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La Joven Amante Del Lycano

La Joven Amante Del Lycano

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Hombre lobo / Mundo de fantasía
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

La Joven Amante del Lycano

Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.

Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.

Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.

Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.

Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.

Es un lycano.

Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La cabaña

A las diez y cuarto, Sebastián ya estaba en el coche.

El sedán gris. Sin logos. Sin brillo. Estacionado en una calle lateral, a doscientos metros de la discoteca *Neón*, con el motor apagado y las ventanillas subidas.

El chófer leía una novela en el asiento del conductor.

Sebastián, detrás, miraba la entrada.

No con impaciencia. Con la tranquilidad del pescador que ya lanzó la red y solo espera que los peces dejen de moverse.

En el bolsillo de la chaqueta, el teléfono. En el bolsillo del pantalón, las llaves de la cabaña. En la guantera del coche, nada que lo identificara. Ni nombre. Ni empresa. Ni rastro.

Un coche fantasma. Una noche fantasma.

Sebastián tamborileó los dedos en el reposabrazos. Pensó en Clara dentro. Bailando. Bebiendo. Riéndose con sus amigos de dieciocho años que no sabían nada. Que no sospechaban nada. Que la dejarían sola en la acera a las tres de la mañana porque cada uno tenía su propio camino, su propia casa, su propia vida.

Y entonces ella llamaría.

Porque no tendría a nadie más.

Porque él se había encargado de ser el único nombre en su teléfono que podía recogerla a las tres de la mañana sin hacer preguntas.

Sebastián sonrió. Miró la hora. Las diez y media. Todavía faltaba.

Se recostó en el asiento. Cerró los ojos. No durmió. Solo esperó. Con la paciencia del que sabe que el tiempo juega a su favor.

---

A las dos y cuarenta, los amigos de Clara empezaron a salir.

Risas arrastradas. Brazos sobre hombros ajenos. Promesas de verse la próxima semana que ninguno cumpliría.

Sebastián abrió los ojos.

Clara fue la última en salir. Se quedó en la acera. Sola. Con los zapatos en la mano y el cabello pegado a la frente. Miró a izquierda. A derecha. La calle vacía.

Sacó el teléfono.

Sebastián lo vio brillar en la oscuridad.

Esperó. Tres segundos. Cinco.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Lo dejó sonar dos tonos. Después contestó. Con la voz ronca. Espesa. Arrastrada.

—¿Clara?

Silencio al otro lado.

—¿Sebas? Perdona por despertarte.

Sebastián reprimió una sonrisa.

*Despertarte.*

Llevaba cuatro horas en un coche con el motor apagado.

—¿Qué pasa? —preguntó, con un bostezo largo, perezoso.

—Salí a festejar con mis amigos y… tengo que regresar a casa. ¿Podrías venir a recogerme?

—¿Dónde estás?

—En *Neón*. La discoteca del pueblo vecino.

—Está bien. Espérame. Ya voy.

Colgó.

Dejó el teléfono en el asiento. Miró al chófer.

—Vamos.

El motor arrancó. El coche se deslizó por la calle lateral hacia la entrada de la discoteca.

Sebastián se acomodó la chaqueta. Se pasó la lengua por el labio inferior. Y ensayó, frente al cristal oscuro de la ventanilla, la expresión correcta. Cansancio. Un poco de sueño. Nada de entusiasmo. Como si realmente lo hubiera despertado. Como si esto fuera un favor.

No un plan. Un favor.

---

El coche se detuvo frente a ella. La ventanilla bajó.

—Sube.

Clara abrió la puerta. Y antes de sentarse, antes de pensar, con el alcohol todavía encendiéndole la sangre y una alegría que no cabía en el pecho, se lanzó sobre él.

Lo besó.

Un beso torpe. Húmedo. Con sabor a ron barato y a noche larga.

—Qué bueno que viniste —murmuró contra sus labios.

Sebastián le correspondió. Una mano en la cintura. La otra en la nuca. Breve. Controlado.

La separó con suavidad. La sentó en el asiento. Le abrochó el cinturón.

—Duerme un poco. El camino es largo.

Clara parpadeó.

—¿Largo? ¿A dónde…?

—Ya verás.

Ella no preguntó más. Apoyó la cabeza en el cristal. El coche arrancó. Las luces del pueblo se fueron deshaciendo. La música de la discoteca se apagó. El mundo se redujo al zumbido del motor y al calor del asiento.

Clara cerró los ojos. Un minuto. Dos. Se quedó dormida.

Sebastián la miró.

La cabeza apoyada en el cristal. El cabello desparramado. La boca entreabierta. El cuello expuesto. La curva de la clavícula que asomaba por el escote del vestido.

La observó dormir. No con ternura. Con la satisfacción del coleccionista que acaba de cerrar la vitrina.

Estiró la mano. Le apartó un mechón de la cara. Le rozó el cuello con los dedos.

Clara no se movió.

Sebastián retiró la mano. Miró hacia adelante. La carretera se extendía vacía. Oscura. Sin testigos.

*Cuarenta minutos*, pensó. Cuarenta minutos hasta la cabaña. Cuarenta minutos en los que Clara dormiría y él conduciría. Y cuando despertara, estaría lejos de Riverside. Lejos de su casa. Lejos de su madre. Lejos de todo lo que conocía.

Solo con él. Solo él.

Sebastián sonrió. No una sonrisa amplia. Una sonrisa de dientes apretados.

—Mía —murmuró.

Tan bajo que ni el chófer lo escuchó.

---

La cabaña estaba en un tramo de costa donde no había hoteles ni restaurantes ni farolas. Solo arena, rocas y el sonido constante del mar.

Sebastián la había alquilado tres semanas atrás. Pago en efectivo. A nombre de una empresa pantalla. Sin registro. Sin huella. Un lugar que no existía para nadie más que para él.

El coche se detuvo. Sebastián bajó. El aire olía a sal. A noche. A algo limpio y enorme que no tenía nombre.

Abrió la puerta trasera.

—Clara.

Nada.

—Clara. Despierta.

Ella murmuró algo.

—Clara.

—¿Ah…?

Abrió los ojos. Parpadeó. Miró alrededor. Oscuridad. El sonido del mar. Un cielo lleno de estrellas que no reconocía.

—Esta no es mi casa.

—Lo sé.

Sebastián le tomó la mano. La tiró suavemente hacia afuera.

—Encontré un lugar muy bonito. Quiero compartirlo contigo.

Clara salió del coche. Se tambaleó un poco. El alcohol todavía le pesaba en las piernas. Sebastián la sostuvo por la cintura.

—Tranquila. Yo te tengo.

Ella se apoyó en él. Caminaron por la arena. Diez pasos. Veinte. El sonido del mar crecía con cada uno.

Y entonces, el horizonte se abrió.

El mar. Negro y enorme bajo un cielo lleno de estrellas. Las olas rompiendo contra la arena con un ritmo antiguo, paciente, como una respiración que llevara siglos sin detenerse.

Clara se detuvo.

—Guau.

No dijo nada más. No hacía falta.

Sebastián la miró. Miró su cara iluminada por las estrellas. Su boca abierta. Sus ojos enormes.

*Ahí está*, pensó. *Esa cara. Esa primera vez. Esa primera vez que no va a repetirse. Que es solo para mí.*

Sacó las llaves del bolsillo.

—La cabaña está ahí. Así podremos estar más cerca del mar.

Clara miró las llaves. Miró el mar. Miró a Sebastián. Y le apretó la mano.

—Gracias.

Sebastián le devolvió el apretón. No dijo *de nada*. La gratitud de Clara era suficiente. La gratitud de Clara era exactamente lo que necesitaba para lo que venía después.

---

La cabaña era pequeña. Una habitación, un baño, una cocina mínima. Madera clara. Una ventana amplia que daba directamente al agua. En la mesita de noche, una vela sin encender.

Clara se acercó al cristal. Apoyó las manos. El mar estaba ahí. A veinte metros. Podía escucharlo. Olerlo. Sentir la sal en los labios. Las estrellas se reflejaban en la superficie del agua como agujeros de luz.

—Es… —empezó.

No terminó.

Sebastián se acercó por detrás. Le rodeó la cintura. Apoyó la barbilla en su hombro.

—¿Te divertiste esta noche? —susurró.

—Sí.

—¿Pensaste en mí?

Clara se giró entre sus brazos. Lo miró. Le sonrió con una sinceridad que no sabía disimular.

—Siempre pienso en ti, Sebastián.

Él la miró.

*Siempre.* Qué palabra tan fácil dicha por alguien que lleva dos semanas viva en el mundo del amor.

Pero sonaba bien. Sonaba exactamente como necesitaba que sonara.

Clara lo besó.

Sebastián encendió la vela. Clara abrió la ventana. El rumor del mar llenó la habitación.

Él tomó su mano.

Ella creyó que aquella noche era el comienzo de la historia de amor que siempre había soñado.

Para Sebastián, era únicamente el final de la primera fase de su plan.

---

La mañana entró por la ventana como una mano tibia.

Sebastián estaba de pie frente al cristal. Pantalones puestos. Torso desnudo. Miraba el mar. Gris. Plano. Tranquilo.

Después se giró.

Clara dormía en la cama. El cabello desparramado sobre la almohada. Las sábanas enredadas en la cintura. La piel con marcas rojas, tenues, como firmas de una lengua que ya no estaba.

Sebastián la observó. No con ternura. Con la satisfacción del que acaba de terminar una obra y la contempla desde lejos.

Rió. Bajo. Breve. Para sí mismo.

—Al fin.

Se acercó. Se dejó caer en el colchón. La rodeó con un brazo. Clara murmuró algo en sueños. Se acurrucó contra su pecho.

Sebastián le besó la frente. No por amor. Por posesión. Porque estaba ahí. Porque era suya. Porque aquella noche había sido exactamente lo que planeó y ahora ella dormía en su cama con su nombre todavía en los labios.

Cerró los ojos. Durmió tres horas más. No por cansancio. Porque el cuadro era mejor si él también estaba en la cama cuando ella despertara.

---

Clara abrió los ojos a las cuatro de la tarde.

La luz era dorada, horizontal. Estiró la mano hacia el otro lado de la cama.

Él estaba ahí.

Sebastián la miró. Le sonrió. Una sonrisa suave. Cansada. Como la de un hombre que acaba de despertar junto a la mujer que ama.

Clara le devolvió la sonrisa. Se acurrucó contra su pecho.

—Hola.

—Hola.

Silencio. El mar respirando al otro lado de la ventana.

Clara cerró los ojos.

Y creyó que aquella sonrisa pertenecía a un hombre enamorado.

Sebastián le acarició el cabello.

Y confirmó en silencio que todo marchaba según lo previsto.

La primera etapa de la cacería había terminado.

1
yolanni
👏
EspirituCreativo
> 😂😂 María, ¡espere, espere! ¡No la despierte todavía!
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭

Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀

Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺

Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.
maria orellana
por Dios, despierta niña, hulle lejos de ese hombrecito que no vale nada
maria orellana
pero creo que está casado o no,,, que pena con clara ojalá pronto se de de cuenta pobre chiquita ojalá el se enamoré y sufra
maria orellana
desgraciado
Guillermo Vasquez Areque
emfermooo
Guillermo Vasquez Areque
hay no que le den su merecido a ese sinverguenza
EspirituCreativo: 🤭 Te apoyo
total 1 replies
EspirituCreativo
Bueno por eso una no debe ser tan confiada... Lo malo tambien viene en empaque de lujo
Maricruz Felix
Esta interesante
Maricruz Felix
Que malo se va aprovechar de la pobre muchacha
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