Sin spoyler
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LO QUE QUEDO EN EL PASADO
El lunes amaneció con un cielo gris que anunciaba lluvia.
A las siete de la mañana, como ya era costumbre, Sofía llegó antes que la mayoría de los empleados.
Encendió la computadora, revisó los correos pendientes, reorganizó la agenda de Adrián y dejó sobre su escritorio una taza de café negro recién preparado.
Todo estaba listo cuando el elevador anunció la llegada del vicepresidente de la empresa.
—Buenos días, Adrián.
Él sonrió levemente al ver la taza humeante.
—Buenos días, Sofía.
Tomó un sorbo del café.
—Perfecto, como siempre.
Ella sonrió con satisfacción.
—Hoy tienes una agenda bastante pesada. Dos reuniones con inversionistas, una videoconferencia con Londres y la presentación del nuevo proyecto de expansión.
—¿Algún cambio?
—Solo uno. La reunión con el departamento jurídico se recorrió media hora porque el director sigue atrapado en el tráfico.
Adrián asintió.
—Bien hecho.
Mientras revisaban algunos documentos, Sofía notó que él parecía especialmente concentrado.
No imaginaba que esa tranquilidad duraría muy poco.
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A media mañana, la recepción recibió una visita inesperada.
Una mujer elegante descendió de un automóvil deportivo rojo.
Vestía un traje blanco de diseñador, tacones altos y llevaba un costoso bolso de marca.
Su maquillaje era impecable y caminaba con la seguridad de quien estaba acostumbrada a llamar la atención.
Era Valeria.
La recepcionista sonrió con educación.
—Buenos días. ¿Tiene cita?
—No la necesito.
Vengo a ver a Adrián.
—Lo siento, pero sin una cita...
Valeria dejó una tarjeta sobre el mostrador.
—Dígale que llegó alguien muy importante para él.
La recepcionista dudó unos segundos antes de llamar a la oficina de Sofía.
—Señorita Sofía, hay una señora que insiste en ver al señor Adrián. Dice que es alguien importante para él.
Sofía recordó inmediatamente el incidente del reloj.
—¿Podría decirme su nombre?
—Valeria.
Sofía guardó silencio unos segundos.
Luego respondió con calma.
—Espere un momento, por favor.
Colgó y tocó la puerta de la oficina principal.
—Adrián.
—Adelante.
—Valeria está en recepción.
Él dejó de escribir por un instante.
Su expresión no cambió.
—¿Tiene cita?
—No.
—Entonces no la recibiré.
Sofía asintió.
—De acuerdo.
Cuando estaba por salir, Adrián volvió a hablar.
—Espera.
Ella se giró.
—La recibiré cinco minutos.
Prefiero terminar esto de una vez.
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Valeria entró en la oficina con una gran sonrisa.
—Hola, Adrián.
Él permaneció sentado detrás del escritorio.
—Buenos días.
No la invitó a sentarse.
Ella decidió hacerlo de todos modos.
—Hace tiempo que no hablábamos.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Valeria intentó romper el hielo.
—Te ves muy bien.
—Gracias.
—Ese traje te queda perfecto.
—Gracias.
Cada respuesta era breve.
Educada.
Pero completamente distante.
Valeria respiró hondo.
No era así como había imaginado el encuentro.
—He estado pensando mucho en nosotros.
Adrián levantó la vista de unos documentos.
—¿Nosotros?
—Sí.
Éramos muy jóvenes cuando terminamos.
Todos cometemos errores.
Él permaneció en silencio.
Ella continuó.
—Creo que ambos hemos madurado.
Quizá...
Podríamos darnos otra oportunidad.
Adrián la observó unos segundos.
Su voz fue tranquila, pero firme.
—No.
La sonrisa de Valeria se tensó.
—Ni siquiera lo vas a pensar.
—No hay nada que pensar.
—Adrián...
Yo cambié.
Él respondió sin alterar el tono.
—Me alegra.
Espero que seas feliz.
Pero eso no cambia nada.
Valeria intentó acercarse al escritorio.
—Todavía podemos empezar de nuevo.
Él dio un paso hacia atrás antes de que ella pudiera acercarse más.
Aquel pequeño gesto fue suficiente para que entendiera que no deseaba ningún contacto.
—Nuestro pasado terminó hace años.
No tengo intención de volver a vivirlo.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Es por Sofía?
Por primera vez, Adrián frunció ligeramente el ceño.
—No metas a otras personas en esta conversación.
—Entonces sí es por ella.
—No.
Es por mí.
Ya no soy la misma persona que conociste en la preparatoria.
Y tampoco quiero volver a esa etapa de mi vida.
Valeria apretó los labios.
—¿De verdad puedes olvidar todo lo que vivimos?
Adrián respondió con honestidad.
—No lo olvidé.
Simplemente lo superé.
Aquellas palabras cayeron como un golpe.
Ella había esperado cualquier respuesta menos esa.
No había resentimiento.
No había rencor.
Solo una aceptación serena de que aquella historia había terminado.
—Pensé que aún significaba algo para ti...
Él negó lentamente.
—Fuiste parte de mi pasado.
Y ahí es donde quiero que permanezcas.
Valeria sintió que el orgullo comenzaba a romperse.
Aun así, intentó sonreír.
—No voy a rendirme tan fácilmente.
Adrián suspiró.
—Valeria.
Escúchame con atención.
No quiero darte falsas esperanzas.
No volveremos.
No mañana.
No el próximo mes.
Ni dentro de diez años.
Te deseo lo mejor, sinceramente.
Pero ese camino ya no incluye mi vida.
El silencio llenó la oficina.
Valeria bajó la mirada.
Por unos segundos pareció que iba a llorar.
Sin embargo, respiró profundamente y volvió a levantar la cabeza.
—¿La amas?
Adrián tardó unos instantes en responder.
Pensó en Sofía organizando su agenda.
En la taza de café que encontraba cada mañana.
En su honestidad al rechazar usar su tarjeta de crédito.
En su sonrisa cuando hablaba con Zoe.
Todavía no podía llamar a aquello amor.
Pero sí sabía una cosa.
Confiaba en ella como no había confiado en nadie en mucho tiempo.
—Eso pertenece a mi vida privada.
No voy a responder esa pregunta.
Valeria sonrió con amargura.
—Entiendo.
Se puso de pie.
Caminó hasta la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Ojalá no te arrepientas.
Adrián respondió con tranquilidad.
—No lo haré.
Ella salió de la oficina sin mirar atrás.
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Desde su escritorio, Sofía levantó la vista al verla pasar.
Valeria mantenía la cabeza en alto, pero su expresión reflejaba una mezcla de enojo y frustración.
No dijo una sola palabra.
Solo caminó hasta el elevador.
Las puertas se cerraron.
El pasillo volvió a quedar en silencio.
Minutos después, Adrián abrió la puerta de su oficina.
—Sofía.
—¿Sí?
—¿Podrías traerme el contrato de expansión?
Ella asintió con naturalidad.
—Claro.
No hizo preguntas sobre Valeria.
No mostró curiosidad.
Simplemente continuó con su trabajo.
Y ese detalle llamó la atención de Adrián.
Mientras recibía la carpeta, comentó:
—No preguntaste de qué hablamos.
Sofía sonrió con sencillez.
—Si hubiera algo relacionado con mi trabajo, me lo dirías.
Y si no... es un asunto personal.
No necesito saberlo.
Adrián la observó durante unos segundos.
Era una respuesta sencilla.
Respetuosa.
Y muy diferente a la actitud de muchas personas que habían intentado acercarse a él por interés o curiosidad.
—Gracias.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
—Por respetar mis límites.
Sofía sonrió.
—Todos los merecemos.
Cuando volvió a su escritorio, Adrián permaneció unos instantes mirando la puerta.
Cada día encontraba una nueva razón para admirar a la joven que trabajaba a su lado.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, Valeria conducía con fuerza, sujetando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Había comprendido algo que nunca quiso aceptar.
No importaba cuánto insistiera.
No importaba cuántas veces intentara recuperar a Adrián.
Él ya había cerrado esa puerta.
Y lo que más le dolía era sospechar que, poco a poco, alguien más estaba ocupando el lugar que ella jamás podría recuperar.