Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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Isabella
—Isabella Vance, profesor —respondió ella. Su voz no tembló. Sonó nítida, tranquila, con la cadencia exacta de una balanza que busca su centro.
—Bien, señorita Vance —Harrison se apoyó en el borde de la mesa de Isabella, invadiendo su espacio con una condescendiencia pesada—. Dígame, ¿qué hace una joven tan... llamativa en un aula donde el promedio de sueño es de cuatro horas y los trajes se manchan de café? Espero que esté aquí buscando un conocimiento real y no solo un esposo con un bufete establecido en Beverly Hills que le pague las cuentas en Rodeo Drive. Sería una lástima que malgastara el valioso cupo de un estudiante que sí piensa ejercer.
El comentario fue directo, machista y humillante. En las filas de atrás, Brad Garrison sonrió con malicia, disfrutando de que el foco de la vergüenza se hubiera desplazado. Algunas de las pocas mujeres en el aula bajaron la cabeza, acostumbradas a que ese tipo de comentarios formaran parte del derecho de piso no escrito de la facultad.
Isabella sintió la oleada de calor que amenazaba con subirle a las mejillas. Era la misma furia sorda que había sentido a los doce años cuando el socio de su padre la llamó "un adorno para la mesa". Pero el entrenamiento en la casa de Pasadena no había sido en vano. Isabella sabía que si mostraba indignación, Harrison ganaba; si apelaba al sentimentalismo o a la ofensa de género, el aula la etiquetaría como "débil" o "emocional". Los hombres arrogantes como Harrison usaban la provocación como un filtro: querían verla llorar o enojarse para confirmar sus prejuicios.
Isabella sostuvo la mirada gris del profesor. No parpadeó. Una sonrisa sutil, casi imperceptible, se dibujó en las comisuras de sus labios. Era la sonrisa de quien acaba de ver la jugada del oponente antes de que este mueva la pieza.
—Profesor Harrison —dijo Isabella, inclinándose apenas hacia adelante, adoptando el mismo tono profesional y analítico del docente—. El caso Hughes contra Metropolitana al que se refería hace un momento no se limitó al derecho de arrendamiento. La corte determinó que el principio de equidad opera como un escudo, no como una espada, impidiendo que una corporación se beneficie de la ambigüedad técnica que ella misma provocó. Respecto a su pregunta sobre mis aspiraciones en Beverly Hills... le aseguro que mi interés en el derecho corporativo no es matrimonial, sino patrimonial. Mi objetivo no es casarme con un socio de bufete; mi objetivo es comprar los bufetes de los hombres que no saben defender sus propias cláusulas. Incluyendo el de aquellos que subestiman la estrategia de la contraparte por el color de su traje.
El aula se quedó en un silencio tan sepulcral que pudo escucharse el zumbido de las luces de neón.
Harrison la observó fijamente a través de sus lentes. La provocación de la joven no había sido un arrebato de soberbia, sino una réplica jurídica impecable que, además, ponía en evidencia la mediocridad de la respuesta anterior de Brad Garrison. El viejo profesor enderezó el cuerpo lentamente, sus cejas poblándas juntándose en una expresión indescifrable.
—Una defensa aceptable, señorita Vance —dijo Harrison tras un espeso par de segundos, dando media vuelta hacia el pizarrón—. Veremos si su retórica sobrevive al primer examen parcial. Abran el manual en la página cuarenta y cuatro.
Isabella tomó su bolígrafo y comenzó a escribir. No miró hacia atrás, pero su mente estratega ya estaba trabajando. Había ganado el primer asalto, pero sabía perfectamente lo que vendría después: en un nido de tiburones como UCLA, una mujer hermosa que demostraba ser más inteligente que los hombres no recibía respeto; recibía una declaración de guerra silenciosa. Brad Garrison y el profesor Harrison ya estaban en su tablero, y el semestre apenas acababa de comenzar.