Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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El veneno de una serpiente
Punto de vista de Sofía
El maldito de Julián piensa que soy estúpida. Cree que mis ojos solo ven el brillo del oro y que mi única función en este mundo es gastar la fortuna que ayudé a arrebatarle a la "santa" de Elena. Lo que ese imbécil no sospecha es que yo también lo estoy cazando; un hombre capaz de orquestar lo que él hizo con su primera esposa no es fuente de confianza para nadie, y yo no pienso terminar en el fondo de ningún lago.
Esa mañana, cuando salió de la mansión con esa mirada de urgencia que conozco tan bien, decidí seguirlo. El muy idiota compró mi actuación de la migraña sin dudarlo, así que no tomó ninguna precaución. Lo seguí a una distancia prudente hasta un alquiler de autos de dudosa reputación, donde lo vi cambiar su deportivo por un vehículo mediocre y anónimo. Mi instinto se puso en alerta roja: Julián solo se esconde cuando está a punto de cometer una estupidez o una traición.
Llegó hasta el estacionamiento de uno de los clubes más exclusivos de la ciudad, un lugar donde nosotros, a pesar de nuestro apellido, todavía no éramos bienvenidos. Se quedó allí, acechando como un animal hambriento, hasta que una camioneta blindada de último modelo se parqueó a unos metros.
De ella bajó Alix Thorne.
Era ella, la misma mujer que hace apenas un par de noches me había humillado con esa elegancia gélida y ese veneno sutil que solo la gente con verdadero poder sabe escupir. Sentí la ira desbordándose de mi pecho al ver a Julián bajar de su escondite y abordarla. El traidor ya estaba buscando un reemplazo para mí, repitiendo el mismo patrón que usó con la estúpida de Elena. Pero yo no soy Elena; yo no voy a quedarme rezando mientras él diseña mi caída.
Tomé mi teléfono con las manos temblando de furia contenida y capturé el momento exacto: Julián acercándose de manera insinuante, invadiendo el espacio de esa serpiente, con esa mirada de deseo que solía dedicarme solo a mí.
—Veamos qué piensa el gran e implacable Adrián Valenzuela de esto —susurré, sintiendo una amarga satisfacción.
Si Julián quería jugar a dos bandas, yo le prendería fuego al tablero. Encendí mi auto con la determinación de quien va a la guerra con la mitad de la batalla ganada. No regresé a casa. Conduje directamente hacia el centro financiero, hacia la torre de cristal que albergaba las empresas Valenzuela.
Estaba decidida a hablar con Adrián. Si él era tan posesivo y peligroso como decían los rumores, no se tomaría nada bien que el "muerto de hambre" de Julián Ferrara estuviera acosando a su esposa en un estacionamiento. Nada ni nadie me iba a detener; si Julián planeaba hundirme, yo le entregaría su cabeza a los Valenzuela en una bandeja de plata.
Llegue a la empresa de los Valenzuela, una estructura imponente de metal y vidrios que se alzaba como una bestia queriendo deborar al mundo.
La recepcionista me miró con ojos cargados de sospecha, pero guardó silencio. Se comunicó con la asistente personal de Adrián y, tras una breve confirmación, me entregó un gafete electrónico indicándome el camino hacia el Olimpo de las finanzas: la oficina de presidencia.
Llegué al último piso de aquel majestuoso edificio. La decoración era impecable, un despliegue de opulencia minimalista que gritaba poder en cada detalle de mármol y cristal. Caminé por el largo pasillo, el sonido de mis tacones resonando contra las paredes como una cuenta regresiva. Al llegar al puesto de la secretaria, esta me recibió con una cortesía profesional.
—Señora Ferrara, el señor la está esperando. Pase, por favor.
Una chispa de vanidad se encendió en mi pecho. Alguna buena impresión debí causarle en la gala para que me atendiera con tanta celeridad, pensé, ajustándome el vestido antes de entrar.
Su oficina era un lugar neutro, tan frío y gélido como el hombre que la habitaba. Su imponente figura se recortaba detrás de un escritorio de caoba maciza. Adrián no se levantó; simplemente clavó sus ojos en mí, con la fijeza de un depredador que ha detectado un movimiento inusual en su territorio. No pude evitarlo: esa mirada me recorrió la espina dorsal con una electricidad que, más que miedo, me resultó excitante.
—¿Qué la trae por aquí, señora Ferrara? —preguntó. Su voz no era una invitación, sino el rugido contenido de una bestia salvaje.
—Siento incomodarte, Adrián. Sé que eres un hombre ocupado —respondí, forzando una familiaridad que no teníamos, mientras me sentaba frente a él—. Pero lo que vengo a decirte es de una gravedad que no admite esperas.
—Lo que tenga que decir, dígalo rápido. Mi tiempo es costoso —su frialdad era un muro de hielo que me hacía temblar bajo la ropa.
—Esta mañana, cuando fui al club que frecuento, me encontré con una escena que me rompió el corazón... por ti —hice una pausa dramática, buscando un rastro de emoción en su rostro de piedra, mientras sacaba mi teléfono del bolsillo.
—¿A qué se refiere exactamente? —preguntó, su impaciencia empezando a aflorar en la tensión de sus hombros.
—Puedes verlo por ti mismo. Una imagen vale más que mil mentiras.
Le extendí el teléfono, mostrándole las fotos que había tomado apenas un par de horas antes. Observé con un placer casi orgásmico cómo sus ojos se oscurecían hasta volverse dos pozos de petróleo y cómo su mandíbula se tensaba con una fuerza que amenazaba con romperle los dientes. Había logrado mi objetivo: sembrar la duda, la desconfianza y el odio en el corazón del hombre más peligroso de la ciudad.
En ese preciso instante, la puerta de la oficina se abrió abruptamente. Alix entró con esa elegancia fastidiosa, deteniéndose en seco al verme allí. Sonreí para mis adentros; pronto sentiría en carne propia la furia de un hombre traicionado.
—Señora Ferrara, ¿qué la trae por aquí? —preguntó Alix, frunciendo el ceño, su voz cargada de una confusión que me resultó deliciosa.
—La señora Ferrara vino a mostrarme unas fotos muy interesantes, Alix —intervino Adrián. Se puso de pie con una lentitud amenazante y caminó hacia donde se encontraba su esposa, con el teléfono todavía en la mano—. Unas fotos de tu "encuentro" casual con Julián Ferrara en el estacionamiento del gimnasio.
Alix miró la pantalla y luego me miró a mí. No vi pánico en sus ojos, lo cual me irritó, pero el silencio que se apoderó de la habitación era tan pesado que casi podía tocarse. El juego había comenzado, y yo acababa de tirar la primera carta.