A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 9
El cristal de la oficina de Damiano Serrano parecía el único muro transparente capaz de contener la tormenta que se desataba en su interior. Fuera, la planta de ensamblaje de *Serrano Motors* funcionaba con la precisión cronometrada de un reloj suizo, pero dentro, el aire se había vuelto irrespirable.
Eran las cuatro de la tarde cuando la puerta de roble macizo se abrió sin que la secretaria pudiera evitarlo. Un hombre de unos cincuenta y seis años, con un traje de corte impecable pero desgastado por los excesos y una mirada cargada de un cinismo rancio, entró arrastrando los pies.
Héctor Serrano. Su padre. El fantasma que Damiano había intentado enterrar bajo toneladas de éxito, acero y billetes de cien dólares.
—Vaya, vaya. El gran titán de los motores —la voz de Héctor goteaba una falsa nostalgia que a Damiano le revolvió el estómago—. Mírate, hijo. Has construido un bonito imperio con el apellido que te di.
Damiano se puso de pie de inmediato. Su cuerpo de veintiocho años, esculpido a base de disciplina y rabia, se tensó como un resorte. Sus hombros anchos se alzaron y sus manos, cubiertas por los tatuajes que trepaban hasta sus muñecas, se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos.
—No tienes derecho a estar aquí. Vete —dijo Damiano. Su voz era un rugido bajo, ronco, un siseo helado que habría hecho temblar a cualquiera de sus directivos.
—Tengo todo el derecho, Damiano. Soy tu padre —Héctor dio un paso al frente, rompiendo el espacio personal del empresario. Su aliento apestaba a tabaco caro y a un deje de alcohol diurno—. Además, las cosas no me van del todo bien en el norte. Las mesas de juego no han sido amables este mes. Necesito una pequeña inversión de tu bolsillo... por los viejos tiempos.
—¿Los viejos tiempos? —Damiano soltó una carcajada seca, amarga, carente de cualquier pizca de gracia—. ¿Te refieres a cuando dejaste que mi madre muriera en esa cama de hospital porque te estabas gastando el dinero de sus medicinas en un burdel? ¿O a cuando tenías dieciséis años y me viste temblando en el suelo de un callejón por culpa de la sobredosis y simplemente pasaste de largo? No eres mi padre. Eres un maldito parásito.
—Cuidado con cómo me hablas, muchacho —la expresión de Héctor se volvió sombría, perdiendo la fachada de amabilidad—. Sé cosas de ti. Sé lo que eras. Sé que estás roto por dentro. ¿Crees que alguna de estas personas te respetaría si supieran que el gran Damiano Serrano es solo un drogadicto reformado que ni siquiera puede dejar descendencia? Eres un árbol seco, Damiano. No vales nada sin este dinero.
Cada palabra de Héctor se clavó en el pecho de Damiano como un trozo de metralla ardiente. Su esterilidad. Su adicción. Su madre. Todo el veneno de su pasado fue inyectado de golpe en sus venas.
—Fuera de mi empresa. Ahora. O haré que la seguridad te arrastre por el vestíbulo frente a todas las cámaras —amenazó Damiano, con la mandíbula tan apretada que le dolió.
Héctor lo miró fijamente por unos segundos, midiendo el peligro en los ojos grises de su hijo. Sabiendo que había tocado el nervio exacto, sonrió con malicia, se ajustó la solapa de la chaqueta y caminó hacia la salida.
—Volveré, hijo. Esto es solo el principio —sentenció, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto el pestillo hizo clic, el mundo de Damiano se desmoronó.
El aire desapareció de la habitación. Damiano intentó respirar, pero sus pulmones se negaron a expandirse, como si estuvieran llenos de plomo líquido. Se llevó una mano al pecho, sintiendo que el corazón le latía a una velocidad demencial, golpeándole las costillas con la fuerza de un pistón averiado. El sudor frío comenzó a brotarle de la frente. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en el borde de su escritorio para no caer al suelo.
Un ataque de ansiedad. El trauma de su adolescencia, desenterrado por la presencia de su progenitor, lo estaba asfixiante. La oscuridad de los callejones regresó a su mente, el frío de la aguja, la voz de su madre apagándose...
Siempre que esto ocurría, Damiano se aislaba. Se encerraba a oscuras en su penthouse, bebía hasta perder el conocimiento o destrozaba algún motor a golpes para canalizar la violencia de su mente. Pero esta vez, en mitad del torbellino que amenazaba con volverlo loco, una imagen nítida cruzó su mente: unos ojos avellana fijos en los suyos con calma imperturbable, unos labios rojos carnosos que le prometían paz y el aroma dulce a vainilla que lograba apagar el ruido de su cabeza.
Scarlett.
Actuando por puro instinto de supervivencia, de forma completamente impulsiva, sacó su teléfono con los dedos temblorosos. No abrió la aplicación *Velvet*. Marcó su número privado, el que ella le había dado bajo la promesa de no usarlo a menos que fuera una emergencia del contrato.
En el campus de la universidad, Scarlett caminaba bajo la sombra de los árboles junto a Camila, discutiendo sobre el último examen de microeconomía. Llevaba unos vaqueros ajustados y un top de canalé blanco que dejaba sus hombros al descubierto. Su risa juvenil se vio interrumpida cuando el teléfono en su bolsillo trasero comenzó a vibrar con una melodía que no era la de la aplicación.
Sacó el dispositivo y se detuvo en seco. La pantalla mostraba el nombre de Damiano.
—¿Qué pasa? —preguntó Camila, notando el cambio instantáneo en la expresión de su amiga.
—Es él. Llama a mi número personal —Scarlett deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja—. ¿Damiano?
Al otro lado de la línea, no escuchó la voz autoritaria y profunda del millonario. Escuchó una respiración entrecortada, sibilante, un jadeo rudo que delataba un pánico ciego.
—Scarlett... —la voz de Damiano sonó rota, desprovista de cualquier rastro de orgullo, un susurro agónico que le encogió el estómago a la joven de veintidós años—. Te necesito. Ahora. En el penthouse. Por favor.
La palabra «por favor» viniendo de un hombre como él fue la alarma definitiva. Scarlett sintió una descarga de adrenalina y preocupación mutua recorrerle el cuerpo.
—Voy para allá, Damiano. Quédate donde estás. Voy ahora mismo —respondió ella, sin dudarlo un solo segundo.
Colgó el teléfono y miró a Camila. Sus ojos avellana reflejaban una urgencia salvaje.
—Tengo que irme, Cami. Algo va muy mal con él.
—Scar, recuerda las reglas... —empezó a decir Camila, pero al ver la determinación y el miedo real en el rostro de Scarlett, suspiró y le tocó el hombro—. Ve. Pero ten cuidado.
Veinte minutos después, Scarlett salía del ascensor privado en el piso treinta del edificio residencial de Damiano. No se había detenido a cambiarse de ropa ni a ponerse la máscara de acompañante de *Velvet*. Era solo Scarlett, la chica real, la que se preocupaba por el hombre detrás de la fortuna.
La puerta del penthouse estaba entornada. Scarlett entró a paso rápido, sus zapatillas apenas haciendo ruido sobre el parqué oscuro. Las luces del apartamento estaban apagadas, sumiendo el inmenso salón en la penumbra de la tarde que caía.
Lo encontró al fondo de la estancia, sentado en el suelo, de espaldas contra el sofá de cuero negro. Tenía las rodillas pegadas al pecho, la cabeza oculta entre las manos y la camisa blanca completamente desabrochada, revelando el tatuaje de su pecho subiendo y bajando de forma violenta. Estaba temblando. El titán indomable de la industria automotriz parecía un niño asustado atrapado en su propio infierno.
Scarlett sintió que el corazón se le partía. Dejó caer su bolso al suelo y se arrodilló frente a él en el parqué, acortando toda distancia física.
—Damiano... estoy aquí —susurró con suavidad, extendiendo sus manos para tomar las de él.
Al sentir el tacto cálido y suave de Scarlett, Damiano levantó la cabeza. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas por el pánico y el rostro pálido. Al verla, una exhalación temblorosa escapó de sus labios. Sin previo aviso, se abalanzó hacia delante, rodeando la cintura de la joven con sus brazos de hierro y enterrando su rostro en el hueco de su cuello, justo donde la piel de Scarlett desprendía ese perfume a vainilla y ámbar que él tanto anhelaba.
El impacto de su cuerpo musculoso la obligó a sentarse en el suelo, pero Scarlett no se quejó. Lo abrazó de vuelta con fuerza protectora, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Damiano, acunándolo contra su pecho juvenil.
—Respira conmigo, Damiano. Despacio —le guió ella, arrastrando las palabras con una dulzura terapéutica—. Inhala... exhala. Estás a salvo. El pasado no puede tocarte aquí. Yo estoy aquí contigo.
Damiano se aferró a ella como un náufrago a una balsa en mitad de un océano embravecido. El calor de la piel de Scarlett, la firmeza con la que lo sostenía y el ritmo pausado de su corazón empezaron a actuar como un ancla en su mente caótica. El aroma dulce de la joven fue desplazando el olor a veneno de su padre. Poco a poco, los temblores de sus músculos se suavizaron y su respiración comenzó a compasarse con la de ella.
Estuvieron así durante varios minutos, en el suelo de la sala a oscuras, envueltos en una vulnerabilidad tan pura que la línea del contrato pareció desintegrarse por completo. Damiano se dio cuenta, con un terror dulce en el pecho, de que en lugar de aislarse en su oscuridad, había buscado la luz de Scarlett. Y Scarlett entendió que, a pesar de las advertencias de Camila, su corazón ya había pagado el precio más alto: el de entregarse por completo al hombre roto que descansaba en sus brazos.