Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 6
...Val....
Las tres de la mañana y yo estaba arrodillada frente al excusado, vomitando bilis.
No había cenado. No había comido nada desde el mediodía. Pero mi cuerpo llevaba un rato decidiendo que ya no podía con todo lo que yo le exigía cargar, y ésta era su forma de decírmelo.
Me limpié la boca con el dorso de la mano. Me temblaban los brazos. Tenía el sudor frío pegado a la frente y el estómago hecho un puño. Me senté en el piso del baño, recargué la cabeza contra los azulejos y esperé a que el mundo dejara de moverse.
No era la primera vez. Estos episodios empezaron hace un año, más o menos. Siempre de noche. Siempre cuando algo se acumulaba demasiado dentro de mí y no tenía por dónde salir. El cuerpo me lo cobraba: náuseas, temblores, a veces mareos tan fuertes que tenía que agarrarme de las paredes.
Nunca fui al doctor. ¿Para qué? Para que me dijera lo que ya sabía: que estaba hecha mierda por dentro y que necesitaba ayuda que no podía pagar ni pedir.
Me arrastré hasta la cama. Me metí debajo de las cobijas con la ropa puesta y cerré los ojos.
El teléfono sonó.
No el timbre de mensaje. El timbre de llamada. A las tres y cuarto de la mañana.
Miré la pantalla. Camila.
Mi media hermana no llamaba a estas horas a menos que quisiera algo. Y lo que Camila quería, siempre tenía un precio.
Contesté porque si no contestaba iba a seguir llamando hasta que lo hiciera.
—¿Qué quieres, Camila?
—¡Hermanita! —Su voz era chillona y dulce, como un caramelo envenenado—. ¿Te desperté? Ay, perdón, es que estaba pensando en ti y no pude esperar.
—Son las tres de la mañana.
—Sí, bueno, es que tengo noticias de Abuelita.
Me senté de golpe. El estómago se me volvió a retorcer pero lo ignoré.
—¿Qué pasó? ¿Está bien?
—Ay, tranquila, no te pongas así. —Se rió. Ese sonido me crispaba los nervios como uñas en un pizarrón—. Está bien. Bueno, más o menos. Ya sabes cómo es, un día está bien y al otro no reconoce a nadie. La semana pasada me llamó Valentina. A mí. ¿Puedes creerlo?
Apreté el teléfono hasta que me dolieron los nudillos. Doña Carmen Aranda. Mi abuelita. La mujer que me crió cuando mi padre no quiso y mi madre no pudo. La única persona que me abrazaba sin condiciones, que me decía "mi niña valiente" y lo decía en serio.
Estaba en una clínica en otra ciudad. Y Camila era la que controlaba las visitas.
—¿Qué quieres, Camila? —repetí.
—Papá quiere que vengas a cenar el sábado. Toda la familia. —Su tono cambió, se puso más afilado—. Y dice que si no vienes, va a reconsiderar quién se encarga de los pagos de la clínica de Abuelita.
Ahí estaba. El golpe.
Mi padre pagaba Clínica Santa Lucía. Era caro. Yo no podía cubrirlo con mi sueldo de controladora aérea. Y todos en esa familia lo sabían.
—¿Me estás amenazando con mi abuela? —Mi voz salió baja, rasposa.
—No, hermanita, yo no. Papá. Yo sólo te paso el mensaje porque te quiero. —Pausa dramática—. Además, sería bueno que vinieras. Susana preparó carne asada. Y hay unas personas que papá quiere que conozcas. Socios, creo.
Socios. Conocía esa palabra en boca de mi padre. Sabía lo que significaba.
—Voy a estar ahí —dije.
—¡Perfecto! Ay, qué bueno. Va a ser divertido. —Otra pausa—. Ah, y hermanita... Luciano me contó que vio a un tipo afuera de tu edificio la otra noche. ¿Ya tienes novio nuevo? Qué rápido. Igualita a mamá, ¿no?
Colgué.
Dejé el teléfono en la mesita de noche y me quedé mirando el techo. El corazón me latía duro y tenía las manos heladas. "Igualita a mamá." Esa frase tenía veneno por todos lados y Camila lo sabía.
Cerré los ojos. Traté de respirar normal. Traté de no pensar en mi padre, ni en la cena, ni en lo que "socios" significaba en su vocabulario.
El teléfono vibró. Mensaje.
Lo tomé esperando otra cosa de Camila. Pero no era Camila.
Era Seb.
«Oye, Mendoza. Se me olvidó decirte: el collar que traías puesto esa noche se quedó en mi departamento. Debió caerse cuando... bueno. Cuando. ¿Lo necesitas?»
Me quedé mirando la pantalla.
El collar. El collar de plata con la V que me regaló Abuelita cuando cumplí quince. El único objeto que me importaba en este mundo. Se me debió caer esa noche, en el hotel, cuando él me quitó la blusa y yo no estaba pensando en nada que no fuera su boca.
«Sí lo necesito» escribí.
Borré el mensaje. Volví a escribir.
«Ese collar es importante para mí.»
Borré otra vez. Demasiado personal. Escribí:
«Déjalo en recepción del aeropuerto.»
Enviar.
Respuesta en un minuto:
«No. Es una pieza que se ve delicada. No voy a dejarlo con cualquiera. Te lo doy en persona.»
«No es necesario.»
«Mendoza, es un collar, no una bomba. Relájate.»
Me mordí el labio. Ese collar tenía grabado "Mi niña valiente — Abuelita" en la parte de atrás y si lo perdía me moría. Literalmente me moría.
«Está bien. ¿Cuándo?»
«Mañana en la cafetería del aeropuerto. 7am. Yo invito el café.»
«No necesito que me invites nada.»
«Lo sé. Por eso lo hago.»
Dejé el teléfono boca abajo sobre la cama. Me tapé la cara con la almohada.
Mi cuerpo todavía temblaba por las náuseas. Camila me acababa de amenazar con mi abuela. Mi padre me estaba obligando a ir a una cena que no iba a terminar bien. Y en medio de todo eso, lo único que me hacía sentir algo que no fuera miedo era un mensaje de un hombre que se supone que debería ser irrelevante.
No le respondí más.
Pero tampoco borré la conversación.
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