Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El espacio que Mateo le dio al amor
La noticia del embarazo no tardó en escapar.
Don Romualdo quiso manejarla con cuidado. Abuela Remedios quiso encerrarlos a todos hasta decidir qué decir. Paloma quiso anunciarlo ella misma con una cesta de tortillas y amenazas contra quien opinara demasiado. Nada de eso importó. En una manada, una curandera podía guardar un secreto; diez personas alrededor de una Luna Sagrada embarazada, no.
Al caer la tarde, todos lo sabían.
Y con la noticia llegaron los regalos.
Una anciana llevó una manta tejida con símbolos de protección. Dos niñas dejaron frutas junto a la puerta y salieron corriendo antes de que Leandro pudiera preguntar quién las mandaba. Un cazador del Clan Jabalí ofreció carne seca "para fortalecer al cachorro" y se marchó sudando cuando Aitana le recordó, con una sonrisa demasiado dulce, que todavía no sabían si era cachorro, niña o milagro con mal carácter.
También llegaron las miradas interesadas.
Mujeres que querían bendecirla de verdad. Hombres que calculaban cuánta fuerza política podía nacer de su vientre. Enviados de clanes pequeños que preguntaban si Don Romualdo aceptaría audiencias privadas.
Leandro rechazó todas las privadas.
Aitana rechazó la palabra "todas".
Aitana estaba sentada bajo el toldo de la choza asignada a ella y Leandro, con una manta sobre las piernas y una taza de atole que no había pedido. Leandro había decidido que el mundo entero era una amenaza potencial para su vientre. Cada vez que alguien se acercaba con comida, la olía. Cada vez que alguien hablaba demasiado fuerte, lo miraba. Cada vez que Aitana intentaba levantarse, aparecía una mano en su espalda.
—Voy al otro lado de la mesa —dijo ella.
—Yo puedo alcanzarlo.
—Es mi peine.
—También puedo alcanzarlo.
Paloma, recostada en un poste, se reía sin pudor.
—Esto es mejor que cualquier fiesta.
—No ayudes —dijo Aitana.
Leandro, con toda seriedad, le entregó el peine.
Aitana lo tomó y lo miró con ternura exasperada.
—No me voy a romper.
—No dije eso.
—Lo piensas tan fuerte que el vínculo casi lo grita.
Leandro pareció ofendido por su propia marca.
Renato llegó con una tablilla de registros y salvó a todos de la discusión. Venía acompañado por Paloma, aunque en realidad Paloma ya estaba allí; se había ido unos minutos antes solo para volver con él y fingir que era una visita formal.
—Mi padre quiere que revisemos la lista de clanes que pedirán audiencia —dijo Renato—. Después del embarazo, habrá más presión.
Leandro tomó la tablilla.
—No.
Renato parpadeó.
—Ni siquiera la leíste.
—La respuesta es no.
Aitana le quitó la tablilla con cuidado.
—La respuesta puede ser no, pero yo sí voy a leerla.
Paloma señaló a Leandro.
—Te lo dije. No puedes domesticarla.
—No intento domesticarla.
—Ajá.
Renato, que tenía más instinto de supervivencia que curiosidad, puso la tablilla entre Aitana y Leandro como si fuera una ofrenda.
—Hay tres solicitudes serias —explicó—. Clan Venado, Clan Garza y un emisario del Clan Tigre. Ninguna debe aceptarse a solas. Todas preguntan por protección, comercio o matrimonio, aunque usen palabras más bonitas.
—Entonces que usen palabras honestas —dijo Aitana.
Paloma se sentó a su lado.
—Eso espanta a la mitad de los políticos.
—Bien.
Leandro la miró, y esta vez su preocupación tuvo una sombra de orgullo.
La pequeña vida bajo el vientre de Aitana no era visible, pero ya cambiaba todo. La forma en que le hablaban. La forma en que la miraban. Incluso la forma en que ella se pensaba a sí misma. Miedo, alegría, cansancio y una responsabilidad inmensa se turnaban dentro de su pecho.
Mateo apareció cuando el sol empezaba a bajar.
Traía una bolsa de hierbas para Abuela Remedios. Al verlos reunidos, se detuvo.
Aitana sintió que Leandro se tensaba a su lado, aunque menos que antes.
—Mateo —lo llamó ella.
Él se acercó con respeto.
—Solo venía a dejar esto.
—¿Cómo estás? —preguntó Aitana.
La pregunta lo desarmó.
—Yo debería preguntarte eso a ti.
—Puedes responder primero.
Mateo miró a Leandro, luego a Paloma y Renato. Parecía a punto de retirarse.
—Estoy bien.
Aitana reconoció la mentira porque la había usado demasiadas veces.
Leandro también.
—Quédate a cenar —dijo de pronto.
Todos lo miraron.
Mateo, sobre todo.
—¿Perdón?
Leandro mantuvo el rostro serio.
—Aitana preguntó cómo estás. Si respondes de pie y listo para huir, va a seguir preocupada. Si te sientas, tal vez crea tu mentira con más calma.
Paloma se llevó una mano al pecho.
—Por la Luna, está aprendiendo humor.
Leandro la ignoró.
Mateo dudó, pero se sentó al borde del toldo.
La cena fue sencilla: carne cocinada en los fogones nuevos, tortillas calientes y una infusión suave que Abuela Remedios juró que Aitana debía beber aunque supiera a tierra triste. Renato habló de registros. Paloma se quejó de que su esposo ahora anotaba todo, incluso sus insultos. Leandro comió poco, demasiado atento a Aitana. Mateo escuchó más de lo que habló.
Pero, poco a poco, la mesa dejó de sentirse como una prueba.
Paloma contó que Renato había intentado aprender a moler chile para impresionarla y terminó llorando por el humo. Renato corrigió que no lloró, solo "expulsó agua estratégica por los ojos". Mateo, contra todo pronóstico, se rio. Leandro también, apenas, y Aitana sintió que el vínculo se aflojaba como una cuerda que dejaba de cortar.
Esa era la clase de escena que nadie habría escrito para ella antes: una cena simple, con miedo afuera, con problemas esperando, pero con gente alrededor que discutía por tonterías porque por un rato podían permitirse vivir.
Cuando Paloma y Renato se retiraron, Aitana quedó un momento a solas con Mateo mientras Leandro llevaba las vasijas a la mesa de lavado.
—No tienes que desaparecer —dijo ella.
Mateo miró sus manos.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
—Porque él necesita tiempo contigo. Y tú necesitas tiempo con él. Acaban de cerrar el primer vínculo y ahora hay un hijo. Mi presencia no debe convertirse en otra presión.
Aitana no supo qué responder.
Mateo levantó la vista, con una sonrisa pequeña.
—No retiro lo que dije. Pero puedo esperar sin hacer ruido.
—Eso suena solitario.
—Lo conozco.
La frase le dolió.
Leandro volvió antes de que la conversación siguiera. Mateo se puso de pie.
—Gracias por la cena.
—Mateo —dijo Leandro.
El lince se detuvo.
—No tienes que irte de la manada.
Mateo abrió los ojos.
—No pensaba...
—Lo pensaste.
El silencio confirmó la acusación.
Aitana miró a Mateo, alarmada.
—¿Ibas a irte?
—Solo por unos días. Para no estorbar.
Leandro dejó las vasijas sobre la mesa.
—Estorbarías más si te vas y ella se culpa.
Mateo bajó la mirada.
—Entiendo.
No parecía aliviado. Parecía descubierto.
Esa noche, mucho después de que todos se retiraran, Aitana descansó con la cabeza sobre el pecho de Leandro. Él le acariciaba el cabello con movimientos lentos, todavía aprendiendo cómo cuidar sin encerrar.
—Fuiste amable con él —murmuró ella.
—No soy tan noble. Me puso celoso.
—Lo sé.
—Pero no quiero que te duela su tristeza.
Aitana cerró los ojos.
—Gracias.
Leandro besó su frente.
Más allá de las chozas, en la orilla del río, Mateo estaba sentado sobre una piedra, mirando el reflejo de la luna en el agua. El viento movía las hojas y llevaba hasta él el olor lejano de los fogones.
—No estorbar —susurró, tan bajo que solo el río pudo escucharlo—. Eso sí sé hacerlo.
La luna no respondió.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos