Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18 – Los celos que matan
La noticia del hallazgo del cuerpo de Rocío Jiménez recorrió la ciudad como un reguero de pólvora. Los periódicos hablaron de "el abogado asesino" y "la viuda que se vengó". Las televisiones mostraron imágenes de archivo de Adrián en el bufete, sonriente, estrechando manos, posando junto a sus clientes adinerados. Todos decían lo mismo: nunca lo hubieran imaginado.
Pero Valentina sí. Y Leonardo también.
Pasaron los días. Adrián fue trasladado a una prisión de máxima seguridad mientras esperaba el juicio. La fiscalía tenía tantas pruebas que su abogado ni siquiera intentó pedir la libertad bajo fianza. Las grabaciones, los testimonios, el cuerpo exhumado, los documentos falsificados. Era una montaña que ningún abogado podía escalar.
Daniela, mientras tanto, había desaparecido. Tomó un vuelo a un país sin extradición la misma noche que habló con Valentina. Nadie supo nunca a dónde fue. Quizá a un pueblo perdido en la costa. Quizá a una ciudad grande donde nadie preguntara de dónde venía. A Valentina no le importaba. Daniela ya no era su problema.
Pero había alguien que sí lo era. Leonardo.
Desde que Adrián estaba en prisión, Leonardo se había acercado a Valentina de una manera que ella no sabía cómo interpretar. Llevaba comida a su casa. La ayudaba con los trámites legales. La llevaba al taller por las mañanas y la recogía por las noches. Era atento. Demasiado atento. Y Valentina sabía por qué.
—Tenemos que hablar —le dijo una tarde, mientras él la esperaba en el coche.
—Dime.
—No aquí. En mi casa.
Leonardo la miró. Tragó saliva. Asintió.
La casa de Leonardo era pequeña, ordenada, con libros por todas partes y un gato negro que dormía en el sofá. Olía a café y a madera vieja. Valentina se sentó en una silla junto a la ventana. Él se sentó enfrente, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, como un niño que espera un castigo.
—Desde que Adrián está en la cárcel —empezó Valentina—, has estado a mi lado todo el tiempo. Cocinas para mí. Me llevas al trabajo. Me llamas todas las noches para saber si he comido.
—Quiero cuidarte.
—Lo sé. Pero no me has vuelto a decir lo que me dijiste en la galería. Que estás enamorado de mí.
Leonardo bajó la mirada.
—Porque sé que no es el momento. Acabas de salir de un infierno. Necesitas tiempo. Espacio.
—¿Y si no quiero espacio? ¿Y si lo que necesito es que alguien me diga la verdad, aunque duela?
Él levantó la vista. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que Valentina no recordaba haber visto antes. O tal vez sí. Tal vez los había visto siempre, pero había elegido ignorarlos.
—Te amo —dijo—. Te he amado desde la primera vez que te vi en la universidad. He pasado diez años viéndote con otro hombre. Diez años muriéndome de celos cada vez que te reías con él. Cada vez que lo besabas. Cada vez que decías su nombre.
—¿Y ahora?
—Ahora él no está. Y yo sigo aquí. Pero no quiero que pienses que me acerqué a ti por eso. Me acerqué porque él iba a matarte. Porque no podía permitir que eso pasara. Los celos los guardé para mí. Siempre.
Valentina se quedó en silencio. Afuera, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa. El gato negro saltó del sofá y se acurrucó en su regazo. Ella lo acarició sin pensar.
—No sé si puedo quererte —dijo al fin—. No sé si puedo querer a nadie después de esto. Adrián me enseñó que el amor es una mentira que nos contamos para no sentirnos solos.
—El amor de Adrián era una mentira —respondió Leonardo—. El mío no. El mío ha sido una herida abierta durante una década. Y no te pido que me quieras ahora. No te pido nada. Solo que me dejes estar a tu lado. Como amigo. Como lo que tú quieras.
—¿Y si nunca quiero nada más que amistad?
—Entonces tendré un corazón roto pero una conciencia tranquila. Porque al menos lo intenté. Y al menos te salvé.
Valentina sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero fue real.
—Eres un buen hombre, Leonardo.
—No soy tan bueno. Déjame al menos creer que lo soy un poco.
Esa noche cenaron juntos. Él preparó pasta con salsa de tomate y albahaca. Valentina bebió vino tinto, dos copas, y se sintió más ligera que en meses. No feliz. No triste. Ligera.
Cuando terminaron, ella se levantó para lavar los platos. Leonardo se acercó a la cocina y se quedó a su lado, secando los platos que ella lavaba. Sus manos se rozaron una vez. Dos veces. A la tercera, él las detuvo.
—Valentina —susurró.
Ella levantó la vista. Estaban muy cerca. Podía sentir su respiración en la cara, oler su perfume, ver el latido de su corazón en la garganta.
—No puedo —dijo ella, apartándose—. No ahora.
—Lo sé. Solo quería…
—¿Qué?
—Que supieras que voy a esperar. El tiempo que haga falta.
Valentina asintió. Terminó de lavar los platos, secó sus manos y cogió su bolso.
—Llévame a casa, ¿sí?
—Claro.
En el coche, no hablaron. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de dos personas que han sobrevivido a un naufragio y están aprendiendo a remar juntas.
Al llegar a su casa, Valentina se bajó del coche. Antes de cerrar la puerta, se asomó por la ventanilla.
—Gracias —dijo—. Por todo.
—Siempre.
Cerró la puerta. Caminó hacia la entrada. Y antes de meter la llave en la cerradura, se detuvo. Dio la vuelta y vio que Leonardo seguía allí, con el coche encendido, esperando a que ella entrara para irse.
Levantó la mano. Él la saludó también.
Y Valentina supo, en ese momento, que algo estaba cambiando dentro de ella. No era amor. Todavía no. Pero era algo.
Y ese algo se llamaba esperanza.