Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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Retirada táctica
Sophia
El chirrido de la silla de madera contra el suelo al ser arrastrada por Sebastian sonó en mis oídos como una declaración de guerra. Se sentó tan cerca de mí que nuestras rodillas casi se rozaron bajo la mesa, y de inmediato, el aroma a whisky y madera de su loción eclipsó por completo el olor a café tostado del lugar. Tenía el corazón desbocado, golpeándome las costillas con tanta fuerza que temía que ambos pudieran escucharlo.
Lucas, lejos de amedrentarse por la invasión de Sebas, se recostó en su asiento con una elegancia exasperante, entrelazando los dedos sobre la mesa. Su mirada, astuta y divertida, se clavó en mi mejor amigo.
—Para nada, Sebastian, al contrario —dijo Lucas con una sonrisa impecable que destilaba pura confianza—. De hecho, me alegra que te unas. Sophy me estaba contando lo emocionante que fue su primer día en la oficina, pero me encantaría escuchar tu perspectiva. Me imagino que tener a una mujer tan talentosa, inteligente y... —hizo una pausa deliberada, mirándome fijamente a los ojos con una calidez fingida que me hizo tragar saliva—... tan increíblemente hermosa viviendo bajo tu mismo techo, debe ser todo un desafío de convivencia.
Miré a Lucas con los ojos abiertos de par en par, enviándole una súplica silenciosa para que se detuviera, pero la carta ya estaba jugada. El contraataque psicológico de Letty estaba dándole directo al orgullo de Sebastian.
Sebastian
La forma en que ese imbécil pronunció la palabra "hermosa" hizo que se me nublara la vista por un segundo. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta el límite del dolor y tuve que clavar las uñas en las palmas de mis manos por debajo de la mesa para no inclinarme hacia adelante y borrarle esa maldita sonrisa publicitaria de un puñetazo. ¿Quién demonios se creía que era para hablar de ella así en mi propia cara?
Lo miré fijamente, dejando que mis ojos claros se enfriaran hasta convertirse en dos témpanos de hielo. No iba a permitir que me viera perder los papeles, no le iba a dar ese gusto.
—La convivencia es perfecta, Lucas —respondí, arrastrando cada palabra con una voz tan profunda y pausada que rozaba la amenaza—. Nos conocemos desde hace dos décadas. Sé exactamente qué le gusta, qué le asusta, cómo toma el café por las mañanas y cuándo está intentando ocultar sus nervios. Sophia no es un desafío para mí. Es mi prioridad.
Me giré lentamente hacia ella, ignorando por completo al tipo. Acerqué mi rostro al suyo lo suficiente para que sintiera mi respiración y coloqué mi mano con firmeza sobre el respaldo de su silla, acorralándola sutilmente frente a su "amigo".
—Pero me llama la atención, Sophy... —murmuré, forzando una sonrisa ladina que no me llegaba a los ojos—. Anoche me dijiste que habías conocido a alguien en la discoteca, pero no me mencionaste que tu nuevo amigo vistiera tan formal para tomar un simple café por la tarde. ¿O es que acaso hay algo más que olvidaste contarme?
Sophia
La trampa se estaba cerrando sobre mí y el aire en la mesa se había vuelto asfixiante. Sebastian me miraba esperando que me tropezara con mis propias mentiras, mientras que la sonrisa de Lucas empezaba a tensarse ante la inminente tormenta. Sabía que si me quedaba un minuto más sentada entre esos dos, terminaría confesando que todo era un elaborado plan de Letty.
Entonces, la campana de salvación sonó en mi mente. Miré el reloj de mi muñeca de golpe, fingiendo una sorpresa mayúscula.
—¡Ay, Dios mío, la hora! —exclamé, poniéndome de pie de un salto, rompiendo la agobiante cercanía física con Sebas. Tomé mi cartera con las manos todavía temblorosas—. Lucas, de verdad lo siento muchísimo, pero acabo de recordar que tengo una cita súper importante en el salón de belleza y ya voy tardísimo. Me van a cancelar si no llego.
Lucas parpadeo, sorprendido por mi repentina huida, pero captó la jugada al instante. Se puso de pie con su habitual caballerosidad y me dedicó una mirada comprensiva, ignorando olímpicamente la tensión que emanaba del hombre sentado a mi lado.
—No te preocupes para nada, Sophy, el trabajo y el cuidado personal van primero —dijo Lucas, regalándome una sonrisa cálida que sabía que iba a encender a mi compañero—. Dejemos el café pendiente para mañana a la misma hora, ¿te parece? Paso por ti a la oficina otra vez.
—Sí, perfecto. Mañana nos vemos —asentí rápidamente, queriendo salir corriendo antes de que la mirada acusadora y gélida de Sebastian terminara por fulminarme ahí mismo.
Sebastian
«¿Mañana a la misma hora?». Esas palabras se clavaron en mi orgullo como estacas. Me puse de pie lentamente, estirándome cuan largo era, mientras sentía que la furia me recorría cada fibra del cuerpo. Vi cómo Sophia evitaba mirarme a los ojos, concentrada en acomodarse la cartera, moviéndose con una prisa que delataba sus nervios. ¿Una cita en el salón? Por supuesto que era una mentira, una excusa barata para escapar de la encerrona en la que ella sola se había metido.
La miré con una mirada acusadora, fija, implacable, dejando que mis ojos claros le transmitieran todo lo que me estaba guardando para cuando estuviéramos a solas. No se iba a librar tan fácil de esta.
—Yo te llevo, Sophia —le solté, usando ese tono de voz firme y autoritario que rara vez empleaba con ella, pero que no admitía réplicas—. De todas formas, ya terminé mis asuntos por aquí y el auto está estacionado a la vuelta. Yo te voy a llevar de regreso a casa. Después de tu cita, claro.
Me giré hacia Lucas, dedicándole un asentimiento de cabeza tan frío como el invierno, sin un solo rastro de cortesía.
—Un gusto, Lucas —dije, arrastrando su nombre con ironía.
Tomé a Sophia suavemente del codo, ejerciendo una presión firme pero protectora, y la guie hacia la salida del café. Ella no protestó, probablemente porque sabía que si abría la boca en ese momento, el juego de estrategia que había iniciado se le iba a desmoronar por completo en mitad de la calle. La verdadera confrontación nos esperaba en el auto, y esta vez, no iba a haber ningún primo publicista que la salvara.