Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16: La Carta de Reclamación
El silencio que siguió a las palabras del mensajero fue tan denso que podía cortarse con el filo de una espada. Valerius, inmutable, descendió el último escalón del trono de obsidiana. Sus pasos lentos y rítmicos eran el único sonido en el gran salón. Se detuvo ante el emisario moribundo, inclinó su imponente figura y, con absoluta indiferencia por la sangre que aún brotaba del cuerpo del herido, tomó el pergamino lacrado.
El Rey Hereje regresó a su trono. Con un movimiento pausado de sus dedos pálidos, rompió el sello del lobo de plata. Extendió el papel manchado de carmesí y, fijando sus ojos dorados en la multitud de nobles que lo observaban conteniendo el aliento, comenzó a leer en voz alta. Su voz de barítono, profunda y cargada de un frío glacial, resonó en cada rincón gótico del palacio:
—"A ti, Valerius, el bastardo exiliado. Tienes en tu poder lo que por ley biológica y divina me pertenece. Astra es una propiedad robada de los Colmillos de Plata, una Omega que me debe sumisión. Te exijo que la devuelvas a mi cama antes de que termine la semana. Si para el amanecer del próximo ciclo ella no está en mis tierras, marcharé con todo mi ejército y no dejaré un solo ladrillo en pie de tu maldito castillo de cenizas. El lazo original no se rompe por los caprichos de una paria"—.
La última frase de Logan quedó flotando en el aire, revelando la flagrante desesperación detrás de su arrogancia. El Alpha moribundo intentaba usar la fuerza política que ya no tenía para camuflar el pánico de su inminente deceso.
—¿Propiedad? —repite una voz entre la multitud.
En un parpadeo, el salón se llenó de un gruñido colectivo y ensordecedor. Los licántropos exiliados de la corte enseñaron los colmillos, ofendidos ante la audacia del moribundo Alpha, mientras los vampiros aristócratas siseaban con desprecio, liberando sus auras de sangre.
Astra, de pie junto al trono, sintió por una milésima de segundo el eco del viejo miedo de su pasado. La palabra "propiedad" actuó como un latigazo mental que la transportó a las noches de encierro, al frío del calabozo y a la humillación del rechazo público. Sus dedos se cerraron en puños, debilitándola momentáneamente. Sin embargo, antes de que el trauma la consumiera, desvió la mirada hacia Valerius.
El Rey Hereje no se había alterado lo más mínimo. Su rostro seguía siendo una máscara de mármol tallada por los siglos. Miró el pergamino con un desprecio tan absoluto que resultaba aterrador. De repente, una corriente de fuego negro y líquido brotó directamente de la palma de su mano.
Las llamas oscuras lamieron el papel, consumiendo las palabras de Logan en segundos, reduciéndolo a cenizas flotantes que se disolvieron en el aire frío antes de tocar el suelo. Valerius se levantó del trono, su imponente figura de dos metros dominando el espacio por completo. Miró a sus generales y declaró con una autoridad que hizo vibrar las paredes de piedra:
—La era de nuestro aislamiento ha terminado. Si los Colmillos de Plata quieren una guerra, les daremos un invierno eterno.
Valerius caminó con paso firme hacia Astra. Frente a la mirada atónita y devota de toda su corte, extendió su enorme brazo y la tomó firmemente de la cintura, pegando el cuerpo de ella contra el suyo en un gesto de posesión y protección absoluta. El calor que emanaba del híbrido disipó instantáneamente el último rastro de temor en el pecho de Astra.
—Te prometí que nadie volvería a llamarte débil —le susurró Valerius al oído, antes de volverse hacia la audiencia— Usaremos los cráneos de la Manada Colmillo de Plata como los cimientos para nuestro nuevo imperio. Ningún lobo tradicional volverá a tocar lo que es mío.
Las palabras de su rey encendieron la loba del eclipse en el alma de Astra. El empoderamiento fue inmediato. Sintiendo la energía plateada bullir en sus venas, dio un paso al frente de manera independiente, zafándose sutilmente del agarre para mirar a los generales a los ojos. Sus pupilas destellaron en una plata sólida y sobrenatural mientras su voz, clara y despiadada, sentenciaba el destino del villano:
—Logan cree que puede reclamarme porque me cree sumisa. No enviaremos una respuesta escrita. Yo misma firmaré el final de Logan con su propia sangre.
El salón estalló en un rugido de aprobación salvaje. Los licántropos golpearon sus pechos y los vampiros alzaron sus copas, sedientos de la masacre que se avecinaba. La lealtad de la corte hacia su nueva Reina se consolidó en ese preciso instante de catarsis y sed de venganza.
Sin embargo, en medio del clamor y los vítores de la victoria política, la realidad de Astra se distorsionó.
Un dolor punzante, como una aguja al rojo vivo penetrando directamente en su lóbulo temporal, la obligó a tambalearse. Astra se llevó una mano a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza mientras el Salón Principal parecía dar vueltas.
No era un ataque físico exterior. En el tejido rasgado de su mente, justo donde residían los restos purulentos del lazo de mate que Logan había intentado arrancar con brujería, una intrusión psíquica violenta forzó un canal de comunicación.
Una voz agónica, febril, rota por la debilidad y el arrepentimiento biológico, se filtró como un veneno en sus pensamientos. Era la voz de Logan, despojada de toda la soberbia de la carta, suplicando desde su lecho de muerte:
—Astra... Astra, por favor... vuelve... me estoy muriendo... Tu olor... te necesito en mi cama... Perdóname... Astra...
El susurro mental era tan real y desesperado que Astra pudo sentir el olor a sangre negra y corrupción del Alpha cruzando la distancia mística, amenazando con arrastrar su estabilidad justo antes de la gran batalla.