Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 10: Una invitación especial
Al día siguiente me desperté con una sonrisa. No sé por qué, pero desde que había conocido a Mileidis sentía que mis días eran diferentes.
Como siempre, salí temprano con mi papá, Jeico Morales, a pescar. Esa mañana el mar nos trató bien. Sacamos bastantes bocachicos, mojarras, róbalos, pargos, corvinas, sierras, bagres y jureles.
Cuando terminamos, recorrí las calles de Cartagena vendiendo el pescado.
—¡Lleve el bocachico fresco! ¡Lleve la mojarra! ¡Lleve el róbalo! ¡Lleve el pargo! ¡Lleve la corvina! ¡Lleve la sierra! ¡Lleve el bagre! ¡Lleve el jurel!
Ese día la venta estuvo excelente.
Al regresar donde estaba mi papá, saqué las cuentas.
—Pa, vea... ayer me sobró una platica de las ventas y hoy también nos fue bien.
Él sonrió orgulloso.
—Gracias a Dios, mijo.
Guardé el dinero en el bolsillo y pensé en Mileidis.
Recordé que el día anterior me había contado que no tenía trabajo y que incluso había pasado la mañana sin desayunar.
No podía dejar de pensar en eso.
Así que caminé hasta la playa, esperando encontrarla.
No pasó mucho tiempo cuando la vi caminando cerca de la orilla.
—¡Ajá, sirenita!
Ella volteó y sonrió un poquito.
—Hola... pescador.
Me acerqué.
—¿Cómo amaneciste?
—Mucho mejor, gracias.
La miré unos segundos.
—¿Ya almorzaste?
Ella bajó la mirada.
—Todavía no.
Sonreí.
—Entonces vení conmigo.
Ella arqueó una ceja.
—¿Pa' dónde?
—A mi casa.
Abrió los ojos de inmediato.
—¿A tu casa?
—Sí.
Ella parecía dudosa.
—No sé... como que me da pena.
Me reí.
—¿Pena por qué? Mi abuela cocina riquísimo.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Y no voy a incomodar?
—Claro que no. Además, ayer me sobró un dinero de la venta del pescado y quiero invitarte a almorzar.
Ella negó con la cabeza.
—No hace falta.
—Sí hace.
—No quiero que gastés tu plata en mí.
La miré con una sonrisa.
—La plata vuelve. Lo importante es que no pasés hambre.
Ella guardó silencio unos segundos.
Después suspiró.
—Bueno... pero solo porque insistís mucho.
—¡Así me gusta!
Comenzamos a caminar por las calles de Cartagena.
Mientras avanzábamos, conversábamos de muchas cosas.
—¿Y cómo te trata Cartagena? —le pregunté.
—Todavía me estoy acostumbrando.
—¿Extrañás Santa Marta?
Ella sonrió con nostalgia.
—Muchísimo.
—Extraño las playas donde crecí, a mis vecinos... y sobre todo a mi mamá.
Le di una mirada de comprensión.
—Ella estaría orgullosa de vos.
Mileidis bajó la cabeza y sonrió con tristeza.
Seguimos caminando hasta llegar a mi casa.
Apenas Yurani nos vio entrar, dejó de hacer arepas y abrió los ojos como platos.
—¡Ave María! ¡Cristian trajo visita!
Yo me reí.
—Sí.
Mi hermana se acercó con una sonrisa pícara.
—¿Y quién es esta muchacha tan bonita?
Antes de que yo respondiera, Mileidis habló.
—Mucho gusto. Soy Mileidis.
Yurani le dio un abrazo.
—Bienvenida.
En ese momento salió mi abuela Rosa desde la cocina con un delantal puesto.
—¿Quién llegó?
La miró con cariño.
—¡Qué muchacha tan hermosa!
Mileidis sonrió con timidez.
—Mucho gusto, señora.
—Nada de señora. Decime Rosa o abuela, como prefirás.
Mi abuela nos hizo pasar al comedor.
Sobre la mesa había arroz con coco, pescado frito, patacones, ensalada y limonada bien fría.
El olor era delicioso.
—Siéntense, que la comida se enfría.
Mileidis me miró antes de sentarse.
—Gracias por invitarme.
Yo le sonreí.
—No tenés que agradecer.
Mi abuela comenzó a servir los platos mientras Yurani nos observaba con una sonrisa traviesa.
Yo ya sabía esa mirada.
Seguro después iba a empezar a molestarme con que había llevado a la "sirenita" a la casa.
Pero en ese momento no me importaba.
Lo único que quería era que Mileidis, por primera vez desde que había llegado a Cartagena, pudiera disfrutar una comida caliente rodeada de personas que la recibían con cariño.