Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 14: EL CASO CRUZ
A mí me tocó por error.
En Beccar Varela, los casos de homicidio no se los dan a una pasante de 25 años que entró hace 8 meses. Se los dan a socios con 20 años de carrera y traje a medida.
Pero esa semana, dos socios se enfermaron con gripe A, otro se fue a un congreso a Madrid, y quedó una carpeta en la sala de reuniones que nadie quería agarrar porque era imposible.
CASO CRUZ - DEFENSA DE LA QUERELLA. HOMICIDIO DE LUCÍA CRUZ.
Méndez me llamó a su oficina.
"Rivas, ¿vos te animás a algo grande?".
Me mostró la carpeta.
Lucía Cruz, 27 años, encontrada muerta en su departamento en Palermo. Su novio dijo que fue suicidio. La policía cerró el caso como suicidio. Pero el hermano de Lucía, Tomás Cruz, de 29, estaba convencido de que la había matado el novio. Había contratado a Beccar para que reabran la causa y constituyan a la familia como querellante. No para defender al acusado. Para buscar justicia.
Era el caso al revés. Yo no tenía que defender al asesino. Tenía que defender al hermano que quería que se haga justicia.
Era complicadísimo. No había pruebas. No había ADN. No había testigos. Solo el instinto de un hermano.
"¿Por qué nadie lo quiere?", pregunté.
"Porque el novio es hijo de un juez federal. Y porque si perdemos, vamos a salir en todos los diarios como el estudio que acusa sin pruebas. Es un caso para perder plata y prestigio", me dijo Méndez. "Pero si lo ganás, Rivas... te haces famosa".
"Lo quiero", dije. Sin pensarlo.
Me instalé en mi departamento con la carpeta. Eran 400 fojas. Fotos. Pericias mal hechas. Un informe de autopsia que decía "causa de muerte dudosa".
A las diez de la noche, me llegó un mensaje de Marcos.
¿Seguís despierta? Vi luz en tu balcón desde la calle. Vine a traerle comida a mi tía.
Yo: Estoy con un caso. Me vuelvo loca.
Marcos: ¿Subo?
Subió. Con su mochila enorme y dos cafés de kiosco. Como siempre.
Le conté el caso. Él se sentó en el piso, porque mi departamento era tan chico que no había dos sillas.
"Elena, acá hay algo raro", me dijo, leyendo el informe de la policía. "Dicen que Lucía se cayó de la silla. Pero en la foto, la silla está perfectamente acomodada debajo de la mesa. Si te caés, la tirás".
Esa fue la primera noche.
Después fueron todas las noches.
De día, yo era la abogada de Beccar. Iba a Tribunales, pedía reapertura, me peleaba con fiscales que me decían "piba, dejá de hinchar". De noche, Marcos venía a mi depto. Poníamos las fotos en el piso, como en las películas. Él, que no era abogado penalista, veía cosas que yo no veía porque estaba metida en el código.
"Acá", me dijo una noche, a las 2 de la mañana. "El novio dice que se fue a comprar cigarrillos a las 22:15 y volvió a las 22:40 y la encontró. Pero en el ticket del kiosco que él mismo aportó, dice 23:05. Se equivocó de ticket. No estuvo 25 minutos afuera. Estuvo una hora y veinte. ¿Qué hizo en esa hora?".
Fuimos a ver al kiosquero de Palermo. Yo con mi credencial de Beccar. El kiosquero se acordaba: "Sí, ese pibe vino, pero estaba re nervioso, compró un agua y se fue para el lado contrario a su casa".
Con eso pedí la reapertura. El juez la concedió.
El juicio duró tres semanas. Yo alegué 40 minutos. Sin leer. Mirando al tribunal. Conté la historia de Lucía, no el artículo 79 del Código Penal. Conté que Lucía quería ser veterinaria. Que había rescatado a 12 perros. Que su hermano la extrañaba todos los días.
El último día, el novio se quebró y confesó. Dijo que habían discutido, que la empujó, que se golpeó la cabeza contra la mesada y que, por miedo, armó la escena del suicidio.
Culpable. Homicidio simple. 12 años.
Salí de Tribunales y había periodistas. Por primera vez, una pasante de Beccar salía en la tapa de Infobae: "La abogada de 25 años que reabrió el caso Cruz y logró justicia contra el hijo de un juez".
Tomás Cruz, el hermano de Lucía, me abrazó llorando en la puerta.
"Gracias, doctora. Mi hermana ahora puede descansar".
Esa noche, Beccar me efectivizó. Con sueldo en dólares. Con oficina propia. Con mi nombre en la puerta.
Llegué a mi departamento y Marcos estaba esperándome en la puerta, con la misma mochila enorme y dos hamburguesas baratas de siempre.
"¿Viste? Te dije que esa silla estaba muy acomodada", me dijo.
Me reí. Lloré. Lo abracé.
"Ganamos, Torres. Ganamos".
"Ganaste vos, abogada famosa. Yo solo traje café".
"Ganamos los dos", le dije. Y lo miré. De verdad lo miré.
Ya no era el pibe que me decía pastelito. No era el que me debía una disculpa. Era el que se había quedado todas las noches en el piso de mi departamento, sin pedirme nada, ayudándome a encontrar una hora que no cerraba en un ticket.
Era el que sobraba, como yo.
Y ahí, en el palier chiquito de mi departamento de dos ambientes, con olor a hamburguesa barata y con el nombre mío todavía sin poner en la puerta de Beccar, lo besé.
Yo lo besé a él.
"¿Esto qué es?", me preguntó, asustado.
"Esto es que por fin me enamoré de vos, Torres. ¿Te sirve?".
Se quedó mudo. Por primera vez en tres años, Marcos Torres se quedó sin palabras.
Después sonrió.
"Me sirve un montón, doctora Cruz... digo, Rivas. Perdón, me puse nervioso".
"Decime pastelito una vez más y te revoco la querella", le dije, riéndome.
Y me besó él. Largo. Con gusto a café de kiosco y a justicia.
Esa noche, el limonero del balcón, el que nunca había dado nada, tenía un brote chiquito. Verde. Casi invisible.
Pero estaba ahí.