La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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Fernando.
—¿Funcionar? —Fernando escupió un poco de sangre y miró a Carmen con desesperación—. Ese matrimonio nunca iba a funcionar, madre. Sebastián no la quiere, la posee. Es un trofeo que compró para el, estoy seguro que otro hombre haría feliz a Anna.
—¡Otro hombre no! —le gritó Carmen, perdiendo la paciencia—. Tú. Estás hablando de ti mismo, Fernando. ¡Deja de engañarte!
Carmen lo señaló con un dedo tembloroso, mientras las lágrimas seguían surcando sus arrugas.
—Esa nobleza tuya nos va a enterrar a los dos. Sebastián Sáenz tiene el dinero para comprar jueces, policías y hasta el aire que respiramos. Para él, Anna es un contrato firmado con sangre, y tú eres el error que quiere borrar. Si de verdad la quieres, la mejor forma de que ella esté a salvo es que tú no existas en su vida.
—No puedo, madre —dijo Fernando finalmente, con una voz que ya no era de miedo, sino de una resolución suicida—. Si me voy, le doy la razón. Si me voy, ella pensará que la dejé sola con ese monstruo.
— Basta Fernando, no te das cuenta que Anna es una mujer casada, ya no es la misma chiquilla con la que jugabas en el jardín, deja de jugar al héroe y déjala tranquila, para que su marido no le haga daño y si tú problema es que ella te gusta como mujer olvídate, por qué ella no es para ti.— dijo Carmen molesta entrando a su casa.
Fernando se quedó solo en el patio, con el sabor metálico de la sangre en la boca y las palabras de su madre resonando como una sentencia de muerte. El silencio que siguió al portazo de Carmen fue interrumpido únicamente por el cacareo distante de la gallina y el viento que soplaba sobre el lodo.
Se limpió la cara con la manga, dejando una mancha roja y marrón en la tela. Las palabras de su madre le dolían porque tenían una pizca de verdad que odiaba admitir: Anna ya no era la niña que corría entre los árboles. Era la esposa de uno de los hombres más peligrosos y poderosos de la región.
—"No es para ti" —repitió Fernando en un susurro, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Tal vez no sea para mí, madre... pero tampoco es un animal para que ese hombre la tenga enjaulada y cuando la salve talvez yo sea suficiente para ella.
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Por otro lado Sebastián y Anna llegaron a una gran casa en el campo alejados de todos tan grande que Anna estaba nerviosa al ver que el auto avanzaba y la entrada de la casa aún no se veía.
Cuando por fin llegaron a la entrada, Sebastián bajo del auto y abrió la puerta de Anna.
— No bajaré, llévame de vuelta.— dijo Anna nerviosa.
— Vamos Anna deja de comportate como una niña malcriada y baja ahora mismo.— dijo Sebastián levantando la voz.
Sebastián no esperó a que ella cambiara de opinión. Con un movimiento rápido y autoritario, la tomó del brazo y la obligó a salir del vehículo. El aire del campo era gélido, y el silencio de la propiedad, interrumpido solo por el crujido de la grava bajo sus pies, resultaba asfixiante para Anna.
—¡Suéltame! ¡Me lastimas! —exclamó ella, tratando de zafarse, pero el agarre de Sebastián era como una esposa de hierro.
Él la arrastró prácticamente hacia los grandes escalones de mármol de la entrada. La mansión se alzaba ante ellos como un mausoleo elegante; las ventanas oscuras parecían vigilar cada uno de sus movimientos.