En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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CAPÍTULO 1 AFRODISÍACO
[Aelion Príncipe Heredero de Aethelgard con 200 años...]
Aelion
El acero de mi daga de caza refleja el sol de la mañana mientras ajustaba el tahalí a mi pecho. El cuero bien curtido con olor a tierra, a bosque y a libertad.
Cada semana, cuando los rayos dorados apenas rompían el dosel de Aethelgard, me despojaba de las capas ceremoniales de la realeza para vestir la ropa de un cazador.
No cazaba por deporte. Jamás me ha gustado el derramamiento de sangre por mero vanismo aristocrático. Cazaba porque en los márgenes de nuestro glorioso reino, y en las comarcas contiguas, existían familias vulnerables y un centro medicinal en la frontera administrado por mi madre donde la carne fresca era una bendición necesaria.
Hoy era día de donación de recursos. El cargamento de suministros saldría al mediodía, y yo debía internarme en la espesura del bosque para asegurar la caza mayor antes de que el sol alcanzara su cénit.
—¡Diosa Aliane! —musité entre dientes, cerrando los ojos al escuchar unos pasos demasiado conocidos resonar sobre los adoquines pulidos del pasillo real—. ¿Qué mujer más insoportable? Que la Diosa de la Naturaleza me conceda paciencia, porque no me deja en paz un solo momento.
No pasaba por desapercibida ni aunque se lo propusieran. La princesa Isolda avanzaba hacia mí con ese andar grácil pero ensayado que tanto aborrecía. Su deslumbrante cabellera celeste caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y su vestido de seda fina arrastraban un rastro del perfume dulzón que solía marearme. Sabía muy bien lo que quería. Estaba obsesionada conmigo desde que teníamos apenas sesenta años; casi un siglo persiguiéndome como una sanguijuela, convencida de que su estatus y su linaje puro la convertían en la única opción lógica para ser mi futura reina.
Con su mejor sonrisa y una voz que pretendía sonar dulce pero que a mis oídos sonaba a tormeto, se interpuso en mi camino.
—¿Vas de caza, mi príncipe? —preguntó, pestañeando lentamente.
—Así es, Isolda —respondí sin detenerme del todo, ajustando la cuerda de mi arco de madera de roble ancestral—. Debo ir a la caza semanal para donar al sanatorio... y me estás retrasando un poco.
—Oh, lo siento —dijo ella, llevando una mano delicada a su pecho en una pose dramática que no me creí en absoluto—. Pero antes de irte, déjame darte una copa. Un trago de buen néctar para desearte buena suerte en las profundidades de la espesura del bosque.
Acepté a regañadientes. Sabía por experiencia que si me negaba rotundamente, armaría una escena sutil o me seguiría hasta los establos. Quería quitármela de encima lo antes posible, así que la acompañé al salón lateral.
El salón estaba iluminado por grandes ventanales de cristal. Isolda se acercó a la mesa de plata donde reposaban las jarras de néctar élfico. Se tomó su tiempo, dándome la espalda durante unos segundos mientras servía el líquido dorado en dos copas de cristal labrado. Cuando se giró, su sonrisa era brillante, casi triunfal. Me entregó la copa y tomó la suya.
Ahí, mientras bebíamos del néctar fresco, intentó sacar más conversación. Me habló de los banquetes de la próxima semana, de los vestidos que había mandado a confeccionar, de lo majestuoso que se vería el reino bajo el festival de verano. Yo apenas asentía, tomando tragos largos para terminar el elixir rápido. La frustración comenzaba a apretarme la garganta; el sol seguía subiendo y el sanatorio esperaba los víveres.
—Debo irme, Isolda —dije, apoyando la copa vacía en la mesa con decisión.
—¡Espera, Aelion! Solo un momento más, quería comentarte sobre...
—¡Princesa Isolda! —la interrumpió de pronto una doncella que entró apresuradamente al salón, haciendo una reverencia torpe—. Su madre la busca. Es urgente.
—No puedo ahora —respondió Isolda de inmediato, la dulzura de su voz agrietándose por un instante al mostrar su verdadera frialdad egocéntrica.
—Es realmente urgente, mi señora. La reina Nebiula requiere su presencia de inmediato en los aposentos del ala este.
Esa era mi señal.
Sin perder un solo segundo ni escuchar los llamados que Isolda comenzó a exclamar a mis espaldas, me puse de pie y me marché a pasos agigantados. Dejé atrás el perfume empalagoso y el mármol del palacio, descendiendo a buen ritmo hacia la zona de los grandes establos reales.
Allí me esperaba Albus.
A la vista de cualquiera, Albus era un semental de pelaje blanco impoluto, de porte majestuoso y musculatura envidiable. Pero en realidad, Albus era un cambiaforma del reino de Oakhaven con quien había entablado una conexión de hermandad profunda hacía varias décadas. Él prefería vagar por Aethelgard en su forma equina, y al muy infeliz le gustaba ser montado, alegando que la velocidad de un corcel élfico no tenía comparación con nada en el mundo. Sin embargo, su actitud siempre rozaba lo impertinente.
En cuanto me vio acercarme con la aljaba al hombro y el rostro serio, sacudió su crin y dejó escapar un relincho que sonó sospechosamente a una risita burlona.
—Llegas tarde, su alteza —resonó su voz en mi mente, cargada de ese sarcasmo natural de los suyos—. Pensé que tu querida princesa te había convencido de quedarte a bordar cortinas.
Le dirigí una mirada letal mientras ajustaba la montura sobre su lomo.
—Vamos ya, Albus —le advertí con un tono amenazante y sardónico—, o pondré una flecha en tu trasero antes de que lleguemos al límite del bosque. Cierra el hocico.
Albus soltó un bufido teatral, pero no insistió. Subí a su lomo de un salto ágil y partimos al galope. Las calles de adoquines pulidos de Aethelgard se desvanecieron rápidamente tras nosotros, dando paso a la tierra húmeda y los senderos envueltos en raíces gigantescas que marcaban la entrada al Coto Real. El aire fresco de la mañana nos recibió con el aroma a pino, musgo y flores silvestres.
Como siempre hacíamos al llegar al corazón del bosque, le di a Albus el tiempo libre para que fuera a recorrer el territorio o tomar su forma original si lo deseaba, citándolo cerca del arroyo al mediodía. Se alejó al galope entre la maleza, dejándome solo en el silencio absoluto de la naturaleza.
Desenfundé mi arco. Mi objetivo era un ciervo noble, de los que abundaban cerca de la linde con los pueblos humanos. Caminé con el sigilo que solo un elfo de doscientos años domina, sin hacer crujir una sola hoja seca.
Pero a los pocos minutos, algo comenzó a cambiar dentro de mí.
Al principio pensé que era el calor del mediodía abriéndose paso entre el frondoso dosel de los árboles, pero no. El aire a mi alrededor seguía siendo fresco. El calor venía de adentro. Era una llamarada violenta que se encendió en el centro de mi pecho y se propagó como fuego salvaje por mis venas.
Tragué saliva, pero mi garganta estaba seca como la arena. Mi piel comenzó a arder. Sentí un sudor frío recorrer mi frente, mientras la musculatura de mi espalda y mis piernas se tensaba involuntariamente. El corazón me martilleaba el pecho a un ritmo frenético, y de repente, una oleada de excitación pura, descontrolada y brutal me golpeó como un mazo.
Me apoyé contra el tronco de un enorme roble, jadeando. La vista se me nubló por un segundo. Mi cuerpo, que durante dos siglos jamás había conocido el contacto con una mujer, jamás había reaccionado de esta manera tan destructiva, estaba fuera de mi control. La sangre me ardía en la entrepierna con una necesidad física tan agónica que me dobló por la mitad.
¿Es por el néctar?
La imagen de Isolda dándome la espalda en la mesa del salón vino a mi mente con una claridad cegadora. La muy maldita. Me había preparado una trampa. Había vertido algun afrodisíaco concentrado en mi copa para atraparme, para obligarme a caer en su cama bajo el efecto de la poción. De no haber sido por la interrupción de la doncella, ahora mismo estaría prisionero de su engaño.
—Maldita seas, Isolda... bruja embustera —gruñí, apretando los dientes con tal fuerza que sentí el sabor a hierro en la boca.
El calor era desesperante. No era una simple tentación; era un veneno diseñado para doblegar la voluntad de un elfo pura sangre. Caí de rodillas sobre el musgo, enterrando los dedos en la tierra húmeda intentando conectar con la magia de la naturaleza para purgar mi sistema.
Pero la poción era demasiado fuerte. La fiebre me consumía los sentidos, distorsionando mis pensamientos, llevándome al borde del colapso. Necesitaba apagar el fuego o mi cuerpo colapsaría por la presión de mi magia sobrecalentada.
Fue entonces cuando escuché el crujido de una rama a lo lejos.
Levanté la cabeza con dificultad, respirando entrecortadamente. A través de la penumbra del bosque, entre los rayos de luz que filtraban las hojas, vi una figura.
Era una mujer.
Al principio pensé que el veneno me estaba haciendo alucinar. Parecía sacada de un sueño, una visión casi irreal. Tenía una deslumbrante cabellera castaña que caía en ondas sobre sus hombros y una silueta curvilínea de proporciones perfectas que el humilde vestido de tela sencilla no lograba ocultar. Su piel era blanca como la leche, pero lo que me paralizó por completo fueron sus ojos: un par de gemas de color ámbar profundo que brillaban con el asombro y el temor de quien se encuentra con un depredador en el bosque.
Al verme agonizar en el suelo, rodeado por la aureola de mi propia magia de sanación descontrolada, dio un paso atrás, asustada.
—¡Espera! —logré exclamar, mi voz rasposa, gruesa y cargada de una necesidad primaria que ni yo mismo reconocí.
Ella no lo pensó. Se dio la vuelta e intentó escapar internándose entre los matorrales.
Pero la adrenalina y el instinto salvaje que la poción había despertado en mí destruyeron cualquier rastro de duda. Fui más rápido. Mucho más rápido. Me impulsé del suelo y, en un par de zancadas invisibles para el ojo humano, me crucé en su camino, rodeándola con mis brazos y atrapándola contra la corteza de un arbol.
—¡No! ¡Por favor, déjame ir! —suplicó ella, sofocando un grito mientras sus manos pequeñas chocaban contra el volumen de mi pecho.
Estar tan cerca de ella fue una tortura refinada. Su aliento olía a flores de campo, y al mirar su cara tan de cerca, quedé hipnotizado por la curva de sus labios. Dioses, era hermosa. Una mestiza, de sangre humana y élfica, radiante de una belleza pura que no tenía nada que ver con la falsa perfección de las damas de la corte.
—Por favor... —supliqué yo esta vez, la voz quebrándoseme mientras el sudor me corría por el cuello y mi cuerpo se presionaba contra el suyo, temblando por el esfuerzo de no perder la cordura—. Me drogaron... me pusieron un veneno en la bebida...
Ella abrió mucho los ojos ámbar, aterrorizada pero leyendo la agonía real en mi mirada.
—Necesito... necesito sacarme el alivio —jadeé, pegando mi frente a la suya, sintiendo cómo el calor insoportable amenazaba con abrasarme por dentro—. Por favor, ayúdame. Ayúdame a calmar este fuego... y te recompensaré con lo que pidas. Te lo suplico.
La mestiza intentó negar con la cabeza, asustada por la intensidad de un elfo descontrolado, pero la fuerza del destino y la pasión sofocante del bosque ya habían comenzado a tejer su trampa alrededor de los dos.