En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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PRINCIPE DE LA LUZ ETERNA.
Mientras Caelen preparaba un pequeño fuego con ramas secas, moviéndose con una habilidad y una elegancia que dejaban ver su educación, Layla lo observaba, sentada sobre una piedra cubierta de musgo. No podía dejar de mirarlo, de admirarlo, de desearlo. Cada movimiento suyo, cada gesto, cada mirada, la atraía como un imán. Ya no era solo la atracción física, aunque esta era inmensa; ahora era también la admiración por lo que él era, por su historia, por su grandeza oculta.
Él se dio cuenta de su mirada intensa, y cuando el fuego comenzó a arder con una llama extraña, azul y dorada al mismo tiempo —una señal clara de su magia despierta—, se giró lentamente hacia ella. Una sonrisa lenta y cargada de deseo curvó sus labios, y caminó hacia ella con paso lento y seguro, como un depredador que se acerca a su presa, aunque en sus ojos solo había amor y adoración.
—Me miras de esa forma, mi princesa —dijo él con voz ronca, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro que hizo vibrar todo el cuerpo de ella—, y sabes lo que me haces sentir. Sabes que no puedo resistirme a ti. No cuando me miras como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Layla se levantó despacio, quedando cara a cara con él, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, mucho más caliente y fuerte que el del fuego que habían encendido.
—Es que lo eres, Caelen —respondió ella con sinceridad absoluta—. Eres mi tesoro. Mi príncipe. Mi todo. Y te deseo… te deseo con una fuerza que a veces me asusta. Quiero sentirte, quiero que me hagas tuya una y otra vez, hasta que no quede ni un solo rincón de mi cuerpo que no lleve tu marca.
No hizo falta más palabras. Caelen la tomó entre sus brazos con una urgencia que no admitía demoras, fundiendo sus labios en un beso hambriento, feroz y profundo. Sus manos grandes y expertas recorrieron su espalda, su cintura, apretándola contra él, queriendo borrar cualquier espacio que quedara entre sus cuerpos. Sus lenguas se encontraron y lucharon con pasión, devorándose el aliento, reconociéndose con una familiaridad que parecía de siglos.
La fue guiando despacio hacia el suelo, donde habían puesto pieles suaves y mantas para descansar, y la recostó con delicadeza, cubriéndola inmediatamente con su cuerpo fuerte, pesado y maravilloso. Sus manos comenzaron a desabrochar su ropa con una destreza rápida y ansiosa, quitando cada prenda que estorbaba, ansioso por sentir su piel contra la de ella.
—Eres tan hermosa… —murmuró él, separándose un poco para mirarla, mientras sus manos acariciaban cada centímetro de su cuerpo desnudo a la luz del fuego mágico—. Tan perfecta… Mi princesa guerrera, que ha conquistado hasta el último rincón de mi alma.
Layla se estremeció bajo su mirada y su tacto, sintiendo cómo el deseo ardía en su interior con una intensidad que le dolía, que la hacía arquearse buscando más contacto. Sus propios manos recorrieron el cuerpo de él, desabrochando su ropa también, ansiosa por ver, tocar y sentir esa piel pálida y cálida, donde brillaban con fuerza los símbolos antiguos de Velarion, brillaban porque estaba con ella, brillaban con luz propia.
Cuando quedaron totalmente desnudos, piel con piel, la sensación fue explosiva. El calor de Caelen la envolvió por completo, haciéndola sentir segura, amada y deseada al mismo tiempo. Él bajó su cabeza para besarla, recorriendo con sus labios y su lengua cada parte sensible de su cuerpo: desde su frente, bajando por su cuello, mordisqueando suavemente el lóbulo de su oreja, bajando hacia su escote, tomando en su boca los pechos firmes y redondos de ella, haciéndola gemir alto y claro de placer.
—Me encanta cómo te sientes… cómo sabes… cómo te mueves para mí… —decía él entre besos y susurros, bajando más y más, recorriendo su cintura, su ombligo, sus caderas, llegando hasta la parte más íntima de ella, donde ya estaba húmeda, abierta y pidiéndolo a gritos.
Allí, Caelen se detuvo, y con una habilidad y un conocimiento que solo un príncipe, educado en todos los placeres y secretos de la vida, podía tener, comenzó a amarla con su boca y su lengua, llevándola al límite una y otra vez, arrancándole gritos de placer que resonaban en las paredes de la cueva, haciéndola perder la razón y el equilibrio. Él conocía cada punto, cada movimiento, cada caricia exacta para hacerla volar, para hacerla suya de mil formas distintas.
—Caelen… ¡por favor! —suplicó ella, perdida en el placer abrumador, agarrando su cabello con fuerza, empujándolo hacia sí, necesitando más, necesitándolo dentro de ella—… te necesito… ahora… ¡dentro de mí!
Él obedeció, pero se tomó su tiempo. Se incorporó despacio, mirándola con esos ojos zafiros brillantes y llenos de deseo, viendo cómo ella lo miraba con adoración y hambre. Se colocó entre sus piernas abiertas, y rozó su entrada con la punta dura y ardiente de su miembro, haciéndola estremecerse de anticipación, disfrutando de ese momento de tensión perfecta.
—Siempre serás mía… —murmuró él, antes de empujar despacio, profundo, llenándola por completo, uniéndolos en un solo ser—… solo mía.
Layla lanzó un gemido largo y profundo cuando la invadió, cuando sintió su tamaño, su calor, su fuerza dentro de ella. Era como si entrara en el paraíso, como si todo su cuerpo estallara en sensaciones increíbles. Caelen comenzó a moverse, con un ritmo lento al principio, profundo, buscando el roce exacto, y luego aumentando la velocidad y la intensidad, golpeando contra sus límites, haciéndola gritar de placer con cada embestida.
Se movían juntos, perfectamente sincronizados, como si sus cuerpos estuvieran hechos el uno para el otro desde el principio de los tiempos. La luz dorada y azul de las marcas de Velarion brillaba cada vez más fuerte, envolviéndolos en una burbuja mágica, caliente y protectora, mezclando la magia antigua de él con la magia poderosa de ella, creando algo nuevo, imparable y eterno.
Él la tomó de mil formas: suave y amoroso, duro y posesivo, haciéndola sentir la diferencia entre el hombre y el príncipe, entre el amante y el dueño de su corazón. La levantó, la acercó a sí, la hizo suya desde atrás, mirándola a los ojos todo el tiempo, hablándole de amor, de reinos, de futuro, de todo lo que iban a construir juntos.
—Vamos a recuperar mi castillo… —le decía él, mientras la llenaba una y otra vez, acercándola al borde del abismo del placer—… lo vamos a reconstruir… y serás mi reina… la reina más poderosa que jamás haya existido… tú y yo… iguales… para siempre…
—¡Sí! —gritaba ella, perdiéndose en el placer absoluto, sintiendo cómo su propio poder también crecía y brillaba, respondiendo al de él—… ¡Siempre contigo… mi príncipe de la Luz Eterna… mi amor… mi vida!
Cuando finalmente estallaron juntos, llegando al clímax en una explosión de sensaciones, luz y magia, se quedaron abrazados, temblando, cubiertos de sudor y amor, respirando agitadamente, recuperando el aliento, mirándose a los ojos con una complicidad que iba mucho más allá de las palabras.
Caelen se recostó a su lado, arrastrándola para que reposara su cabeza sobre su pecho, escuchando el ritmo fuerte y constante de su corazón, ese corazón que ahora sabía que pertenecía a la realeza, pero que latía solo por ella.
—Mañana llegaremos al Paso de Cristal —dijo él en voz baja, acariciando su cabello negro y liso, besando su frente con infinita ternura—. Y entonces… entonces verás lo que es capaz de hacer un príncipe de Velarion cuando tiene a su lado al amor de su vida. Recuperaremos todo. Y nada ni nadie volverá a separarnos.
Layla sonrió, cerrando los ojos, sintiéndose en paz, feliz y completa. Había huido de casa buscando su camino, su identidad, su lugar en el mundo… y había encontrado mucho más: había encontrado al hombre más noble, más poderoso y más maravilloso de todos. El hombre que todos creían que no era adecuado para ella… resultó ser el único que estaba a su altura, el único capaz de amarla, comprenderla y gobernar a su lado.
Y ahora, la Princesa Guerrera de Al-Jazair y el Príncipe Perdido de Velarion estaban listos para entrar en la leyenda, para escribir su historia, una historia de amor, de magia, de realeza y de triunfo que se contaría por siglos y siglos.