Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
NovelToon tiene autorización de MeriGrei para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11
El domingo intenté trabajar.
Intenté era la palabra importante.
Tenía el expediente de Diego Salcedo abierto, tres pestañas de jurisprudencia y una taza de café ya fría. Cada vez que lograba concentrarme, el celular vibraba.
Sebastián.
No contesté.
Luego Víctor.
Tampoco.
Después un mensaje de un número desconocido.
Desconocido: La señora Renata quiere verla esta semana.
Bloqueé el número.
Julia, acostada en mi sillón como si el departamento fuera suyo, levantó una ceja.
—¿Otra vez el señor escondido?
—Su mamá.
—Peor. Esa señora debería venir con advertencia sanitaria.
—No voy a ir.
Julia bajó el celular.
—Repítelo.
—No voy a ir.
—Me gusta esta versión.
No era una versión. Era cansancio con zapatos.
Al mediodía, Alan pasó por Julia. Traía lentes oscuros, cara de desvelo y una bolsa de pan dulce.
—Te traje conchas para que no me odies por llevarme a tu guardaespaldas.
—Me cae mejor tu soborno que tú.
Alan se rió y luego miró hacia la puerta de Mateo.
—¿Y Del Río?
—No sé —respondí.
Julia sonrió con malicia.
—Pregúntale tú. A lo mejor a ti sí te da pantuflas.
Alan la cargó sobre el hombro.
—Nos vamos antes de que empieces.
Cuando se fueron, el piso quedó demasiado silencioso.
Me serví café nuevo.
La puerta sonó.
Pensé que Julia había olvidado algo, pero al abrir encontré a Mateo con una bolsa pequeña.
—Vengo a devolver esto.
Era mi paraguas plegable. No recordaba habérselo prestado.
—¿Cuándo...?
—Anoche, cuando salimos del hospital. Lo metiste en mi bolsa con los papeles.
—Ah. Perdón.
—No es queja.
Me dio la bolsa. Dentro también había una caja de curitas especiales para piel sensible.
—Para tus manos.
Miré mis dedos. Tenía pequeñas quemaduras de cocina y raspaduras de tanto cargar expedientes.
—¿Siempre eres así de observador?
—Depende.
—¿De qué?
—De la persona.
No dijo más.
Y eso fue peor.
—Gracias —dije, bajando la mirada.
Mateo no intentó entrar. No buscó excusas.
—Si necesitas algo, estoy enfrente.
—Estoy bien.
—No dije que no lo estuvieras.
Cerró la puerta de su departamento.
Me quedé con la caja en la mano.
Sebastián necesitó casi un año para notar que mi coche estaba financiado.
Mateo necesitó una noche para notar mis manos.
El lunes regresé al despacho. Julia había contado la mitad de la historia a su manera, lo que significaba que todos sabían que mi fin de semana había sido un desastre, pero nadie se atrevía a preguntarme.
En recepción me esperaba un ramo enorme.
Flores de colores suaves, nada escandaloso. La tarjeta tenía una ilustración pequeña de mí con un pastel de fresa.
O: Llegó tarde, pero no olvidado. Feliz cumpleaños, maestra.
Sonreí.
Julia apareció detrás.
—¿Ese "amigo" también dibuja?
—Es mi colaborador.
—Ajá.
—No empieces.
—Nunca termino.
Guardé la tarjeta en mi agenda.
Esa tarde, Sebastián llegó al despacho.
Sin avisar.
Sin cita.
Con el mismo traje impecable y la misma seguridad de siempre.
La recepcionista me llamó con voz nerviosa.
—Licenciada Herrera, el señor Alcázar pregunta por usted.
Julia salió de su oficina como bala.
—Dile que saque turno.
Sebastián oyó.
—Necesito hablar con mi esposa.
La palabra cayó en la recepción como vaso roto.
Todos nos miraron.
Yo salí de mi cubículo despacio.
—Qué curioso —dije—. Ahora sí puedes decirlo.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Valeria, no hagas esto aquí.
—Tú viniste aquí.
Julia se cruzó de brazos.
—Cinco minutos en la sala chica. Con puerta abierta.
Sebastián la ignoró.
Yo no.
—Cinco minutos.
Entramos.
Él vio el ramo sobre mi escritorio al pasar.
—¿Quién te mandó flores?
Me senté.
—¿Ese era tu tema urgente?
Sebastián cerró la puerta.
Julia la volvió a abrir desde afuera.
—Puerta abierta, dije.
Por primera vez en días, casi sonreí.
Sebastián miró a Julia como si acabara de descubrir que otras personas podían poner reglas en un cuarto donde él estaba presente.
—No necesito público.
—Yo tampoco necesitaba que vinieras a mi despacho —contesté.
Se sentó al fin.
—No dormí.
No respondí.
—Caminé bajo la lluvia —dijo.
—Lo sé.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
Sus dedos se cerraron sobre la mesa.
—Antes te habría importado.
—Antes también me importaba a mí caminar bajo la lluvia y tú me dijiste que no exagerara.
Sebastián bajó la mirada un segundo.
Eso casi me ablandó.
Casi.
—Me equivoqué —dijo.
Julia, afuera, dejó de teclear.
Yo también me quedé quieta.
Era la primera vez que lo decía sin rodeos.
Pero luego añadió:
—Pero tú también. Dejarme ahí fue peligroso.
Ahí estaba.
El "pero".
Ese pequeño puente que siempre construía para volver a ponerme mitad culpa en las manos.
Me levanté.
—Terminamos.
—Valeria.
—No la relación. La conversación.
Sebastián se levantó tan rápido que la silla raspó el piso.
—No voy a rendirme porque estés molesta.
—No te pedí que te rindieras.
—Entonces dime qué quieres.
La pregunta habría sido útil meses atrás.
Ahora llegó como llegan los paraguas cuando ya dejó de llover.
—Quiero trabajar.
—Vuelve a Bosque Real.
No preguntó cómo estaba.
No pidió perdón.
Solo dio una orden.
—No.
La respuesta lo desconcertó.
—Valeria, ya pasó suficiente.
—¿Suficiente para quién?
—No voy a discutir en tu trabajo.
—Entonces no hubieras venido a mi trabajo.
Se inclinó un poco sobre la mesa.
—Mamá quiere hablar contigo.
—No.
—Ni siquiera sabes para qué.
—No necesito saberlo.
—Ella está molesta por lo del viernes.
Solté una risa corta.
—Tu mamá está molesta porque tu esposa dejó de quedarse callada. No es mi problema.
Sus ojos se oscurecieron.
—No hables así de mi madre.
—Y tú no hables como si yo fuera empleada de tu familia.
Julia, desde afuera, carraspeó con una satisfacción descarada.
Sebastián la miró por encima del hombro.
—Esto es entre mi esposa y yo.
—Tu esposa trabaja aquí —dijo Julia—. Y yo soy su socia. Así que baja el tono.
Él volvió a mí.
—Te estás dejando influenciar.
—No. Estoy dejando de dejarme influenciar por ti.
Silencio.
Sebastián sacó una llave del bolsillo y la puso sobre la mesa.
La llave del Bentley azul.
—Este coche era para ti.
No la toqué.
—¿Era?
—Es.
—¿Después de que Lina lo usó?
—No sabía que mi mamá elegiría ese.
—Pero lo permitió.
—Ya le pedí que lo devolviera.
—Qué considerado.
Sebastián respiró con fuerza.
—¿Qué quieres, Valeria? ¿Qué me arrodille?
Lo miré.
Por un segundo vi al estudiante que una vez me esperó bajo la lluvia con tacos y un suéter. Después vi al hombre que dejó que otra mujer ocupara mi lugar en su familia, en su coche, en su mesa.
—Quiero que te vayas.
La frase salió tranquila.
Él no la creyó.
—Estás enojada.
—Sí.
—Se te va a pasar.
—No lo sé.
—A ti siempre se te pasa.
Ahí estaba su error.
Su fe.
Su condena.
Me levanté.
—Los cinco minutos terminaron.
Sebastián tomó la llave.
—Voy a esperarte en casa.
—No vivo ahí ahora.
—Es nuestra casa.
—Es tu departamento, Sebastián. Nunca dejaste que fuera nuestro.
Se quedó inmóvil.
Julia sonrió desde la puerta.
—Eso sí se lo puedo garantizar.
Sebastián salió de la sala. La recepción se quedó muda otra vez. Antes de cruzar la puerta, se giró hacia mí.
—Voy a volver.
—Haz cita.
No respondió.
Cuando se fue, todos fingieron regresar a sus pantallas.
Julia entró, cerró la puerta y me abrazó sin pedir permiso.
—Respira.
Lo hice.
Me temblaban las rodillas.
Pero seguían sosteniéndome.
En mi escritorio, el ramo de O seguía fresco.
Sebastián lo había visto. Yo había visto que lo vio. La diferencia era que ya no me sentía obligada a esconderlo para no herir su orgullo.
Julia me soltó y acomodó mi saco.
—Tienes junta con Diego en veinte minutos. Lávate la cara.
—No lloré.
—No dije que lloraras. Dije que te laves la cara. Traes cara de querer morder clientes.
Fui al baño y cerré la puerta.
Frente al espejo, respiré hasta que mis manos dejaron de temblar.
Después abrí el correo profesional y creé una carpeta nueva:
Alcázar.
No para guardar recuerdos.
Para guardar pruebas.
Mensajes, regalos devueltos, amenazas, notas, capturas.
No sabía todavía qué iba a hacer con todo eso.
Pero por primera vez estaba ordenando mi dolor como expediente.