Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo XI: La decisión
Punto de vista de Amanda
Cinco largos años han pasado desde el nacimiento de mi hija. En este tiempo entendí que aceptar el apellido Ferrer y convertirme en Victoria Arismendi era mi mejor opción; sobre todo después de aquella tarde en la que Miguel estuvo a punto de encontrarnos.
Cinco años atrás...
—Ya te dieron el alta en el hospital. Es hora de volver a casa —dijo Andrés, recuperando por completo su faceta de CEO dominante mientras me miraba con fijeza.
—Ya tomé una decisión y no pienso volver contigo —respondí, estrechando a Mía contra mi pecho—. Yo sola puedo cuidar de mi hija. Además, Miguel no tiene idea de que estoy en este país.
Andrés, visiblemente cansado de mi actitud y de mis constantes barreras, exhaló un suspiro frío y decidió respetar mi decisión. Sin embargo, una vez que cruzamos las puertas del hospital, me dejó claro que no habría medias tintas: me quitó toda la protección que me brindaba.
—Aquí separamos nuestros caminos, Amanda. De verdad espero que estés bien —sentenció.
Subió a su auto de lujo sin siquiera voltear a verme. Me quedé completamente sola a las afueras del hospital, sintiendo el peso de la realidad. Caminé arrastrando los pies por la acera y me senté en una banca cercana a pensar en mi siguiente movimiento. Fue entonces cuando el mundo se me vino encima. Lo vi. Era Miguel, bajando de un auto blindado y desbordando ese poder arrogante que tanto lo caracterizaba.
Me quedé de piedra, imaginando el infierno que me esperaría si él llegaba a verme con la bebé. Como pude, me oculté detrás del muro de la parada del autobús. Por un instante —un breve y agonizante instante—, Miguel giró la cabeza en mi dirección, haciendo que mi corazón se desbocara en un descontrolado palpitar.
Lo vi caminar con paso firme hacia donde yo estaba. Sus hombres lo seguían de cerca, escaneando los alrededores con miradas pesadas. El espacio a mi alrededor parecía encogerse, al igual que la distancia que nos separaba. Justo cuando el pánico amenazaba con hacerme gritar, un auto negro de vidrios polarizados se detuvo abruptamente frente a mí. La ventana del asiento trasero bajó lentamente, revelando el rostro rígido de Andrés.
—Sube al auto —ordenó, con una mezcla de frialdad y profunda preocupación.
Solté mi cabello apresuradamente, dejando que los mechones cubrieran mi rostro, y subí al coche. La puerta se cerró e inmediatamente el conductor aceleró a fondo.
Miré por la ventana trasera. Miguel apretó el paso para intentar alcanzar el vehículo con la mirada, pero su postura de hombre público e intachable lo obligó a detenerse en seco en mitad de la calle, frustrado. Había estado a unos cuantos metros de mí.
—Solo te dejé unos minutos sola y casi te encuentran —la voz de Andrés resonó en el interior del auto como el estallido de un trueno.
No dije ni una sola palabra. Él tenía toda la razón. En ese momento, desamparada y convaleciente, yo no tenía el poder necesario para proteger a mi hija de las garras de los Maldonado.
—Vayamos a casa —susurré finalmente, derrotada y con las lágrimas quemándome los ojos.
Si para mantener a Mía a salvo debía unirme a Andrés y ayudarlo a cumplir su ansiada venganza, lo haría sin dudarlo. Solo me juré una cosa: mi hija jamás participaría en este juego de sangre.
Fin del recuerdo.
Acepté sus condiciones, acepté su apellido y, eventualmente, acepté firmar un acta de matrimonio que nos unió ante la ley para cerrar cualquier laguna legal que Miguel pudiera usar en nuestra contra. Sin embargo, nuestro acuerdo siempre fue claro: seríamos socios, un frente unido ante el mundo, pero nada más.
Una regla que a Andrés cada vez le costaba más respetar.
Me encontraba en mi habitación, cepillando mi cabello frente al tocador antes de irme a dormir, cuando el suave sonido de la puerta al abrirse me hizo girar. Andrés entró vistiendo únicamente unos pantalones de pijama oscuros; su torso esculpido quedaba al descubierto, y esa mirada intensa que solía reservar para cerrar negocios multimillonarios estaba fija en mí.
—Andrés... ¿qué haces aquí? —pregunté, dejando el cepillo sobre la mesa. Mi voz sonó un poco más trémula de lo que hubiera deseado.
—He sido muy paciente, Victoria —dijo, usando deliberadamente el nombre con el que me había rebautizado.
Caminó lentamente hacia mí, acortando el espacio con una seguridad que me aceleró el pulso—. Han pasado cinco años. Vivimos bajo el mismo techo, compartimos una hija, llevas mi apellido... pero seguimos durmiendo en habitaciones separadas.
—Ese fue el trato —respondí, retrocediendo un paso hasta que mi espalda chocó contra el borde del tocador.
—Los tratos cambian —susurró.
Andrés colocó ambas manos a los lados de mi cintura, atrapándome contra el mueble. El calor que emanaba de su cuerpo me envolvió por completo, devolviéndome en un segundo a los días de nuestra adolescencia, cuando mi mundo entero empezaba y terminaba en él. Se inclinó despacio, rozando con sus labios la línea de mi cuello, haciéndome soltar un suspiro ahogado. Sus manos subieron lentamente por mis brazos, encendiendo mi piel. Quise alejarlo, quise recordarle mi promesa de no involucrar sentimientos, pero mi propio cuerpo lo extrañaba demasiado.
Estaba a punto de ceder a sus besos cuando la puerta se abrió de par en par con un golpe seco.
—¡Papi! ¡Mami! —la voz infantil y alegre de Mía resonó en la habitación.
Andrés se apartó de golpe, exhalando un suspiro de frustración contenida mientras se pasaba una mano por el cabello para recuperar la compostura.
Yo, con las mejillas encendidas, me acomodé la bata de seda a toda prisa.
Nuestra pequeña Mía, de cinco años, entró corriendo arrastrando a su oso de peluche favorito. Tenía los mismos ojos expresivos que yo, pero sonreía con la misma confianza que Andrés le había enseñado.
—Tuve una pesadilla con un monstruo en el clóset —dijo Mía, mirándonos con ojitos suplicantes mientras se subía a la enorme cama—. ¿Puedo dormir hoy con ustedes?
Andrés miró la cama, luego me miró a mí con una sonrisa cargada de picardía y resignación. Se dio la vuelta, caminó hacia la niña y la cargó en brazos, llenándole la mejilla de besos ruidosos que la hicieron descostillarse de la risa.
—Claro que sí, princesa. Papá se va a quedar aquí para espantar a cualquier monstruo —dijo Andrés, acomodándola entre las sábanas antes de lanzarme una mirada desafiante—. Después de todo, ya va siendo hora de que durmamos juntos, ¿no crees, mi amor?
Me quedé en silencio, con el corazón latiendo a mil por hora, viendo cómo Andrés se acostaba al lado de mi hija en mi propia cama. Sabía que la tregua de cinco años no solo estaba por terminar afuera con los Maldonado; la resistencia que había construido contra mis propios sentimientos por Andrés también estaba a punto de desmoronarse.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda