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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

# Capítulo 18: La sombra

La llamada llegó un martes a las siete de la tarde, cuando Alegra estaba terminando de organizar la agenda de la semana siguiente.

No reconoció el número. Pero algo en la forma en que el teléfono vibró —tres vibraciones cortas, como una advertencia— le dijo que debía contestar.

—¿Bueno?

—Alegra, soy tu madre.

Cuatro palabras. Suficientes para que se le helara la sangre.

Norma Solano de Vega no llamaba. No desde que Alegra se había ido de casa a los dieciocho, con una maleta y trescientos pesos y la promesa de no volver. En seis años, el contacto se había reducido a mensajes de texto esporádicos —cumpleaños que su madre recordaba un día tarde, noticias sobre vecinos que Alegra no conocía, quejas sobre el clima como si el clima fuera una cuestión personal—.

Pero nunca llamaba. Llamar significaba algo.

—Hola, mamá.

—¿Estás ocupada?

—Estoy en el trabajo.

—Siempre estás en el trabajo. —El tono era el de siempre: mitad reproche, mitad queja, como si el trabajo de Alegra fuera una afrenta personal contra la familia—. Necesito hablar contigo.

Alegra cerró los ojos. La parte racional de su cerebro le dijo que colgara. La parte que todavía tenía trece años y esperaba que su madre la quisiera le dijo que escuchara.

—Dime.

—Tu padre necesita una operación. De la rodilla. El seguro no cubre todo. Nos faltan quince mil pesos.

—¿Alegra? ¿Sigues ahí?

—Sigo aquí.

—¿Nos puedes ayudar?

Nos puedes ayudar. No "te necesitamos." No "eres importante para nosotros." Nos puedes ayudar, como quien pide una herramienta prestada. Una llave. Un martillo. Algo que usas y devuelves sin dar las gracias.

—Mamá, yo...

—Tu hermana ya puso su parte. Cinco mil. Pero ella tiene a los niños y el marido anda sin trabajo. No puede dar más.

Valeria. La hermana perfecta. La hija muerta a la que sus padres seguían usando como medida y como arma: "Valeria sí habría ayudado. Valeria nunca nos habría dejado solos." La convertían en una santa porque una santa ya no podía contradecirlos.

Y Alegra, la sombra. La que se fue. La que no se casó. La que vive sola en un departamento de treinta metros cuadrados y se lava el pelo con champú de cuarenta pesos.

—Yo te aviso, mamá. Déjame ver cómo estoy.

—No tardes, Alegra. Tu padre necesita la operación antes de fin de mes.

Colgó.

Alegra se quedó mirando el teléfono con las manos frías. No las manos frías de Alejandro Montero, que eran permanentes y misteriosas. Las manos frías de alguien a quien le acaban de recordar de dónde viene.

De dónde vienes, Alegra. De una casa en Iztapalapa donde tu hermana era el sol y tú eras la sombra que el sol proyectaba.

El recuerdo llegó sin permiso. Los recuerdos siempre llegaban sin permiso, como las llamadas de su madre.

Tenía trece años. Segundo de secundaria. Acababa de llegar a casa con la boleta del bimestre. Tres materias reprobadas: matemáticas, física, inglés.

No porque fuera tonta. Porque la maestra de matemáticas explicaba como si todos nacieran sabiendo álgebra, la de física no explicaba nada, y la de inglés había faltado la mitad del bimestre. Pero las calificaciones no venían con contexto. Venían con números rojos en una hoja blanca.

Su padre estaba en la sala. Rogelio Vega. Taxista. Hombre de pocas palabras y muchas opiniones. Bigote espeso, manos callosas, y un cinturón que usaba para dos cosas: sostener pantalones y educar hijos.

—¿Qué es esto? —dijo, mirando la boleta.

—Es mi boleta, papá.

—Tres reprobadas. ¿Tres?

—La maestra de matemáticas no...

El golpe llegó antes que la explicación. No con el cinturón —esa vez fue con la mano abierta, en la mejilla izquierda, con la fuerza justa para que ella perdiera el equilibrio y se golpeara la cadera con la esquina de la mesa de la cocina—.

El dolor fue doble: la mejilla ardiendo y la cadera palpitando. Pero ninguno de los dos dolores fue tan agudo como el tercero: su madre, de pie en la puerta de la cocina, con un plato en las manos, mirando la escena sin intervenir.

Sin decir una palabra.

Sin soltar el plato.

Y desde el pasillo, Valeria, diecinueve años, pelo lacio, ropa impecable, una carpeta de la universidad bajo el brazo, mirando a Alegra desde la puerta de su cuarto con una expresión que no era de lástima ni de solidaridad, sino de algo peor:

Alivio. Alivio de que no fuera ella.

Alegra se levantó del suelo. No lloró. Aprendió esa noche que llorar frente a un hombre que pega no sirve de nada: las lágrimas son combustible, no extintor. Se fue a su cuarto. Se acostó. Se tocó la mejilla caliente con la mano fría.

Y decidió que algún día se iría de esa casa y no volvería.

Cinco años después, lo hizo.

El baño del piso dieciocho estaba vacío a las siete y media de la noche.

Alegra se encerró en un cubículo, se sentó en la tapa del inodoro —el segundo baño de la semana que usaba como confesionario— y se permitió lo que no se permitía en ningún otro lugar: llorar.

No lloró mucho. Nunca lloraba mucho. Lloraba como hacía todo lo demás: con eficiencia, en silencio, durante el tiempo estrictamente necesario y ni un segundo más.

Lloró por la llamada. Por los quince mil pesos que no tenía. Por la voz de su madre que seguía sonando a reproche después de seis años. Por el recuerdo de la mejilla caliente y el plato que Norma no soltó.

Y lloró por algo más: por la vergüenza de estar sentada en un baño lujoso de una torre corporativa en Santa Fe, con un abrigo de cachemira que no se compró ella, trabajando para un hombre que la pintaba de noche, y sentirse todavía como la niña de trece años que no era suficiente.

Nunca eres suficiente, Alegra. Eso es lo que tu familia te enseñó. No eres suficiente para que te quieran sin pedir algo a cambio.

Se limpió la cara. Se miró en el espejo del baño. Los ojos rojos. La nariz hinchada. Los hoyuelos que aparecían cuando sonreía —pero ahora no sonreía, y los hoyuelos eran solo dos sombras tristes en las mejillas—.

La puerta del baño se abrió.

—¿Alegra? ¿Estás aquí?

La voz de Héctor. Inconfundible. Como un vendedor de tamales a las seis de la mañana: imposible de ignorar.

—Estoy bien, Héctor. Dame un minuto.

—No me dijiste que estuvieras bien. Te pregunté si estabas aquí. ¿Estás aquí?

—Sí.

—Bien.

Oyó sus pasos. Se sentó en el suelo del baño —en el suelo, como si fuera la cosa más natural del mundo— con la espalda contra la pared de los lavabos.

—¿Por qué estás en el baño de mujeres? —preguntó Alegra desde el cubículo.

—Porque mi instinto detectó emergencia y mi instinto no distingue géneros. Además, a esta hora no hay nadie. —Pausa—. ¿Quieres hablar?

—No.

—Perfecto. Entonces te cuento un chiste.

—Héctor, no necesito un chiste.

—Todo el mundo necesita un chiste. ¿Sabes qué le dijo un pingüino a otro pingüino?

—No quiero saber qué le dijo un pingüino a otro pingüino.

—Le dijo: "Parece que estás vestido de traje." Y el otro le contestó: "¿Y quién te dijo que no lo estoy?"

Alegra no se rio. Pero algo en la esquina de su boca tembló.

—Ese chiste es malísimo —dijo.

—Todos mis chistes son malísimos. Es parte de mi encanto. —Pausa—. ¿Quieres otro?

—No.

—¿Sabes por qué los pingüinos no usan celular?

—Héctor...

—Porque se les congelan las aletas. ¿Entiendes? Aletas. Como dedos, pero de pingüino.

Alegra soltó un sonido que estaba a medio camino entre un sollozo y una carcajada. La peor combinación del mundo. La más humana.

Abrió la puerta del cubículo. Héctor estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y una bolsa de galletas Marías en la mano.

—Vine a buscar mis galletas —dijo, señalando la bolsa—. Las dejé en la cocina y alguien se las estaba comiendo. Pero en el camino te encontré a ti, así que prioridades.

Le ofreció la bolsa. Alegra se sentó junto a él en el suelo —porque a estas alturas, sentarse en el suelo de un baño corporativo era lo menos raro de su semana— y tomó una galleta.

—¿Me quieres contar qué pasó? —preguntó Héctor, con un tono que ya no era de payaso. Era el tono que usaba cuando dejaba la máscara en el perchero y se convertía en lo que realmente era: un hombre bueno que se disfrazaba de chistoso porque el mundo ya tenía suficiente gente seria.

—Mi mamá me llamó —dijo Alegra—. Necesitan dinero.

—¿Cuánto?

—Quince mil.

—¿Los tienes?

—No.

Héctor asintió. No dijo "yo te los presto." No dijo "tu familia debería tratarte mejor." No dijo nada de lo que otro habría dicho. Solo comió una galleta y se quedó sentado a su lado, en el suelo de un baño de mujeres, a las siete y media de la noche, como si no tuviera otro lugar en el mundo donde estar.

—No les voy a dar el dinero —dijo Alegra, en voz baja.

—Está bien.

—No porque no pueda. Porque no quiero. Porque cada vez que les doy algo, siento que estoy comprando el derecho a existir en una familia que nunca me quiso por quien soy.

Héctor dejó de comer. La miró.

—Eso es muy valiente —dijo.

—No se siente valiente. Se siente horrible.

—Las cosas valientes siempre se sienten horribles. Si se sintieran bien, las haría todo el mundo.

Alegra se comió tres galletas más. Héctor no hizo preguntas. No presionó. No dio consejos. Solo se quedó ahí, sentado en el suelo, compartiendo galletas Marías con una mujer que necesitaba exactamente eso: alguien que se quedara sin pedir explicaciones.

A las ocho, se levantaron. Héctor le ofreció la mano para ayudarla a pararse.

—Oye —dijo, antes de salir.

—¿Qué?

—Si necesitas algo —dinero, un abogado, un primo que trabaja en la fiscalía, o simplemente alguien que te cuente chistes de pingüinos—, me llamas. A cualquier hora.

Alegra lo miró. Los ojos se le llenaron de agua otra vez, pero esta vez no de tristeza.

—Gracias, Héctor.

—No me agradezcas. Agrádecele a los pingüinos. Son los verdaderos héroes de esta historia.

En el estacionamiento, Don Felipe la esperaba. La puerta del auto estaba abierta.

—Buenas noches, señorita Vega. ¿Todo bien?

—Todo bien, Don Felipe.

Se subió. El auto arrancó. Las luces de Santa Fe se quedaron atrás.

Su teléfono vibró. Un mensaje de su madre:

"Alegra, no te olvides de lo de tu padre. Contéstame pronto."

Alegra miró el mensaje. Lo leyó dos veces. Cerró el teléfono.

No respondió.

No esa noche. No al día siguiente. No la semana que venía.

Porque Alegra Vega había aprendido algo a los dieciocho años que su madre nunca le enseñó: que decir "no" no es un acto de crueldad. Es un acto de supervivencia.

Y que la puerta que cerró al salir de esa casa era la primera puerta que había cerrado por decisión propia. Y no pensaba abrirla.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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