Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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11
El rey murió al amanecer.
No hubo campanas. No hubo anuncio inmediato. Solo un cambio imperceptible en el aire de la cámara, como si algo antiguo hubiera decidido retirarse por fin. El último aliento fue breve, irregular, y terminó sin dramatismo, con un suspiro que no llegó a ser palabra.
Natalie no apartó la mirada.
Estaba a un lado del lecho, rígida, con las manos limpias y el rostro inmóvil. No lloró. No se movió. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
Fue Anya quien reaccionó primero.
—Que nadie salga —ordenó, con la voz firme—. Cerrad las puertas. Avisad al consejo.
Los guardias obedecieron sin pensar. Era lo que siempre hacían.
Natalie habló entonces, y su voz atravesó la habitación como una hoja fina.
—Anotad la hora.
Varios rostros se giraron hacia ella. Un sanador dudó.
—Mi señora…
—La hora exacta —repitió Natalie—. Y que conste que Lady Anya estaba presente.
Anya se volvió despacio.
—Este no es el momento para ajustes políticos —dijo—. Acabas de perder a tu padre.
Natalie la miró por primera vez como a una igual.
—Y tú acabas de perder tu coartada.
Un murmullo recorrió la sala. No de rebelión, sino de incomodidad. De grieta.
Anya respiró hondo y alzó ligeramente la barbilla.
—El rey ha muerto —declaró—. Hasta que el consejo determine…
—Hasta que el consejo determine nada —interrumpió Natalie—, el cuerpo no se moverá.
Silencio.
—La tradición…
—La tradición no protege a los muertos —respondió Natalie—. Protege a los vivos. Y hoy, eso incluye la verdad.
Anya dio un paso hacia ella.
—Ten cuidado, Natalie.
—Lo he tenido toda la noche.
Durante un instante que pareció eterno, nadie habló. Luego, uno de los sanadores carraspeó y comenzó a escribir. Otro lo imitó. El sonido de la pluma sobre el pergamino fue el primer acto real de resistencia.
Anya lo vio.
Y sonrió.
—Muy bien —concedió—. Hazlo a tu manera. Pero recuerda esto: los registros no gobiernan reinos. Las personas, sí.
Natalie no respondió. Se limitó a inclinarse sobre el cuerpo de su padre y cerrar sus ojos con cuidado.
El gesto fue íntimo. Irreversible.
Cuando se incorporó, ya no era solo la hija del rey.
Era la heredera visible de un problema que nadie quería nombrar.
—Quiero ver al consejo reunido antes del mediodía —dijo—. Y quiero que se notifique oficialmente la ausencia del niño.
Eso sí provocó reacción.
—No es prudente —objetó alguien.
—Es necesario —replicó Natalie—. Si el heredero no está, el reino debe saberlo. Si está oculto, también.
Anya la observó con atención nueva.
—Estás forzando el tablero —dijo en voz baja—. Eso suele acabar mal.
Natalie sostuvo su mirada.
—Lo sé. Por eso lo hago ahora.
Más tarde, cuando la cámara quedó casi vacía y el cuerpo fue cubierto con una sábana blanca, Lysandro apareció en la puerta. No entró. Solo asintió una vez.
Raoul había recibido el pliego.
Eso significaba que el error de Anya ya estaba en movimiento.
Natalie se permitió entonces un único gesto humano: apoyó la frente contra la piedra fría de la pared y cerró los ojos durante tres respiraciones exactas.
Luego se enderezó.
El reino de Valthoria acababa de quedarse sin rey.
Y por primera vez, nadie estaba seguro de quién iba a ocupar realmente su lugar.
El consejo se reunió antes de lo previsto.
No por respeto. Por miedo.
La sala circular se llenó de capas oscuras y rostros tensos mientras la luz de la mañana se filtraba por los ventanales altos, demasiado clara para un día de muerte. Natalie entró la última. No llevaba luto aún. No llevaba corona. Solo el mismo vestido de la noche anterior, manchado en un punto mínimo de sangre seca que nadie se atrevió a señalar.
Se colocó en su sitio sin pedir permiso.
Anya ya estaba allí, sentada con la espalda recta, las manos cruzadas sobre la mesa de piedra. A su alrededor, los consejeros evitaban mirarla directamente, como si su sola presencia exigiera una postura.
—Comencemos —dijo Anya—. El reino no puede permitirse vacilaciones.
Natalie dejó que la frase se asentara antes de responder.
—De acuerdo —dijo—. Entonces empecemos por lo evidente.
Sacó un pliego del interior de su capa y lo dejó sobre la mesa. No lo empujó hacia nadie. No hizo falta.
—El rey murió a la sexta hora tras el cambio de dosis ordenado por Lady Anya —continuó—. Los síntomas coinciden con un alcaloide de acción acelerada. Hay registros. Firmas. Testigos.
Uno de los consejeros carraspeó.
—Eso deberá investigarse…
—Se investigará —asintió Natalie—. Pero no es el punto principal.
Anya entrecerró los ojos.
—¿Ah, no?
Natalie levantó la mirada y recorrió la sala con calma calculada.
—El heredero no está en palacio.
El silencio fue inmediato, denso.
—Eso es una acusación grave —dijo alguien.
—Es un hecho —replicó Natalie—. La nodriza ha desaparecido. La habitación fue vaciada con orden. No hubo violencia. Alguien planeó la retirada.
—¿Insinúas un secuestro? —preguntó Anya, con voz suave.
—No —corrigió Natalie—. Insinúo custodia no autorizada.
Un murmullo inquieto recorrió la mesa.
—Mientras el heredero esté ausente —prosiguió Natalie—, el reino no tiene figura visible a la que jurar lealtad. Eso nos deja dos opciones: una regencia declarada… o el caos.
—La regencia es evidente —intervino Anya—. El niño vive. El consejo gobernará en su nombre.
Natalie se volvió hacia ella despacio.
—¿Dónde?
Anya sostuvo la mirada.
—A salvo.
—¿Dónde? —repitió Natalie—. ¿En qué ala? ¿Con qué guardia? ¿Bajo qué juramento?
El silencio volvió a caer, más pesado.
—El consejo no puede aceptar un “a salvo” como respuesta —dijo uno de los hombres mayores—. No hoy.
Anya inclinó apenas la cabeza.
—El niño está protegido por personas de absoluta confianza.
Natalie apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces tráiganlo —dijo—. Ahora.
Alguien negó con la cabeza.
—No es prudente exponerlo…
—No es prudente ocultarlo —respondió Natalie—. Cada hora que pasa sin su presencia convierte su existencia en rumor. Y los rumores matan reinos.
Anya sonrió, sin humor.
—Hablas como si ya gobernaras.
—Hablo como alguien que no piensa permitir que el trono se convierta en una marioneta —replicó Natalie—. No hoy.
El ambiente se tensó. Varios consejeros intercambiaron miradas rápidas. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos pensaban lo mismo: el niño era demasiado pequeño. Demasiado útil. Demasiado peligroso.
—Hay otra opción —dijo entonces Natalie.
Todos se giraron hacia ella.
—Una regencia limitada —continuó—. Temporal. Supervisada. Hasta que el heredero sea presentado públicamente y su custodia sea clara.
—¿Y quién la encabezaría? —preguntó Anya, aunque la respuesta ya flotaba en el aire.
Natalie no vaciló.
—Yo.
El golpe fue silencioso, pero contundente.
—Eres la hija del rey —dijo alguien—, pero no la heredera.
—No lo soy —asintió Natalie—. Por eso mismo no reclamo el trono. Reclamo tiempo. Transparencia. Y control mientras el heredero no pueda ejercer ni ser visto.
Anya se levantó despacio.
—Esto es un abuso de la situación —dijo—. Estás utilizando el duelo para avanzar.
Natalie también se puso en pie.
—Estoy utilizando la realidad —respondió—. Y la realidad es esta: el rey ha muerto envenenado, el heredero ha desaparecido y tú estabas presente en ambos movimientos.
Un murmullo más fuerte, esta vez de alarma.
—Mide tus palabras —advirtió Anya.
—Las mido desde hace años —dijo Natalie—. Tú eres quien ha dejado de hacerlo.
Durante un instante peligroso, pareció que Anya iba a decir algo más. No lo hizo.
Fue Lysandro quien habló desde el fondo de la sala.
—El príncipe Raoul de Ylirion solicita audiencia inmediata —anunció—. Trae un documento sellado con cera negra.
Natalie no se volvió, pero cerró los ojos un segundo.
Anya sí lo hizo. Y por primera vez, su compostura se resquebrajó.
—Que pase —dijo Natalie.
Raoul entró con paso firme. No miró a Anya. Se inclinó ante la mesa y desplegó el pliego.
—Registro de pagos irregulares —leyó—. Traslados nocturnos. Órdenes firmadas por Lady Anya para el uso de pasadizos no oficiales del palacio.
El aire pareció desaparecer de la sala.
Natalie sostuvo la mirada de Anya.
—El error que no pudiste borrar —dijo en voz baja.
Anya no negó nada. No gritó. No se defendió.
Sonrió.
—Crees que has ganado —dijo—. Pero el niño sigue vivo. Y mientras respire, todo esto es solo ruido.
Natalie inclinó ligeramente la cabeza.
—Exacto —respondió—. Y ahora todo el reino sabe que debe escucharlo.
El consejo quedó en silencio.
La decisión aún no estaba tomada.
Pero por primera vez desde el amanecer, el poder ya no estaba en un solo par de manos.
El silencio no se rompió de inmediato.
Se asentó.
Fue un silencio distinto al de la cámara mortuoria: no reverente, sino expectante. Un silencio de cálculo. Los consejeros no miraban ya a Anya ni a Natalie, sino a la mesa de piedra que las separaba, como si en ella fuera a aparecer la respuesta que ninguno se atrevía a pronunciar.
El primero en hablar fue el consejero Harven, el más anciano.
—Si el heredero vive —dijo despacio—, el reino no puede ignorarlo. Pero tampoco puede entregarse a una tutela invisible.
Anya entrelazó los dedos con más fuerza.
—La tutela no es invisible —respondió—. Es discreta. Por su seguridad.
—La seguridad sin rostro es poder sin control —replicó Harven—. Y eso nos ha traído hasta aquí.
Natalie no intervino. Dejó que la grieta se ensanchara sola.
—Una regencia limitada —dijo otra voz— podría ser… aceptable. Temporal. Hasta que el niño sea presentado.
Anya giró la cabeza hacia quien había hablado.
—¿Aceptable para quién?
—Para el reino —respondió el hombre, sin bajar la mirada.
Natalie apoyó una mano en el respaldo de la silla, pero no se sentó.
—No estoy pidiendo confianza —dijo—. Estoy ofreciendo un marco. Fechas. Condiciones. Supervisión directa del consejo.
—¿Y qué pasará cuando el niño aparezca? —preguntó Anya—. ¿Renunciarás con la misma facilidad con la que ahora reclamas?
Natalie la miró con frialdad serena.
—El día que el heredero esté aquí, con su madre, con testigos y bajo juramento público, me apartaré sin una sola palabra más.
—Eso es una promesa —dijo Anya—. Las promesas no gobiernan.
—No —asintió Natalie—. Pero las promesas dejan rastro. Como los pagos nocturnos. Como los pasadizos.
Anya se inclinó hacia delante.
—Estás jugando a desmantelar algo que no entiendes —dijo—. El reino no se sostiene con gestos nobles, Natalie. Se sostiene con decisiones duras, hechas en la sombra.
—No —respondió Natalie—. Se sostiene cuando la sombra deja de decidir por todos.
El consejero Harven levantó la mano.
—Suficiente —dijo—. El consejo deliberará.
Anya frunció el ceño.
—Ahora.
—Ahora —confirmó Harven—. Y sin presencias externas.
Sus ojos se posaron primero en Natalie… y luego, de forma inequívoca, en Anya.
—Ambas —añadió— deberán retirarse.
Por un instante, Anya pareció a punto de protestar. Luego se contuvo. Sonrió con cortesía impecable.
—Por supuesto —dijo—. El reino es lo primero.
Natalie asintió sin responder.
Salieron por puertas opuestas.
El pasillo exterior estaba casi vacío. Antorchas encendidas a plena luz del día, como si nadie hubiera tenido tiempo de pensar en apagarlas. Natalie caminó unos pasos antes de detenerse. Anya hizo lo mismo.
No se miraron de inmediato.
—No has ganado —dijo Anya al fin—. Solo has hecho ruido.
—El ruido despierta a quienes fingían dormir —respondió Natalie.
Anya se volvió entonces.
—Cuando el niño reaparezca —dijo—, todo esto se volverá contra ti. Serás la mujer que quiso gobernar mientras el heredero respiraba.
Natalie sostuvo su mirada sin pestañear.
—Y tú serás la mujer que lo escondió.
El golpe fue limpio.
Anya dio un paso atrás. No de miedo. De reconocimiento.
—Ten cuidado —repitió—. El final aún no ha llegado.
—Lo sé —dijo Natalie—. Por eso sigo aquí.
Anya se alejó sin responder.
Natalie permaneció inmóvil unos segundos más, hasta que Lysandro apareció a su lado.
—Han cerrado las puertas —informó en voz baja—. Deliberan.
—¿Raoul? —preguntó ella.
—Fuera. A salvo. El documento ya circula.
Natalie exhaló despacio.
—¿Y Sonya?
Lysandro negó con la cabeza.
—Nada aún.
Natalie cerró los ojos un instante. Luego se volvió hacia una de las ventanas altas. Desde allí se veía el patio interior del palacio. Guardias cambiando turnos. Criados que murmuraban. Vida continuando alrededor de una ausencia.
—Si el consejo acepta —dijo—, Anya no se quedará quieta.
—Nunca lo hace.
—Buscará al niño antes de que yo pueda hacerlo público.
Lysandro la miró con atención.
—¿Y tú?
Natalie apoyó la mano en el alféizar de piedra.
—Yo voy a hacer lo que ella no espera.
—¿Qué?
Natalie abrió los ojos. En ellos no había duda. Solo decisión.
—Voy a convertir al heredero en un problema demasiado visible para seguir ocultándolo.
Lysandro entendió.
—Eso es peligroso.
—Todo lo que importa lo es.
En ese momento, las puertas del consejo se abrieron.
Un heraldo salió al pasillo. Tragó saliva antes de hablar.
—Por decisión del consejo de Valthoria —anunció—, se decreta una regencia provisional, efectiva de inmediato, hasta la presentación pública del heredero legítimo.
Hizo una pausa.
—La regente será… la princesa Natalie.
No hubo aplausos.
Solo un cambio imperceptible en el aire.
Natalie no sonrió. No inclinó la cabeza. No dijo gracias.
Se limitó a asentir.
Porque sabía algo que nadie más en ese pasillo comprendía aún:
la regencia no era el final de la lucha.
Era el principio.