Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
NovelToon tiene autorización de Tulipán(Yulisa) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL RENACER DE UNA PROMESA
La llegada al Palacio Imperial estuvo marcada por un silencio que parecía imposible de romper.
Nunca antes los habitantes de Valtheria habían visto regresar una comitiva imperial con semejante peso sobre los hombros.
Las banderas del reino ondeaban lentamente bajo un cielo gris, como si incluso la naturaleza compartiera el duelo que había caído sobre la capital.
Maximiliano Ross descendió del carruaje sin pronunciar una sola palabra.
Su rostro permanecía sereno, como siempre había sido ante sus enemigos y ante la corte, pero quienes lo conocían pudieron ver algo que jamás habían visto antes.
Dolor.
Un dolor profundo que ninguna victoria, ningún título o ningún reconocimiento podría borrar.
Entre sus manos llevaba la bufanda azul que Alana había bordado para Aurelio.
Un pequeño recuerdo de una mujer que había entregado todo lo que tenía y que nunca recibió aquello que más deseaba.
Cuando las puertas del palacio se abrieron, el Gran Duque Adrian Storm fue el primero en aparecer.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Sus ojos buscaron desesperadamente a su hija.
Quizá una parte de él todavía esperaba verla bajar del carruaje con esa sonrisa dulce que siempre había tenido.
Quizá una parte de él seguía creyendo que todo era una pesadilla.
Pero la realidad era demasiado cruel.
Maximiliano bajó la mirada.
No necesitó decir nada.
Adrian comprendió.
El hombre que había enfrentado ejércitos sin miedo cayó de rodillas frente al palacio.
Por primera vez, el gran duque no era un guerrero.
Era solamente un padre que había perdido a su hija.
—Mi niña... —susurró.
Nadie en la corte se atrevió a interrumpir aquel momento.
Incluso el emperador apartó la mirada, incapaz de ocultar su propio pesar.
Alana no solo había sido una princesa.
Había sido una joven que llegó al palacio creyendo en la bondad de las personas.
Y el mundo no había sido amable con ella.
El juicio imperial comenzó siete días después.
Durante todos esos dias los prisioneros permanecieron en los calabozos, solamente con pan duro y agua.
La sala principal del palacio fue abierta para que todos los nobles pudieran escuchar la verdad.
No habría secretos.
No habría privilegios.
No habría coronas capaces de esconder la culpa.
Aurelio fue llevado ante el Consejo Imperial.
Por primera vez en su vida, no caminaba como un príncipe.
Caminaba como un hombre enfrentando las consecuencias de sus propias decisiones.
A su lado estaba Isabella.
La mujer que durante tanto tiempo había creído que el amor de Aurelio era suficiente para superar cualquier obstáculo.
Pero ahora ambos comprendían una verdad demasiado tarde:
habían destruido aquello que nunca podrían recuperar.
Los testimonios comenzaron uno tras otro.
Sirvientes del palacio.
Miembros de la guardia.
Personas que habían visto cómo Alana intentaba mantener una sonrisa mientras su matrimonio se derrumbaba.
Cada palabra era una nueva prueba de que la princesa había sido una víctima de decisiones tomadas por aquellos en quienes más confiaba.
Aurelio escuchaba en silencio.
Ya no intentaba justificarse.
Porque no había excusa capaz de cambiar lo ocurrido.
Finalmente, el emperador se levantó de su trono.
Su expresión era de profunda tristeza.
—Aurelio.
El antiguo príncipe levantó la mirada.
—Durante años llevaste el nombre de esta familia. Se te otorgó poder, educación y confianza. Pero olvidaste la responsabilidad más importante de un gobernante: proteger a quienes dependen de ti.
Las palabras pesaron más que cualquier castigo.
Porque Aurelio sabía que eran ciertas.
El hombre que había querido recuperar su felicidad había destruido la vida de alguien que nunca le hizo daño.
El veredicto fue pronunciado.
Aurelio perdió todos sus derechos como miembro de la familia imperial y fue condenado a responder por sus actos ante las leyes del Imperio, fue condenado a la guillotina.
Isabella recibió una sentencia equivalente, seria azotada diariamente con 25 latigazos y despues de un mes seria colgada en el cadalso.
La mujer que una vez soñó con ocupar un lugar junto al príncipe terminó perdiendo todo aquello por lo que había luchado.
Pero ninguna sentencia podía devolver a Alana.
Y todos lo sabían.
El día de las honras fúnebres llegó acompañado de una lluvia suave.
El Imperio entero guardó silencio.
Alana fue despedida con los honores correspondientes a una princesa imperial, pero para Adrian aquello no era una ceremonia.
Era la despedida de su hija.
El gran duque permaneció frente al altar durante largo tiempo.
En sus manos sostenía una pequeña joya familiar que había pertenecido a Alana desde niña.
—Perdóname —susurró.
No era una disculpa por haber fallado como padre.
Era el dolor de un hombre que habría dado cualquier cosa por cambiar el destino.
Maximiliano permaneció apartado de la multitud.
No quería que nadie lo consolara.
No sentía que tuviera derecho a recibir consuelo.
En su corazón repetía una sola pregunta.
¿Por qué no había llegado antes?
Había protegido a tantas personas.
Había salvado tantos destinos.
Pero cuando la persona más importante para él lo necesitó, había llegado demasiado tarde.
Durante noches enteras permaneció en silencio, sosteniendo aquella bufanda azul entre sus manos.
Recordando cada conversación.
Cada mirada.
Cada momento en que Alana buscó ayuda y él quiso acercarse, pero creyó que respetar su matrimonio era lo correcto.
Ahora comprendía que algunas veces el silencio también puede ser una forma de perder a alguien.
En un lugar más allá del tiempo, Alana abrió los ojos.
No sabía dónde estaba.
No existía el frío.
No existía el dolor.
Solo una inmensa extensión de luz dorada que parecía no tener principio ni final.
Frente a ella apareció una figura cubierta por un resplandor tranquilo.
No parecía humana.
Pero tampoco transmitía miedo.
Era una presencia antigua.
—Alana Storm.
Ella permaneció en silencio.
—¿Estoy muerta?
La figura asintió.
—Tu primera vida ha llegado a su final.
Alana bajó la mirada.
Pensó en su padre.
En Maximiliano.
En todo aquello que había perdido.
—Entonces este es el final.
—No necesariamente.
Alana levantó la mirada sorprendida.
—¿Por qué?
La deidad observó los recuerdos que flotaban a su alrededor.
—Porque tu alma no pidió poder. No pidió riquezas. No pidió venganza.
La luz aumentó ligeramente.
—Pediste una oportunidad para cambiar aquello que estaba destinado a destruirte.
Alana guardó silencio.
—Pero no entiendo. ¿Por qué yo?
La deidad respondió:
—Porque incluso después de haber sido herida, tu corazón no perdió completamente su capacidad de amar.
Entonces apareció una imagen frente a ella.
Maximiliano.
Solo.
Sosteniendo la bufanda azul.
Alana sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Él...
—Él también cargará con los recuerdos.
La sorpresa apareció en su rostro.
—¿Maximiliano recordará?
—Sí.
La deidad sonrió suavemente.
—Dos almas que estuvieron unidas por una promesa que nunca pudo cumplirse tendrán una nueva oportunidad.
Alana respiró profundamente.
—¿Volveremos al mismo punto?
—Al momento en que el destino intentó separarlos.
La luz comenzó a envolverla.
—Pero recuerda algo, Alana. Volver atrás no significa que todo será sencillo. El futuro puede cambiar, pero las decisiones seguirán perteneciendo a ustedes.
Ella cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo.
Cuando volvió a abrirlos, escuchó el sonido de una fuente.
El aroma de las flores llenó sus sentidos.
Lentamente reconoció aquel lugar.
El jardín del ducado Storm.
El mismo lugar donde, en su primera vida, su padre había hablado con ella sobre Aurelio.
Alana miró sus manos.
Eran más jóvenes.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Había regresado.
—Alana.
La voz de su padre hizo que se girara.
Adrian Storm estaba frente a ella.
Vivo.
Joven.
Sin la tristeza que años después marcaría su rostro.
Las lágrimas estuvieron a punto de escapar.
Pero esta vez no corrió hacia el destino que conocía.
No habló de Aurelio.
No pidió convertirse en princesa.
Solo sonrió.
—Padre... creo que tenemos muchas cosas de qué hablar.
Adrian la observó confundido.
—¿Sobre qué?
Alana miró hacia el cielo.
Por primera vez en su vida no estaba persiguiendo un amor que no existía.
—Hay alguien que me interesa.
Su padre abrió los ojos sorprendido.
—¿Alguien?
Ella sonrió.
—Pero esa conversación tendrá que esperar.
Antes de que Adrian pudiera preguntar algo más, Alana levantó ligeramente su vestido y comenzó a correr hacia el carruaje mientras le pedia al cochero que emprendieran el camino al palacio imperial.
No hacia Aurelio.
Sino hacia la persona que su corazón había reconocido demasiado tarde en su primera vida.
Al llegar corrió directamente hacia el cuartel donde entrenaban los caballeros imperiales.
Mientras tanto, en el patio de entrenamiento, Maximiliano estaría sosteniendo una espada de madera.
De repente, una oleada de recuerdos lo invadió.
La cabaña.
La lluvia.
El cuerpo de Alana entre sus brazos.
La promesa que no pudo cumplir.
Cayó de rodillas, incapaz de contener las lágrimas.
En ese mismo instante escuchó una voz detrás de él.
—Maximiliano...
Él levantó lentamente la mirada.
Alana estaba allí.
Viva.
Con las lágrimas recorriendo su rostro.
Los dos comprendieron, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, que ninguno había olvidado.
la union hace la fuerza