Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 24
...AITANA...
Camilo dobló la esquina a paso rápido, abrazando el portacomidas como si llevara un tesoro. Me quedé un momento de pie en la acera, disfrutando de la brisa de la tarde y asegurándome de que el chico llegara con bien a su callejón.
Cuando me di la vuelta para regresar a la casa, me topé con los ojos de Mía.
Seguía sentada en el escalón, pero su postura ya no era la de la heredera altanera que despreciaba el piso que pisaba. Tenía las rodillas pegadas al pecho, los hombros caídos y una expresión de genuina confusión en el rostro.
La soberbia se le había evaporado, reemplazada por una curiosidad que intentaba camuflar con un ceño fruncido.
—¿Qué? —le pregunté, deteniéndome frente a ella con el paño de tela en las manos—. ¿Tengo algo en la cara o vas a seguir protestando por el olor a desinfectante?
Mía desvió la mirada hacia el suelo, jugando con el cordón de su sudadera. Pasaron unos segundos de silencio incómodo hasta que finalmente habló, con una voz mucho más baja y suave de lo normal.
—¿Quién es la mamá de ese chico? —preguntó, sin mirarme—. Dijo que tú y tu familia los ayudaron cuando los iban a echar.
—Doña Elena. Tiene una enfermedad autoinmune que la deja en cama semanas enteras. El año pasado, el dueño de su casa quiso desalojarlos sin previo aviso aprovechando que no sabían de leyes —respondí, apoyándome contra el marco de la puerta—. Paola y yo los ayudamos con los trámites legales y mi mamá, doña Nidia, se encarga de mandarles comida cuando Camilo no tiene una buena semana en el taller. Aquí nos cuidamos entre todos, Mía. Es como funciona este lugar.
Mía guardó silencio, procesando la información. Se puso en pie lentamente, sacudiéndose el polvo de los pantalones de marca. Miró hacia el interior de la casa, luego hacia las esquinas del barrio, y por primera vez sus ojos no reflejaban asco, sino una profunda intriga. Era como si estuviera intentando descifrar un idioma que jamás había escuchado.
—Tu casa... —empezó, dudando de sus propias palabras—, no es gigante, ni tiene seguridad privada en la entrada. Pero tu mamá cocina para los vecinos, tu hermana te ayuda en cinco minutos, y la gente de enfrente te saluda como si fueras de su familia. En la mansión... si alguien no tiene una cita agendada en la portería, los escoltas no lo dejan ni acercarse a la reja. Y mi papá casi nunca come con nosotros porque está en una junta o en un avión.
La miré con fijeza.
El golpe de realidad de Camilo había calado más hondo de lo que esperaba. La suspensión interna en este entorno estaba empezando a hacer el trabajo que los millones de Augusto Montenegro nunca pudieron comprar.
—El dinero compra muchas cosas, Mía, pero no compra comunidad —le dije con suavidad, abriéndole paso hacia el interior—. Ven adentro. Hay muchas cosas sobre cómo vivimos aquí que no vas a entender viéndolas desde el porche. Y además, tu hora de descanso ya terminó.
Mía entró sin chistar, dejando que la puerta se cerrara detrás de ella. Miró la sala gastada, los estantes repletos de libros y la cocina de donde aún salía el olor al guiso de mi madre.
La curiosidad había ganado la partida, y por primera vez en todo el fin de semana, la menor de los Montenegro estaba dispuesta a escuchar.
Mía se sentó en la mesa del comedor con una docilidad que me asustó. Estaba abriendo el cuaderno rosa sin que yo tuviera que usar mi voz de comando militar cuando, de repente, tres golpes firmes y autoritarios resonaron en la puerta de la casa.
—Yo voy —dijo mi mamá, saliendo de su habitación con su bolso de viaje colgado del brazo. Ya iba tarde para tomar el autobús que la llevaría al pueblo a visitar a mi tía el resto de la semana.
Cuando mi mamá abrió la puerta, me quedé de piedra.
Era Henrry Montenegro.
Pero no era el Henrry Montenegro cínico y defensivo que se derretía en su auto el viernes.
No.
Este espécimen traía una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo de un hotel de cinco estrellas, un pantalón de lino perfectamente planchado y los brazos cargados de bolsas de tiendas exclusivas.
Un momento. Qué bicho le picó a este hombre. Definitivamente estoy teniendo un mal sueño o lo clonaron en el holding.
—Muy buenas tardes —saludó Henrry, modulando la voz como si estuviera abriendo una cumbre presidencial. Le dio una mirada encantadora a mi madre, quien se quedó parpadeando, deslumbrada por los dientes perfectos del intruso—. Usted debe ser la señora madre de Aitana. Es un absoluto placer. Aitana me ha hablado... bueno, en realidad no me ha hablado de usted, pero asumo que de alguien tuvo que heredar la belleza.
Mi mamá, que no le niega una sonrisa a nadie y menos a un tipo que parecía sacado de una valla publicitaria, se acomodó el bolso, halagada.
—Ay, pero qué muchacho tan educado. Buenas tardes, caballero.
—Vine a traer algunas cosas para Mía —continuó Henrry, dando un paso al frente y entrando a la sala con la confianza de un rey católico—. Pero no podía llegar con las manos vacías a la casa que hospeda a mi hermana.
— Sí, siga, bien pueda. Yo ya iba de salida.
Henrry entró a la sala con la confianza de un rey, empezó a sacar los "detalles" que traía, y casi me da un síncope cuando vi las marcas.
Colocó sobre la mesa de la sala un juego de té de porcelana fina con bordes de oro auténtico y una bufanda de seda de una casa de modas italiana que costaba más que tres meses de nuestro arriendo. Paola asomó la cabeza desde la cocina con un cucharón en la mano, conteniendo el aliento.
Doña Nidia miró las bolsas, miró el oro brillante de la porcelana y de inmediato dio un paso atrás, agitando las manos, asustada por el valor de las cosas.
—¡Ay, no, muchacho! Qué pena con usted, pero no, no podemos aceptar esto —dijo mi mamá con firmeza, aunque con el rostro lleno de vergüenza—. No cree que es mucho... no se hubiera molestado. Eso es demasiado caro, nosotros somos gente sencilla, no podemos recibir regalos así.
Henrry ni se inmutó. Mantuvo esa sonrisa perfecta y magnética, dando un paso hacia ella con una caballerosidad casi teatral.
—Por favor, insisto. No es ninguna molestia, señora —dijo con voz suave y persuasiva—. Es una muestra mínima de agradecimiento por el trabajo que están haciendo con Mía. Para mí es muy importante que lo tengan. Disfrútenlo, de verdad. Es suyo.
Mi mamá miró a Paola, luego me miró a mí con los ojos suplicantes de "ayúdame", pero Henrry prácticamente le acomodó la bufanda con una delicadeza tan imponente que a mi madre no le quedó más remedio que ceder, roja de la pena.
—Bueno... Dios se lo pague, muchacho. Muchas gracias —alcanzó a decir mi mamá, todavía aturdida por el despliegue de opulencia, antes de despedirse apurada para no perder el autobús al pueblo.
Paola, completamente muda, agarró el juego de té como si fuera de cristal que pudiera estallar y se volvió a esconder en la cocina. Me acerqué a Henrry, cruzándome de brazos y mirándolo con total desconfianza.
—Henrry, ¿te diste un golpe en la cabeza? —preguntó su hermana, horrorizada—. Estás actuando como un rarito.
—Está bien, Montenegro —le susurré, señalando las bolsas millonarias que quedaban en la sala—¿Dónde está el verdadero Henrry y qué hiciste con él? Porque este papel de santo filántropo del barrio no te lo compra nadie. ¿Y de dónde acá traes regalos de miles de dólares a personas que ni conoces?
Henrry se dio la vuelta despacio, manteniendo esa maldita sonrisa, y dio un paso hacia mí, rompiendo de nuevo la distancia segura.
—Solo estoy siendo un ciudadano ejemplar, Vega —respondió en voz baja, y sus ojos brillaron con esa chispa cínica de siempre—. Un Montenegro nunca llega con las manos vacías. Consideralo “mi forma educada de llegar a un lugar”. ¿O acaso te da miedo que aprenda a ganarme a tu familia?
—¿Ganarte a mi familia? —solté una risa seca, negando con la cabeza—. Por favor, Montenegro. Lo único que hiciste fue asustar a mi mamá con porcelana que cuesta más que toda su vajilla de los últimos diez años.
Henrry guardó las manos en los bolsillos de su pantalón de lino, inclinando la cabeza hacia un lado. La sonrisa perfecta se suavizó, volviéndose un poco más felina, más parecida al hombre que me había arrinconado con la mirada en el auto el viernes.
—No pretendo comprar nada, Vega —dijo, dando un paso más hacia mí, ignorando por completo que Mía nos observaba desde la mesa del comedor con una ceja alzada y cara de absoluto asco—. De hecho, vine a hacerte una propuesta. Salgamos a cenar.
Parpadeé, completamente descolocada. El silencio que se formó en la sala fue tan denso que juraría que hasta Paola dejó de respirar en la cocina.
—¿Qué? —pregunté, asegurándome de haber escuchado bien.
—Lo que oíste. Vamos a cenar. Hay un lugar excelente a unos quince minutos de aquí, saliendo a la avenida principal —explicó con total naturalidad, acomodándose el cuello de la camisa—. Y antes de que empieces con tus discursos de orgullo de clase trabajadora o que pienses que te estoy cortejando, aclaremos algo: no te confundas. Es una cena estrictamente de negocios. Necesito hablar contigo algunas cositas sobre el informe que le vas a entregar a mi padre mañana y el futuro de la educación de Mía. Solo eso.
—Henrry, da un paso atrás, estás delirando —intervino Mía desde el comedor, tirando el bolígrafo rosa—. No vas a salir con ella. Es mi tutora, no tu cita. Qué oso, de verdad.
—Mía, mejor ocúpate de tus cosas —la cortó Henrry sin mirarla, manteniendo sus ojos clavados en los míos—. ¿Entonces qué, Vega? ¿O es que te da miedo salir de tu zona de confort sin una guía de estudio para defenderte?
Lo miré fijamente, debatiéndome entre el orgullo y la tremenda curiosidad que me daba ver qué cartas se traía bajo la manga.
Sabía perfectamente que Henrry Montenegro no daba un paso sin una estrategia clara, y esa fachada de "hablar algunas cositas" no era más que una excusa para intentar recuperar el control que sentía que había perdido desde que pise la mansión.
—Paola —llamé hacia la cocina, sin quitarle la vista de encima al director del holding—. ¿Te importaría cuidar que la princesita termine el cuadro de variables de mercado en los próximos cuarenta minutos?
—¡Para nada, hermana! —gritó Paola desde adentro, asomando la cabeza con una sonrisa cómplice que quise borrarle de un plumazo—. Ve tranquila, yo me encargo de la niña rica.
Me giré hacia Henrry y agarré mi bolso de la repisa de la entrada.
—Está bien, Montenegro. Vamos a hablar de esas "cositas".
Henrry soltó una carcajada corta, una de esas genuinas que rara vez mostraba, y me abrió la puerta de la casa con un gesto exagerado.
—Como desees, Vega. Vamos a ver si tu apetito es tan grande como tu orgullo.