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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 18: LO QUE CRUZA LA LÍNEA
El sonido seco y nítido de la rama rompiéndose siguió resonando en el silencio de la noche como si hubiera sonado dentro de la misma habitación. No hubo más ruidos después, ni pasos, ni voces, ni crujidos adicionales, solo el silencio denso y pesado que volvió a caer de golpe sobre todo el bosque, más espeso y más cargado que unos minutos antes. Dante permaneció inmóvil pegado a la pared de madera, pegado al borde de la ventana pequeña sin dejar que su silueta se asomara lo suficiente para ser vista desde afuera, con el hacha pequeña de mango corto apretada con fuerza entre los dedos de una mano y la otra levantada muy lentamente en el aire, ordenándonos con una sola seña absoluto silencio, sin movernos, sin respirar fuerte, sin hacer el menor ruido que pudiera delatar que había vida dentro de aquellas cuatro paredes.
Me quedé completamente quieto donde estaba de pie, con el corazón latiéndome desordenado y muy fuerte contra las costillas, una mano clavada con fuerza sobre la curva redonda y pesada de mi vientre y la otra extendida hacia atrás buscando la mano pequeña y fría de Mia, que en el mismo instante se aferró a mis dedos con todas sus fuerzas. Era mi hermana menor, solo ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y corazón frágil desde el nacimiento, y aun así no gimió, no lloró ni se escondió detrás de mí como otras veces habría hecho: solo se pegó fuerte a mi costado, abrazando con el otro brazo su osito de peluche contra el pecho y manteniendo la mirada fija en la espalda ancha y tensa de Dante, como si supiera que en ese momento toda nuestra seguridad dependía de lo que él lograra ver o escuchar en la oscuridad. Todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento del bebé, y sin embargo la tensión acumulada de aquellas horas fue suficiente para que sintiera de repente dos o tres contracciones leves, cortas e indoloras, solo un endurecimiento breve de la pared del útero que me recorrió de arriba abajo, y tuve que hacer un esfuerzo muy grande por respirar muy lento y muy suave por la nariz para que nadie lo notara y para que el pequeño que llevaba dentro se calmara de nuevo.
Pasaron minutos que se sintieron como horas enteras. Dante no movió ni un solo músculo, solo sus ojos se movían de un lado a otro recorriendo cada sombra, cada forma, cada movimiento mínimo entre los árboles que la luz pálida de la luna lograba dibujar en el suelo. Pasados casi diez minutos de silencio absoluto, bajó muy despacio el brazo que tenía levantado, relajó de a poco la postura rígida de todo el cuerpo y aflojó un poco la presión con la que sostenía el hacha, aunque no la soltó del todo ni la apartó de su lado. Dio media vuelta muy lentamente, caminó de puntillas hasta donde estábamos nosotros y nos atrajo a los dos contra sí con sus dos brazos grandes y fuertes, sin apretar con fuerza para no lastimarme el embarazo ni cansar el corazón de la niña, y solo entonces habló, en un susurro tan bajito que casi no salía de su garganta.
—No son hombres —murmuró muy cerca de nuestros oídos, y se notaba en su voz que también él había estado conteniendo la respiración todo ese tiempo—. No se mueven como personas, no caminan en grupo, no hablan ni hacen ruidos deliberados. Es solo la manada de lobos que vive en la parte alta del bosque. Se acercaron siguiendo el rastro del olor a comida que salió por la chimenea hace unas horas. Se detuvieron en la primera línea de cuerdas, rompieron la rama por accidente y luego siguieron su camino, alejándose hacia el río. Ya no están cerca. Ya no hay peligro inmediato.
Soltamos el aire los tres al mismo tiempo, muy despacio, como si lo tuviéramos guardado en los pulmones desde el primer crujido. Mia dejó escapar un suspiro muy corto y tembloroso y escondió la cara contra la tela de mi camisa, relajando de golpe todos los músculos que había tenido tensados hasta doler. Yo apoyé toda la mitad del peso de mi cuerpo cansado y pesado sobre el pecho ancho y firme de Dante, cerré los ojos unos segundos y sentí cómo él pasaba una mano grande y caliente con muchísimo cuidado por toda mi espalda baja, justo donde más me dolía siempre, y con la otra acariciaba el cabello oscuro y lacio de Mia en silencio, reconfortándonos a los dos sin necesidad de decir frases grandes ni vacías.
Pero aunque el susto inmediato había pasado, la expresión seria y preocupada no abandonó su rostro ni un instante. Sabía igual que yo que aquello, por muy inofensivo que hubiera resultado al final, dejaba al descubierto una verdad muy clara y muy peligrosa que hasta entonces habíamos pasado por alto: si unos animales salvajes habían logrado cruzar sin dificultad la primera línea de aviso y acercarse tanto a la cabaña solo guiados por el olfato, entonces nada impedía que seres humanos, con mucha más paciencia, mucha más inteligencia y órdenes muy precisas de la señora Valente, pudieran hacer exactamente lo mismo, avanzando muy despacio, paso a paso, despacio entre la maleza, sin hacer ruido, sin romper ramas grandes y sin activar ninguna de las señales que él había colocado con tanto cuidado alrededor de todo el perímetro. La luz blanca, fría e inmóvil que seguía brillando allá arriba en la cima más alta de la sierra, clavada siempre sobre el valle, era la prueba más grande de que no se habían rendido, no se habían ido y no tenían ninguna intención de irse hasta dar con nosotros.
—Esta noche no dormiremos todos a la vez —dijo Dante en voz normal ya, aunque todavía baja y calmada, cuando nos sentamos de nuevo los tres muy juntos frente a las brasas rojas y sin llama de la chimenea—. Me equivoqué al pensar que con unas cuerdas y unas marcas en los árboles ya estábamos cubiertos del todo. No basta. Hay que reforzar todo, hacer más líneas, más separadas unas de otras, más difíciles de cruzar sin ser oídos, y además vigilar por turnos. Yo me quedo despierto hasta la mitad de la noche, luego tú descansas un poco y al amanecer volvemos a salir a revisar y a colocar todo doble. No quiero que nada, ni animal ni persona, pueda acercarse a menos de doscientos metros sin que lo sepamos con muchísima antelación.
Pasó el resto de la noche moviéndose en silencio de un lado a otro, saliendo y entrendo sin hacer ruido, llevando más cuerdas, más ramas secas y quebradizas, más palos largos que colocaba en posiciones estratégicas de forma que el más mínimo roce los hiciera chocar entre sí y producir un sonido agudo y claro que se oiría incluso dentro de la habitación cerrada. Cada vez que entraba, se acercaba primero hasta donde yo estaba sentado o recostado sobre el banco ancho con una almohada gruesa detrás de la espalda, pasaba la palma de su mano suavemente por encima de mi vientre redondo para asegurarse de que todo seguía bien y de que no hubiera más contracciones por el susto, y luego acariciaba la frente de Mia, que dormía profundamente recostada sobre mis piernas, abrazada fuerte a su dibujo de la familia y a su peluche viejo. Varias veces lo miré caminar entre las sombras iluminado solo por el resplandor rojizo del fuego, el cabello negro desordenado, la ropa arrugada, ojeras muy marcadas bajo los ojos negros por tantas noches seguidas sin dormir del todo, y entendí con toda claridad que todo el peso, toda la responsabilidad y toda la culpa que sentía lo llevaba siempre en silencio, solo, sin quejarse nunca, sin pedir ayuda y sin permitir que nadie más cargara siquiera una pequeña parte por él.
Hacia las tres o cuatro de la madrugada, cuando el frío se hizo más intenso y la luz de la luna empezó a bajar hacia el lado oeste, se sentó por fin a mi lado, se dejó caer con cansancio contra la madera y apoyó la frente pesada sobre mi hombro sin decir palabra. Le pasé los dedos muy suavemente entre el cabello oscuro y le dije muy quedito que se durmiera un rato, que yo me quedaría despierto vigilando, que no pasaría nada, que podía descansar tranquilo aunque solo fueran dos horas. Negó con la cabeza muy despacio sin levantar la cara, suspiró hondo y largo y me rodeó la cintura con el brazo, acomodando la palma abierta y caliente con mucha delicadeza sobre la parte más abultada de mi embarazo.
—No puedo —respondió con la voz completamente ronca por el cansancio y por haber hablado tan poco durante horas—. Si duermo, si bajo la guardia ni un minuto, es cuando pasan las cosas. Mi madre lo sabe, siempre ha sabido jugar con el agotamiento, con el sueño, con los errores que uno comete cuando ya no aguanta más despierto. Ella está allá arriba, en esa luz, esperando precisamente eso: que nos cansemos, que nos confiemos, que bajemos la guardia un instante solo. Cuatro meses —repitió por enésima vez, como si cada vez que pronunciaba esas palabras sacara fuerzas nuevas de algún lugar profundo dentro de sí—. Todavía faltan cuatro meses enteros. Tengo que aguantar. Tenemos que aguantar. No puedo fallarles.
Le apreté fuerte la mano entre las mías, la besé en los nudillos ásperos por el trabajo y le dije que no estaba solo, que nunca más lo estaría, que esto lo llevábamos los tres juntos y que la fuerza no era solo suya, sino de todos. Él no contestó con palabras, solo apretó más fuerte el abrazo y permaneció así pegado a mí, con los ojos entreabiertos fijos siempre en la puerta y en las ventanas, sin dejar de vigilar ni siquiera cuando el sueño empezó a pesarle demasiado los párpados.
Cuando por fin volvió a clarear el cielo y la luz grisácea y suave del alba fue tiñendo poco a poco de pálido todo lo que se veía afuera, la luz blanca de la cima se apagó otra vez lentamente, perdida entre la claridad del día, tal como lo había hecho las mañanas anteriores. No hubo sorpresas, no cambió nada, y esa misma repetición mecánica, fría y calculada era lo que más miedo daba: sabíamos con total seguridad que al caer la noche volvería a encenderse en el mismo punto, con la misma intensidad y la misma quietud, y que allá arriba, bajo aquella luz, nunca dejaban de observar, de anotar, de esperar.
Apenas hubo suficiente luz para ver bien entre los árboles, Dante salió de nuevo fuera, esta vez acompañado muy poquito rato por mí, que salí solo hasta el umbral de la puerta sin alejarme ni un paso más, apoyado fuertemente en su brazo para soportar el peso y el dolor constante de la espalda baja. Recorrimos juntos todo el perímetro por dentro de las líneas de seguridad, y vimos con nuestros propios ojos las huellas grandes y profundas impresas en la tierra húmeda, la rama partida justo donde habíamos oído el ruido y el camino que tomaron los animales alejándose hacia el norte, sin acercarse del todo a las paredes. Allí mismo, de pie entre la maleza alta y el olor fuerte a resina y tierra mojada, me explicó con calma todo lo que cambiaría y agregaría a lo largo del día: una segunda línea completa mucho más alejada, una tercera más cerca, ramas colocadas en ángulos que solo él conocía, piedras apiladas en puntos exactos que caerían con el menor roce, y caminos falsos que se alejaban de la cabaña adentrándose en la parte más cerrada y difícil del bosque, por si alguien lograba pasar todo lo demás y terminaba yéndose por el lado contrario sin saberlo.
Mia, mientras tanto, se quedó dentro sentada sobre su manta doblada en el suelo, y volvió a dibujar sin parar desde que salió el sol. Ese día puso en el papel algo nuevo: ya no solo la montaña con el punto brillante en lo alto, ni los árboles cerrados alrededor de la casa, sino también líneas finas y oscuras formando círculos cada vez más cerrados y más gruesos alrededor de todo, como si dibujara sobre el papel exactamente lo que Dante estaba construyendo con sus manos afuera, anillos y más anillos de protección que nada ni nadie podría atravesar jamás. Cuando terminó, se acercó muy despacio hasta la puerta, nos lo mostró a los dos con mucha seriedad y dijo muy bajito que esos círculos eran como un hechizo bueno, que mientras estuvieran dibujados allí, la luz de allá arriba nunca podría bajar del todo hasta tocarnos.
Hacia el atardecer, cuando el sol empezó a bajar otra vez y todo el bosque se tiñó de colores dorados y naranjas muy profundos, habíamos terminado casi todo. Tres líneas completas de alerta, caminos trampa, vegetación renovada y espesa sobre techo y paredes, ventanas totalmente cubiertas por dentro con mantas dobles y gruesas para que ni el resplandor más mínimo del fuego o de las velas pudiera filtrarse hacia afuera después de oscurecer. Estábamos más protegidos, más escondidos y más preparados que cualquier otro día desde que habíamos llegado a aquel lugar, y aun así, ninguno de los tres sentimos que el peligro hubiera disminuido siquiera un poco.
En cuanto el último rayo de sol desapareció detrás de la sierra y la noche azul oscura cubrió el valle entero, allá en la cima, puntual y fría como un reloj, volvió a encenderse de golpe la luz blanca e inmóvil. Nos quedamos mirándola en silencio desde el único pequeño trozo de ventana que habíamos dejado sin cubrir del todo, los tres muy juntos, el calor del cuerpo de uno sobre el otro. Dante tenía una mano puesta firme sobre mi hombro y la otra apoyada con ternura infinita sobre mi vientre, yo sostenía con fuerza la mano pequeña y suave de Mia entre las mías, y la niña apoyaba la mejilla contra mi costado sin quitar la vista de aquel brillo lejano y helado.
Estábamos a punto de apartarnos y volver junto a la chimenea cuando, por espacio de tres o cuatro segundos solamente, la luz dejó de ser fija y tranquila. Parpadeó dos veces muy rápido, se apagó por un instante brevísimo y volvió a encenderse con mucha más fuerza y más blanca que antes, antes de recuperar de nuevo su inmovilidad habitual. Fue un cambio mínimo, casi imperceptible, que cualquiera habría tomado por un simple reflejo de las nubes o del viento moviendo algo allá arriba. Pero Dante se tensó por completo de golpe a mi lado, todo su cuerpo se volvió rígido otra vez igual que la noche anterior, y en sus ojos negros se leyó de inmediato una certeza fría y pesada que nos heló la sangre a los tres al mismo tiempo. Eso no había sido el viento, ni las nubes, ni un fallo cualquiera. Había sido una señal. Un mensaje enviado desde la altura, directo hacia el valle, para que supoéramos, sin lugar a dudas, que no solo nos estaban mirando: ya sabían que nosotros también los mirábamos a ellos.
FIN DEL CAPÍTULO 18