Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 12
Lelia odiaba que le dijeran cobarde y aceptó por simple orgullo, pero también para callarle la boca.
Apolo sirve dos copas de vino y se sienta para empezar el juego; pasó casi una hora cuando, por fin, un jaque y fue de él.
Le sonríe y con un movimiento de ceja le indica que empezará a quitarse la primera prenda.
Lelia suspira profundamente y, resignada, se pone de pie, se gira y le indica que le ayude; con los botones estaban en su espalda y eran varios.
Apolo se para y se acerca a ella; empieza a desabotonar cada botón. No pudo ver nada de piel.
Traía puesta un fondo de manga corta, de cuello redondo que le cubría todo el cuerpo, y encima tenía ese corset.
Lelia deja caer el vestido y Apolo la mira de pies a cabeza; aunque no podía ver su piel, podía darse cuenta del hermoso cuerpo que tenía y ese corset hacía ver la pequeña cinturita que tenía, levantaba su pecho de una manera que no podía dejar de verla.
Apolo recorre sus labios con su lengua mientras la miraba con deseo y con una satisfacción le dice.
—Solo dos jaques más y te dejaré solo en calzoncillos. -
Lelia mira el tablero y con una satisfacción dijo.
—Yo solo ocupo un movimiento. -
Apolo estaba por preguntar: "¿Qué dijiste?". Cuando la mira acercarse al tablero y mover una pieza al mismo tiempo que le grita emocionada.
—Jaque mate, he ganado. -
Lelia se sienta en la silla y se le queda mirando al mismo tiempo que le hice una señal para que empezara a quitarse la ropa.
Apolo va al tablero y mira su jugada; estaba sin poder creer que había perdido, pero más sorprendido estaba con su jugada, que era una de las mejores que había visto.
Miraba cada pieza del ajedrez y lo que había hecho; emocionado le dice.
—Tienes que explicarme esta jugada, es perfecta y tengo que usarla para ganarle a mi segundo tío cuando regrese; con esto le ganaré. -
Lelia le sonríe al momento de contestarle.
—Mañana te la muestro, pero en este momento tienes que cumplir como el buen perdedor que eres.
Vamos, empieza, quítate la ropa. -
Apolo contrae su quijada al escucharla y lo peor fue al verla; se miraba imponente, hasta se sintió intimidado al verla con sus piernas cruzadas, con sus brazos cruzados en su pecho y mirándolo de una manera divertida.
Para él la idea de quitarse la ropa delante de esa mujer estaba siendo incómodo; hasta podía sentir vergüenza, pero había perdido y tenía que cumplir.
Empieza a quitarse las botas al mismo tiempo que le dijo.
-Esta humillación me la vas a pagar. -
Una vez que se quitó las botas, sigue con el saco y después la camisa.
Era la primera vez que miraba a un hombre sin camisa, y Apolo era un hombre que tenía un cuerpo tan perfecto, con unos abdominales marcados y ese pecho imponente.
No podía dejar de verlo; las hormonas dentro de ella se dispararon, se empezó a sentir acalorada, un nudo extraño se apoderó de su vientre y un extraño deseo de tocarlo.
Lo miraba sin decir nada; estaba ya solo en esos calzoncillos blancos y largos. Por un momento él se detuvo; estaba rojo de la vergüenza, se sentía indefenso al estar de esa manera frente a ella.
No quería seguir, pero la apuesta era todo y tenía palabra; estaba por bajarse la última prenda que traía puesta cuando ella ya no lo soportó.
Ese extraño sentimiento de deseo la hizo sentir miedo y el pudor de ver lo que era lo más íntimo de un hombre la hizo ponerse de pie y, alterada, le grita.
-No sigas, es mejor que te vayas, tengo sueño, mañana podemos seguir jugando.-
Para Apolo sus palabras fueron una liberación y, sin decir nada, salió corriendo solo en calzoncillos; se va a uno de los aposentos de la casa, a tres puertas de donde estaba.
Abre la puerta y entra rápido; se sentía nervioso, avergonzado, sin saber qué hacer; su corazón latía con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir.
Era la primera vez que tenía que quitarse la ropa delante de una mujer y no pasaba nada, ni siquiera se sentía excitado; lo que estaba sintiendo en ese momento era todo lo contrario.
Se recostó en la cama y se cubrió con las sábanas para cubrir su cuerpo y la vergüenza que sentía.
En ese momento pensaba que nunca más se iba a quitar la ropa delante de una mujer y menos de una como Lelia, que lo estuvo mirando con esos ojos pasivos, que lo hizo sentir como si lo violaran.
Lelia, al verlo salir corriendo, se apresura a cerrar la puerta; estaba nerviosa y se sentía extraña, su cuerpo estaba sintiendo algo que nunca había sentido.
No entendía por qué se sentía acalorada en una noche tan fría; tardó unos minutos en soltar la puerta y en controlar su corazón, que lo tenía alterado.
Se acerca a la cama, se quita el corset y el fondo que traía puesto, y tomó uno de sus camisones para dormir.
Se lo puso y se recostó en la cama, tratando de olvidar lo que había mirado, de sacar el cuerpo perfecto de Apolo de su imaginación.
Cerró sus ojos y trató de dormir; de la misma manera estaba Apolo, ninguno de los dos podía dormir, solo giraban en la cama, estaban inquietos.
Hasta que por fin se quedaron dormidos.
Apolo sintió que unas manos suaves acariciaban sus piernas, que subían pasando por su hombría, seguían por su abdomen, llegaban a su pecho y terminaban en su cuello.
Al abrir sus ojos, mira el rostro de Lelia; eso lo sorprendió, quería moverse, pero no podía y nada lo sujetaba, solo sentía que su cuerpo no le obedecía, que estaba inmóvil, indefenso ante esa mujer.
Que lo besó con pasión y lo peor fue cuando empieza a besar su cuello y a recorrer su cuerpo con su lengua.
Sentía su lengua en su ombligo y estaba por bajar más; lo que estaba sintiendo era agradable, pero también le hacía sentir miedo, como si esa fuera la primera vez de una señorita.
Tenía miedo y justo cuando estaba por acercar sus hermosos labios a su hombría, grita.
—¡Detente! -