Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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La Niebla de la City
Londres en febrero era una fosa común de carbón y vapor. Una niebla densa, amarillenta y con el regusto aceitoso de las fábricas de Southwark, subía desde el Támesis para tragarse los carruajes, las farolas eléctricas y las agujas del Parlamento. La capital del Imperio Británico no se movía con la devoción trágica de Madrid ni la locura de París; se movía al ritmo del oro, las acciones de la Bolsa y el tic-tac implacable de los relojes de bolsillo de los banqueros de la City.
Lucciana Bianchi contemplaba el fluir turbio del río desde el parapeto de piedra del puente de Westminster. El viento inglés le azotaba las faldas del sastre de terciopelo oscuro, pero ella ya no tiritaba. El metrónomo helado de su pecho marcaba una quietud absoluta, una temperatura de cripta que parecía mimetizarse con el invierno londinense.
En su bolso, el frasco de plata de los Vance emitía una calidez regular. Cuatro deudores. Cuatro años de luz dorada garantizados para Matteo. Sin embargo, al mirar su mano izquierda enguantada, Lucciana sintió un dolor sordo que le subía por el antebrazo. La runa del pacto ya no era una cicatriz; era una quemadura permanente que tiraba de sus tendones. Cada victoria la alejaba un paso más de la mujer que limpiaba óleos en Florencia y la adentraba en el catálogo de los monstruos.
—¿Cuándo terminará esto, Luca? —preguntó Lucciana a la niebla, sin volverse.
Luca Ferro emergió de la penumbra del puente. Vestía un abrigo de cachemira negra con cuello de astracán, un sombrero de copa impecable y sostenía un paraguas de seda con empuñadura de oro que no usaba para cubrirse de la llovizna, sino para marcar el suelo con un ritmo pausado.
—¿Terminar? —El Diablo soltó una risa suave, un sonido que imitaba el crujido de los billetes de banco nuevos—. Qué palabra tan extraña en boca de una mujer eterna, Lucciana. El tiempo en el Abismo no tiene las estaciones de los mortales.
—No me des tus evasivas de abogado —siseó ella, volteándose de golpe. Sus ojos oscuros destellaron con ese matiz azul zafiro que ahora afloraba cada vez que la rabia la dominaba—. Llevamos París, Viena, Escocia y Madrid. He cobrado a tus deudores más escurridizos. He limpiado tus libros con la sangre de mi propia mano. Te lo pregunto directamente, Lucifer: ¿cuántas almas vale la libertad de Matteo? ¿Cuándo estará saldada mi cuenta?
Luca Ferro se detuvo a un paso de ella. La condescendencia paternal de sus primeras noches en Florencia había desaparecido; ahora la miraba con la fijeza de un socio que evalúa una inversión de alto rendimiento.
—Tu cuenta por su vida se salda año tras año, Lucciana. Ese fue el contrato de enmienda —respondió el Diablo, apoyándose en su paraguas—. Pero si lo que buscas es una cifra definitiva, un pago único que rescate el alma de Matteo del limbo y rompa tu marca para siempre... el precio es un Gran Saldo. Un deudor de Primera Categoría.
—Dame el nombre —exigió ella, dando un paso al frente sin amedrentarse por el aura de azufre que comenzó a desprenderse del abrigo del demonio.
—Lord Arthur Pendelton, miembro de la Cámara de los Comunes y director de la Compañía de las Indias Orientales —dijo Luca, y una chispa de genuina anticipación iluminó sus ojos pálidos—. En 1896, cuando las hambrunas amenazaban con destruir sus plantaciones de opio y té en Bengala, Pendelton me ofreció el destino de tres generaciones de sus trabajadores a cambio de un monopolio comercial absoluto y una inmunidad que ningún tribunal humano pudiera quebrar. Cumplí. Su riqueza es hoy uno de los pilares de este imperio. El plazo venció el mes pasado, pero Arthur ha hecho algo que ningún deudor europeo había intentado.
—¿Qué hizo?
—Ha diluido su deuda —explicó el Diablo, mirando hacia las luces borrosas del Parlamento—. No ha escondido su contrato en un cuadro ni en una partitura. Usó la imprenta del Banco de Inglaterra. El papel moneda, Lucciana. Ha impregnado la firma de su pacto en el diseño de las planchas de impresión de los billetes de cinco libras esterlinas que entran en circulación esta semana. Cada vez que un ciudadano de este país use uno de esos billetes para comprar pan o pagar un alquiler, estará asumiendo una millonésima parte de la culpa de Pendelton. Ha distribuido su pecado entre el proletariado británico. Si el dinero llega a la calle, la deuda se volverá colectiva, anónima e incobrable para mis inspectores.
gracias autora por esta joya 👏👏👏