
Había sido ella.
Había usado su poder por primera vez.
La Luna Negra volvió a hablar.
Esta vez todos escucharon su voz.
—La heredera ha elegido proteger.
El Primer Rey cerró los ojos.
Como si hubiera estado esperando esas palabras.
Pero el hombre de ojos rojos sonrió.
Una sonrisa llena de esperanza.
—Entonces todavía hay una oportunidad.
Ayla respiraba con dificultad.
No entendía cómo había hecho aquello.
Solo había querido salvar a Kael.
Nada más.
Kael caminó hasta ella.
La observó durante varios segundos.
Y apoyó suavemente una mano sobre su mejilla.
—Me salvaste.
Ella sonrió.
—Supongo que estamos a mano.
Ambos rieron por primera vez desde que comenzó la guerra.
Pero la paz duró apenas unos segundos.
Porque el cielo volvió a abrirse.
Una segunda grieta apareció sobre el reino.
Mucho más grande que la anterior.
Y de ella descendió una figura gigantesca cubierta por una armadura de obsidiana.
Sus alas ocultaban las tres lunas.
Sus ojos brillaban como fuego blanco.
Todo el ejército dejó de luchar.
Incluso los Umbrarys retrocedieron.
El hombre de ojos rojos perdió la sonrisa.
Y susurró con una voz cargada de temor.
—No...
Él despertó.
Continuará...