En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
NovelToon tiene autorización de More more para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
11
El sol de la mañana golpeaba las murallas cuando el carruaje de Valerius se detuvo frente a la escalinata principal. Caelum esperaba en lo alto, con la elegancia de una montaña que no teme al viento. A su lado, Elowen lucía un vestido de seda gris humo con detalles en encaje negro, una imagen de sofisticación gélida que hacía que los soldados imperiales bajaran la mirada por puro instinto.
Caelum ya no usaba la máscara. Su cicatriz, lejos de ser un defecto, parecía ahora el tatuaje de un dios de la guerra. Su presencia sin el platino era tan abrumadora que Valerius, al bajar del carruaje, tuvo que recomponerse antes de hablar.
—Duque Caelum —dijo Valerius, haciendo una reverencia que no era más que un acto de teatro—. Su Majestad está... preocupado por la falta de transparencia en sus recientes tratados comerciales. He venido a auditar sus almacenes y, si es necesario, a intervenir las rutas que pasan por Oakhaven.
Caelum soltó una risa que sonó como el crujido de huesos bajo la pata de un lobo.
—El Emperador se preocupa demasiado por mis rutas y muy poco por el hambre de su propia capital, Vizconde. Pase. Mi esposa, la Duquesa, le mostrará nuestra "transparencia".
Elowen guió a Valerius a través de los almacenes de la destilería. El aire olía a hierbas frescas, alcohol puro y algo metálico. Valerius intentaba ser intimidante, anotando en su pergamino cada barril que veía.
—Estos elixires deben pagar un impuesto del 50% por ser considerados "productos de lujo" —dictaminó Valerius, señalando una fila de viales de color azul vibrante.
—Esos viales no son de lujo, Vizconde —respondió Elowen con una voz melosa mientras se acercaba a una mesa de mezclas—.
Son tónicos para la visión nocturna de los mineros. Pero si insiste en probar la calidad de nuestros productos antes de tasarlos, le invito a un refrigerio en el salón privado. Tengo una mezcla especial que le ayudará a... agudizar sus sentidos para la auditoría.
En el salón privado, el ambiente era íntimo. Caelum se sentó en un sillón de cuero, observando a Valerius con una mirada de depredador que espera el momento justo para saltar. Elowen sirvió tres copas de un licor dorado que parecía brillar con luz propia.
—Un brindis por la "lealtad" —dijo Elowen, levantando su copa.
Valerius bebió con avidez, atraído por el aroma exquisito. Lo que no sabía era que Elowen había destilado una variante de la "Raíz de la Confusión". No era un veneno mortal, sino un suero de la verdad que actuaba sobre el sistema nervioso, eliminando los filtros sociales y la arrogancia.
A los diez minutos, Valerius comenzó a sudar. Se desabrochó el cuello de la camisa, mirando a Elowen con una lascivia que no podía ocultar.
—Sabe, Duquesa... Alistair me dijo que usted era una bruja albina, pero es... es un desperdicio que esté aquí con este... —miró a Caelum y, bajo el efecto de la droga, su miedo desapareció— ...con este animal marcado. Si usted viniera conmigo a la capital, yo podría darle placeres que un monstruo no puede imaginar.
Caelum se tensó. El aire en la habitación comenzó a oscurecerse, las sombras de las esquinas se alargaron como garras hacia el Vizconde.
El lobo en su interior estaba arañando la superficie, deseando arrancar la lengua del hombre que se atrevía a insultar a su mate frente a él.
Elowen, sin embargo, puso una mano en el brazo de Caelum para detenerlo. Tenía una sonrisa juguetona en los labios.
—¿De veras, Vizconde? —dijo ella, inclinándose hacia adelante de modo que el escote de su vestido quedara a la vista del hombre—.
Cuénteme más sobre los planes de Alistair. ¿Qué placeres me esperan mientras sus mercenarios intentan rodear este castillo?
Valerius, con la lengua floja y la mente nublada, comenzó a reírse.
—¡Ah! Los mercenarios... Alistair es un genio. Ha vendido las joyas de la corona para pagarlos. Van a entrar por el desfiladero del Este mientras ustedes celebran la cosecha. Yo solo estoy aquí para... para distraerlos y asegurar que los suministros de pólvora sean saboteados.
¡Soy un héroe del imperio!
Caelum se puso de pie. Su altura parecía haber crecido, y su voz salió con un eco sobrenatural.
—Has dicho lo suficiente, Vizconde.
Valerius intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Miró a Caelum y vio, por fin, lo que se ocultaba tras los ojos ámbar. No era solo un hombre; era un Alfa. La sombra de un lobo gigantesco pareció proyectarse en la pared de piedra detrás del Duque.
—Elowen, ¿el efecto de tu tónico es permanente? —preguntó Caelum, agarrando a Valerius por el cuello de la chaqueta con una sola mano y levantándolo del suelo.
—No, mi amor —respondió ella, terminando tranquilamente su copa—. Pero dejará una secuela: cada vez que intente mentir, sentirá un dolor punzante en la cabeza que lo dejará incapacitado.
Es mi regalo de despedida para el servicio del Emperador.
Caelum llevó al hombre hacia la ventana que daba al patio de armas, donde los lobos de la manada entrenaban.
—Varick, ¡llévate a este "inspector"! Que sus hombres vean lo que le sucede a los que traen veneno a nuestra mesa.
Valerius fue arrastrado fuera, gritando incoherencias sobre mercenarios y joyas vendidas, mientras los soldados de Oakhaven se reían de su patético estado. No hubo necesidad de espadas; la humillación fue total.
Cuando quedaron solos, Caelum cerró la puerta con llave y caminó hacia Elowen. La furia de la confrontación se había transformado en un deseo ardiente.
La tomó de la cintura y la sentó sobre la mesa de despacho, apartando los pergaminos de la auditoría con un movimiento brusco.
—"Placeres que un monstruo no puede imaginar", ¿eh? —gruñó Caelum, enterrando su rostro en el pecho de ella, inhalando su aroma con una voracidad animal—.
Ese imbécil no tiene idea de lo que soy capaz de hacerte cuando las puertas están cerradas.
Elowen soltó un jadeo, enredando sus manos en el cabello de él.
—Bueno, mi lobo... creo que deberías demostrarme por qué Alistair está tan equivocado. Me ha puesto de muy mal humor que ese hombre pensara que podía comprarme con sus promesas de capital.
Caelum levantó la cabeza. Sus ojos eran puro fuego dorado.
—Te daré un motivo para que no puedas caminar mañana, Duquesa. Quiero que cada fibra de tu cuerpo recuerde quién es el hombre que te posee. Ningún inspector, ningún emperador, nadie...
—No hables tanto —susurró ella, tirando de él hacia sus labios—. Muéstramelo con esa fuerza que solo tú tienes. Muéstrame cómo el Alfa reclama su territorio.
Caelum la besó con una intensidad que hizo que los frascos de cristal sobre la mesa vibraran. Sus manos bajaron por sus muslos, despojándola de la seda con una urgencia que no admitía demoras.
En el despacho, rodeados de mapas de guerra y tratados comerciales, se entregaron a una pasión que era su verdadera fortaleza.
Mientras en Oakhaven celebraban la expulsión de Valerius con una noche de pasión y planificación, en la capital, Alistair recibía una noticia devastadora.
Los bancos del Este, influenciados por los nuevos contratos de Elowen, habían ejecutado las garantías de las deudas imperiales. Las minas de plata que Alistair creía seguras habían sido embargadas por "incumplimiento de pagos".
El Emperador, sentado solo en su gran comedor, miró la nota de Valerius que acababa de llegar. Estaba escrita con una caligrafía temblorosa: "El Duque no tiene rostro de monstruo. Tiene rostro de Rey. Y su esposa... su esposa es el diablo vestida de seda".
Alistair lanzó la nota al fuego, gritando de frustración. Sus planes se desmoronaban paso a paso. El dinero se iba, sus aliados dudaban y el invierno se acercaba. No sabía que en el Norte, Caelum y Elowen no solo estaban prosperando, sino que estaban forjando el ejército que, en la próxima luna llena, no solo defendería su hogar, sino que marcharía para reclamar lo que por derecho de sangre pertenecía al Lobo.