Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 18
Emilia se recuperó un lunes. La fiebre desapareció, el apetito volvió, y el color regresó a sus mejillas como si alguien hubiera subido el brillo de una pantalla. Sebastián la observó desayunar dos huevos revueltos, una rebanada de pan con aguacate y un jugo de naranja natural sin hacer comentarios. Doña Rosa le sirvió el café con una expresión que Emilia no supo leer — algo entre compasión y advertencia, como la cara de alguien que sabe que va a llover pero no te dice que guardes la ropa.
Los primeros días de recuperación pasaron con normalidad. Emilia volvió a la ANBA, retomó el fénix, le mandó fotos a Daniela de la pluma número quince. Sebastián llegaba a las nueve, cenaban juntos, veían el thriller nórdico de turno — uno sobre un detective danés con problemas de comunicación que a Emilia le recordaba insistentemente a cierto CEO mexicano, aunque no lo dijo en voz alta. La rutina se cerró otra vez alrededor de ellos como un paréntesis cálido.
Emilia empezó a pensar que Sebastián había olvidado lo de la medicina. Que "hablaremos cuando estés bien" había sido una amenaza en caliente, dicha en el momento, sin intención de cumplirla. Se lo dijo a sí misma durante tres días: se le olvidó. Ya pasó. No va a pasar nada.
El jueves, después de cenar, Sebastián dejó los platos en el fregadero y se secó las manos con el trapo de cocina. Lo dobló. Lo colgó.
—Ven a mi estudio.
El tono era el de siempre — bajo, medido, sin inflexión. Pero Emilia lo conocía lo suficiente para saber que la ausencia de inflexión era la inflexión. Que la calma de Sebastián Mendoza era proporcional a la gravedad de lo que venía.
Lo siguió por el pasillo. Cada paso era una cuenta regresiva. El estudio de Sebastián era la única habitación del departamento donde ella no entraba normalmente — era su espacio privado, con un escritorio de nogal oscuro, estantes de libros ordenados por tamaño y una ventana que daba al norte de la ciudad. Esa noche, las cortinas estaban abiertas y las luces de Santa Fe brillaban como un circuito encendido detrás del cristal.
La regla de madera estaba sobre el escritorio. Junto a un vaso de agua. Junto a un frasco vacío de jarabe.
Sebastián cerró la puerta. Se sentó en la silla del escritorio. Cruzó las piernas. La miró.
—¿Cuántas veces tiraste la medicina?
Emilia se quedó de pie frente al escritorio, con las manos entrelazadas delante del cuerpo. El brazalete de cuentas dzi pesaba en su muñeca como un ancla.
—Cinco —dijo. Luego corrigió—: No, seis.
—Siete.
Emilia lo miró.
—Doña Rosa encontró los residuos siete veces —dijo Sebastián—. En el fregadero. En el baño. Una vez en la maceta de la sala.
La maceta. Emilia cerró los ojos. Había tirado el jarabe en la maceta de la orquídea pensando que nadie lo notaría. Doña Rosa notaba todo.
—Tiraste la medicina que compré para que te recuperaras. Mentiste al decirme que te la tomabas. Mientras tanto, la fiebre no bajaba y te enfermaste peor. ¿Es correcto?
—Sí —dijo Emilia, en voz muy baja.
—¿Qué regla rompiste?
—La primera. No mentir.
—¿Y?
—La tercera. Cuidar mi cuerpo.
Sebastián asintió. Tomó la regla del escritorio. La sostuvo entre los dedos como una extensión de su mano — con familiaridad, sin teatro, como un carpintero que toma su herramienta al inicio de la jornada.
—Ven aquí.
Emilia tragó saliva. Las piernas le temblaban, pero no se negó. Se acercó al escritorio. Sebastián se levantó de la silla, la tomó de la muñeca y la guio hasta quedar de pie junto a él. Con un movimiento que ella ya conocía — que su cuerpo ya conocía — la inclinó sobre sus rodillas.
Esta vez fue en la silla. Sebastián sentado, ella atravesada sobre su regazo, con las manos apoyadas en el suelo y la cara cerca de la alfombra del estudio. La posición era más firme que en el sillón — la silla no tenía el acolchamiento que mitigara el impacto. La falda de mezclilla que llevaba era más gruesa que la del bar, pero Emilia sabía que no haría diferencia.
—Siete veces —dijo Sebastián—. Siete mentiras. Treinta golpes.
Emilia apretó los ojos.
—Sebastián, por favor—
El primer golpe cayó.
Fue diferente. No más fuerte que la primera vez — Sebastián no era un hombre que perdiera el control — pero sí más firme. Más decidido. Como si la primera disciplina hubiera sido una lección y esta fuera el examen. La regla cruzó la tela de la falda y el impacto se expandió como una onda que le recorrió los nervios hasta los dedos de los pies.
Emilia gritó con el tercero.
—¡Ya entendí! —dijo al quinto, con la voz quebrada—. ¡Sebastián, ya entendí!
El sexto cayó. El séptimo. Cada uno con la misma cadencia precisa, como un metrónomo que no conoce la piedad. La mano izquierda de Sebastián le presionaba la espalda baja, sosteniéndola cuando su cuerpo se retorcía, manteniéndola en posición con una firmeza que no era agresión — era contención.
—¿Qué entendiste? —preguntó. La voz era baja, controlada, pero Emilia detectó algo debajo — una tensión que no era ira. Era otra cosa. Algo que le costaba.
—Que no debo mentir— ¡ay! —El décimo golpe le arrancó el pensamiento a medio formarse—. Que no debo— que la medicina—
—Que la medicina es para cuidarte. Que mentir es peor que la enfermedad. Que cada vez que tiras un frasco, estás eligiendo hacerte daño.
El duodécimo. El decimoquinto. Emilia dejó de contar. Las lágrimas le caían sobre la alfombra del estudio, formando manchas oscuras que se expandían como pequeños universos de sal. Los sollozos le sacudían el cuerpo entero. No podía hablar. No podía pensar. Solo podía sentir — el ardor, el peso de su mano, y debajo de todo, la certeza irracional de que estaba exactamente donde tenía que estar.
—La primera vez te advertí —dijo Sebastián, y el vigésimo golpe cayó como un punto final—. No escuchaste. Mentiste de nuevo. No una vez. Siete.
—Lo siento— —hipó Emilia—. Lo siento, lo siento—
—¿Crees que te castigo porque disfruto verte llorar?
—No— —La voz era un hilo.
—Te castigo porque si no lo hago, tú no vas a cuidarte. —Otro golpe. La cadencia no se rompía—. Y yo no puedo perderte.
La frase la atravesó más que cualquier golpe. No puedo perderte. No "no quiero." No "me preocupo." No puedo. Como si la posibilidad de perderla fuera algo que su sistema no estuviera diseñado para procesar — un error fatal en el código de Sebastián Mendoza.
Los últimos golpes cayeron y Emilia ya no sabía si lloraba por el dolor o por las palabras. Probablemente por las dos cosas. Probablemente por todo lo que se había acumulado desde la primera noche en el departamento — la gratitud, la confusión, el deseo, el miedo, la ternura que le provocaba un hombre que no sabía decir "te quiero" pero que se quedaba despierto toda la noche sosteniéndole la mano.
El último golpe cayó. Silencio.
Sebastián dejó la regla sobre el escritorio. Las manos le temblaban. Emilia lo notó — él, que nunca temblaba, que cortaba jitomates con la precisión de un cirujano, que firmaba contratos de miles de millones sin que el pulso se le alterara — le temblaban las manos después de castigarla.
La levantó de sus rodillas con el mismo cuidado con que habría levantado una pieza de cristal. La cargó — un brazo bajo las rodillas, otro en la espalda — y la llevó al sillón de la sala. La depositó boca abajo sobre los cojines. Emilia hizo un sonido entre quejido y suspiro cuando la tela rozó su piel.
Fue al baño. Volvió con la pomada de árnica y manzanilla. Le subió la falda con manos que todavía temblaban y le aplicó la pomada con las yemas de los dedos — toques suaves, lentos, que transformaban cada punto de dolor en alivio tibio. Emilia se mordió el labio. La transición entre el castigo y el cuidado era tan abrupta que su sistema nervioso no sabía cómo procesarla — el mismo hombre que la hacía llorar la curaba después con una ternura que le deshacía los huesos.
Fue a la cocina. Volvió con té de manzanilla. Se sentó junto a ella. La envolvió en la cobija de lana que Doña Rosa dejaba en el respaldo del sillón. Emilia se pegó a su pecho — la mejilla contra su camisa, las manos agarrándole la tela — y lloró. Lloró hasta que se le acabaron las lágrimas y lo único que quedó fueron hipidos y el sonido de su propia respiración normalizándose.
—No vuelvo a tirar la medicina —dijo, contra su pecho.
Sebastián le besó la coronilla. Los labios se quedaron ahí un segundo más de lo necesario — presionados contra su cabello, absorbiendo el olor a shampoo de coco que él mismo se había asegurado de que estuviera en el baño.
—Más te vale —dijo. Y la voz, que llevaba toda la noche siendo acero, se quebró en la última sílaba. Solo un quiebre. Mínimo. Imperceptible para cualquiera que no tuviera la oreja pegada a su pecho.
Emilia lo escuchó. Se apretó más contra él. No dijo nada. No hacía falta.
Se quedaron así hasta que ella se durmió — acurrucada contra el hombre que la castigaba y la cuidaba con la misma intensidad, envuelta en una cobija de lana que olía a lavanda, con el sabor del té de manzanilla todavía en los labios y la certeza de que lo que sentía por Sebastián Mendoza había cruzado un punto del que ya no había retorno.
Cuando despertó a la mañana siguiente, Sebastián ya se había ido a trabajar. Sobre la mesita de noche había un vaso de agua de limón con miel, una dosis de jarabe medida en el vasito de plástico, y una nota adhesiva con letra pequeña y precisa:
"Tómatela. Confío en ti."
Emilia se tomó la medicina de un trago. Le supo al mismo jarabe horrible de siempre. Pero esta vez no se quejó.