Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 22 EL CAMINO A CASA
El comedor quedó en silencio suave cuando terminamos la cena. Los platos, aún con el brillo de la vajilla fina, descansaban sobre el mantel de lino color crema, y el aroma a café recién hecho y pan dulce flotaba en el aire, mezclándose con el perfume a madera antigua que siempre tenía la casa de Emiliano. Las paredes estaban pintadas de un tono beige cálido, adornadas con cuadros de paisajes en tonos verdes y ocres, y la luz de las lámparas de pantalla dorada bañaba todo de un resplandor acogedor, aunque a mí me pareció que el aire se volvía denso en cuanto me puse de pie para recoger mi bolso.
—Iba a irme ya —dije, ajustándome el asa del bolso al hombro— Emiliano me miro.
La señora Luisa sonrió, sus ojos claros brillando con amabilidad bajo las hebras grises que asomaban en su cabello castaño peinado con esmero. Pero antes de que pudiera responder, la voz aguda y alegre de la señora Luisa cortó el aire:
—¡Mañana vamos de compras Camila!
Me quedé petrificada. Mis dedos se aferraron con fuerza al bolso, y sin querer miré de reojo a Emiliano. Él estaba sentado en la cabecera de la mesa, la espalda recta como siempre, la mandíbula tensa y la mirada fija en el plato vacío, como si no hubiera escuchado nada. Pero vi cómo sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la taza de café, los nudillos blanqueándose un poco.
En ese momento me di cuenta de que todavía llevaba puesta la sudadera negra de él. La tela era suave, conservaba su olor a jabón de cedroy me quedaba inmensa, las mangas cubriéndome casi hasta las puntas de los dedos. Empecé a quitármela rápio para dejarla.
—Disculpe, señora Luisa —dije con voz firme, aunque el corazón me latía desbocado en el pecho—, pero mañana tengo que trabajar. Y siendo sincera... su hijo es un poco controlador, y muy estricto con los horarios. No quisiera retrasar nada de la comida.
La señora Luisa soltó una risa suave, una risa que no tenía ni rastro de reproche.
—No hay ningún problema, niña —dijo, haciendo un gesto con la mano como si mis palabras fueran solo una brisa ligera—. Haces el desayuno, luego nos vamos al centro comercial, comemos algo rico por el camino, y al volver preparas la comida de Emiliano. Nada fuera de lugar. ¿Te parece bien?
Me mordí el labio inferior, miré su rostro amable y no supe decir que no. Asentí con una sonrisa pequeña, apenas un movimiento de labios.
—Está bien —dije.
—¿Y cómo piensas irte? —preguntó ella entonces, inclinándose un poco hacia adelante—. Que te lleve Emiliano, no te preocupes.
—No se preocupe usted —respondí rápido—. Ya me están esperando afuera.
Ella sonrió más, y una chispa traviesa brilló en sus ojos.
—¡Qué bien! ¿Tienes pareja?
Sentí la mirada de Emiliano clavada en mí con más fuerza todavía. Tragué saliva y asentí despacio.
—Sí... se podría decir que sí —dije.
Terminé de quitarme la sudadera con cuidado, la doblé como pude y me acerqué a él, inclinándome lo suficiente para que solo él pudiera escucharme. Su perfume me envolvió al instante, y sentí el calor de su cuerpo cerca del mío.
—Mañana te traigo tu ropa —susurré.
Él levantó la vista hacia mí, sus ojos verdes recorrieron mi rostro despacio, y su voz fue baja, áspera, como si le costara hablar:
—Quédate la. No me gusta que extraños usen mi ropa. Así que quédate con ella.
Me quedé mirándolo sin palabras, sin saber qué responder. Sus palabras me confundían: un momento parecía querer alejarme, y al siguiente me decía algo que nadie más me había dicho. Bufí bajito, resignada, y asentí.
—Está bien. Mañana nos vemos. Adiós.
Salí del comedor, crucé el gran pasillo de suelos de madera oscura que crujía levemente bajo mis pasos, y llegué hasta la puerta principal. El jardín estaba en silencio, solo se escuchaba el canto de los grillos y el viento moviendo las hojas de los árboles frutales. Llegué hasta la puerta de entrada, pero estaba cerrada con llave. Saqué el teléfono y llamé:
—¡Roberto! ¡Oye, Roberto!
Unos segundos después me contesto.
—¿Qué pasa, Camila? Ya me había dormido —dijo con voz ronca.
—Disculpa, ¿me puedes abrir la puerta de la entrada principal? —pedí.
En cuanto salí por el portón, vi el coche aparcado en el arcén: una Jeep blanca, brillante bajo la luz de la luna, con la insignia de la marca luciendo en el capó como una corona. Agustín estaba recargado en la puerta del conductor, los brazos cruzados, y al verme sonrió tan ampliamente que se le formaron arrugas al lado de los ojos.
—Hola, Camila —dijo, mientras abría la puerta del copiloto para mí—. Hace mucho que no te veía. ¿Cómo has estado?
Me subí al coche, el asiento era de cuero suave y el aire acondicionado estaba justo en la temperatura perfecta. Mientras arrancaba, seguía hablando, su voz tranquila y cálida llenando el silencio del habitáculo.
—Muy bien, gracias —respondí, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad pasaban en una estela dorada.
Atravesamos las calles de Alemania: primero pasamos por las zonas residenciales con casas de techos rojos y jardines llenos de buganvillas rosadas, luego llegamos al centro, donde los faroles antiguos iluminaban las fachadas de ladrillo, y después cruzamos la avenida principal, llena de locales con letreros luminosos que parpadeaban y gente que todavía caminaba por las aceras. El viento entraba por la ventana bajada, trayendo el olor a tierra mojada y a elote asado de los puestos de la esquina.
—Camila... —dijo Agustín entonces, bajando un poco la voz—, estás muy delgada. Ya tienes que salir adelante, comer bien, ser fuerte. Prométemelo. Sé que fue duro estar sola, pero tienes que seguir por ella. No te dejaría verte así.
Lo miré y vi la preocupación sincera en su mirada, la misma ternura que siempre tenía. Una sonrisa tímida se me formó en los labios, y asentí.
—Lo voy a tratar, te lo prometo —dije, y levanté el pulgar hacia arriba, intentando que sonara más ligero de lo que sentía.
Él rió suave y siguió conduciendo. Poco después llegamos al edificio. Me despedí de él y bajé del coche; antes de arrancar, bajó la ventana y me gritó:
—¡Ya voy a cumplir 24 la semana que entra! ¿Vas a mi fiesta, verdad?
—¡Claro que sí! —respondí, agitando la mano antes de entrar.
Subí las escaleras hasta mi departamento, abrí la puerta y el silencio me recibió de golpe. Entré al baño, llené la bañera con agua tibia y eché un poco de sales de lavanda que tenía guardadas; el calor del agua relajó mis músculos tensos, y me quedé allí un rato, dejando que los pensamientos se calmaran. Cuando salí, me envolví en mi bata suave y me senté en la cama para revisar el celular: escuché tres audios de mi hermana, contándome que había encontrado un trabajo nuevo y que extrañaba mucho las comidas que yo preparaba. Escuché cada uno dos veces, sonriendo sola.
Luego abrí el armario para buscar qué ponerme al día siguiente: tenía que ir con la señora Luisa, así que necesitaba algo elegante pero cómodo. Saqué una blusa de algodón color crema, de mangas cortas y cuello redondo, y unos pantalones de lino color verde oliva, suaves y frescos. Los dejé doblados sobre la silla junto a la cama y cerré los ojos en cuanto la luz se apagó.
A la mañana siguiente me desperté temprano, con el sol entrando por la cortina de lino. Me peiné recogiendo todo el cabello en una coleta alta y ordenada, dejando caer solo unos cuantos mechones sueltos alrededor de la cara, y me puse el conjunto que había elegido: quedaba justo como quería, pulido pero sin llamar demasiado la atención. Salí del edificio y vi el coche de Enrique esperándome en la acera, el brillo del sol reflejándose en la carrocería blanca.
—¡Buenos días! —dije al subir.
—¡Igualmente! —respondió él, arrancando hacia la casa de Emiliano.
Llegué justo a la hora y entré sin hacer ruido. Roberto estaba en la cocina revisando unos papeles, y al levantar la vista sonrió.
—Hola, Camila. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias —respondí dejando mi bolso en la silla de siempre—. ¿Hay mucho trabajo hoy?
—Sí, bastante —dijo él, señalando la pila de carpetas sobre la encimera—. Emiliano tiene reuniones todo el día, y hay que revisar los contratos de los nuevos proveedores.
En ese momento escuché pasos firmes en la escalera y levanté la vista: Emiliano bajaba vestido con un traje azul marino que le quedaba perfecto, la camisa blanca impecable y la corbata oscura. Sus ojos se cruzaron con los míos un instante, y sentí otra vez esa confusión: había momentos en que parecía amable, cercano, y otros en que su mirada se volvía fría y distante, como si fuera un extraño.
Me fui a la zona de preparación, saqué las frutas frescas que había comprado el día anterior, las corté en trozos pequeños y las serví con yogur natural, granola crujiente y un chorrito de miel de abeja. También preparé unos panquecas esponjosos, los bañé con más miel y los dejé todo en la bandeja de plata que siempre usaba él. Lo puse en la mesa del comedor y volví a la cocina para charlar un rato con Roberto, mientras él me explicaba cómo funcionaban los horarios de entrega de la empresa.
Poco después sentí su presencia en mi espalda. Emiliano se acercó a la encimera, apoyó una mano en el borde y empezó a darle instrucciones claras sobre los documentos a Roberto que tenía que ordenar, los correos que debía enviar y los detalles de las reuniones que tenía agendadas. Su voz era profesional, seria, pero cuando terminó de hablar, me miró un segundo más de lo necesario y añadió, bajando un poco la voz:
—Gracias por el desayuno. Está bien hecho.
Antes de que pudiera responder, dio media vuelta y se fue hacia su despacho, dejándome allí.