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Secretos Y Pecados.

Secretos Y Pecados.

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Reencuentro / Amor-odio / Mundo de fantasía / Amor a primera vista / Romance
Popularitas:325
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capituló 7:Julián

...Julián...

El aire de la ciudad natal tiene una densidad distinta, una mezcla de nostalgia y expectativa que se te pega a la piel. Al bajar del auto, el aroma a tierra húmeda tras la lluvia reciente y el frescor del césped mojado me golpearon como un recordatorio de quién soy realmente. Mis sentidos, afilados por años de ambición y distancia, se pusieron al mil por ciento. Extrañaba estas tierras, el caos familiar y esa sensación de dominio que solo siento aquí. He vuelto con un plan, con un futuro que he labrado con garras y que es mucho más grande de lo que cualquiera hubiera esperado del "joven Julián". Estoy en un proceso de crecimiento, lo sé, pero los cimientos de mi éxito ya son una realidad innegable.

Sin embargo, antes de enfrentar los protocolos familiares, necesitaba un respiro. Rodrigo, mi socio y amigo, me acompañaba ambos con un propósito distinto pero bajo el mismo camino

—Tienes un problema, Julián —me soltó Rodrigo mientras entrábamos al club más exclusivo de la ciudad—. No puedes pasar una noche sin el calor de una mujer nueva

Me gusta la intensidad del momento, sin las complicaciones del día siguiente.

Nos instalamos en una mesa con vista a la pista. La música vibraba en las paredes, pero mi atención estaba dispersa hasta que, de repente, el mundo pareció quedarse en silencio. En medio del tumulto, una figura destacó como una llamarada. Una pelirroja bailaba con una soltura que rozaba lo pecaminoso. Llevaba un vestido azul que parecía esculpido sobre su cuerpo por los mismos dioses; cada movimiento de sus caderas era una invitación al desastre.

Ignoré por completo lo que Rodrigo decía. Mi mirada se clavó en ella, recorriendo la curva de su espalda, la forma en que su cabello encendido chocaba contra su piel blanca. Sentí un deseo punzante, una necesidad posesiva que rara vez experimento con tal fuerza. Estaba a punto de levantarme para reclamar su atención cuando la iluminación del lugar cambió y ella giró el rostro.

El impacto fue como un choque frontal a cien kilómetros por hora.

No puede ser.

La mujer que me tenía perplejo, la que deseaba hace apenas un segundo, era Gabriela. La "chiquilla" que se había criado entre nosotros. El deseo se transformó instantáneamente en una furia ciega que me quemó la garganta. ¿Cómo se atrevía a estar aquí? ¿Cómo se atrevía a vestirse de esa forma y a moverse así frente a extraños?

Me levanté de golpe, derramando un poco de mi trago.

—¿A dónde vas? —preguntó Rodrigo, confundido.

No respondí. Atravesé la pista como un depredador. Al llegar a ella, la tomé del brazo con firmeza, cortando el ritmo de su baile con el hombre que la acompañaba.

—Es suficiente, Gabriela. Vámonos —mi voz sonó como un látigo.

Ella me miró y, en lugar de miedo, vi esa chispa de rebeldía que siempre me ha sacado de quicio. Sus ojos me retaron, recordándome por qué siempre he mantenido una distancia gélida con ella. Nunca me he permitido demostrarle afecto; para mí, ella es el caos que no puedo controlar. Ignoré sus protestas, sus quejas de que "ya no era una niña", y prácticamente la arrastré fuera del local. El trayecto en el auto hacia la casa fue un silencio sepulcral cargado de estática. La dejé en la entrada sin mirarla, ordenándole que entrara, y regresé al club con el pulso acelerado.

En el camino, mi mente era un campo de batalla. ¿Cómo pude desearla? Me abofeteé mentalmente, asqueado de mi propia reacción momentánea. Era Gabriela, por Dios. Traté de enterrar ese pensamiento bajo capas de desprecio. Me daba igual que estuviera molesta; su comportamiento era inaceptable.

Al volver a entrar al club, encontré a Rodrigo en la barra. Se veía aturdido, tocándose la mejilla.

—¿Pasó algo? —pregunté, tratando de recuperar mi compostura.

—Una mujer me acaba de abofetear, Julián —dijo él, soltando una risa nerviosa.

—Si no te conociera bien, pensaría que te lo mereces. ¿Qué hiciste?

—Nada —respondió Rodrigo, con la mirada perdida en la multitud—. Me dejé llevar por el momento, pero... nada relevante. Quedará en el olvido. O será mía, una de dos.

Lo miré con asombro. Rodrigo nunca era tan directo ni tan intenso con alguien que acababa de conocer.

—Me sorprendes. Tú sueles ser el que no le da importancia a estas cosas.

—Es que tengo el presentimiento de que la volveré a ver —insistió él, ignorando mi escepticismo—. Te das cuenta, Julián... no subestimes este lugar. Hasta una lugareña te dejó encendido.

—Pues si tú lo dices... —murmuré, distraído por mis propios demonios.

En ese momento, vi a Esteban y Esmeralda acercarse. El ambiente familiar se instaló de golpe.

—¡Primo! —exclamó Esteban, sorprendido—. ¿Julián, de verdad eres tú?

—¿Quién más si no? —reí, dándole un abrazo—. Hola, prima.

Esmeralda me sonrió con calidez.

—Qué gusto verte, Julián. ¿Cuándo llegaste?

—Esta tarde. Quise que fuera una sorpresa. Les presento a mi amigo y socio, Rodrigo.

Tras las presentaciones de rigor, noté que Esteban no dejaba de mirar hacia la pista con ansiedad.

—¿Ya se van? —pregunté.

—Casi —respondió Esteban, pasando una mano por su cabello—. Estoy como loco buscando a Gabriela. No me responde el teléfono y me preocupa que esté sola por aquí.

Sentí una punzada de irritación al escuchar su nombre de nuevo.

—¿Ah, eso? Bueno, yo la vi hace rato y la llevé a casa personalmente. Pueden estar tranquilos.

Esmeralda soltó un suspiro de alivio, pero luego frunció el ceño.

—¡Dios, estaba muy preocupada! Pero, ¿por qué no dijeron nada? Ella ni siquiera se despidió.

—Quizás no le di opción —corté de forma tajante—. No pregunten más.

Esteban suspiró, cruzándose de brazos.

—¿Qué vamos a preguntar si ya sabemos cómo eres con ella? Julián, por favor, acéptala de una vez. Es familia, se crió con nosotros. Tiene sentimientos y le duele que la trates siempre con ese desprecio, como si fuera una molestia.

—No la trato mal —mentí, sintiendo el peso de su mirada—. Simplemente prefiero no hablarle. No tenemos nada en común.

—Pero, ¿por qué razón? —insistió Esmeralda.

—Ninguna. Ya es tema cerrado. Bueno, chicos, ya me voy. Mañana llego temprano para el desayuno familiar.

Nos despedimos y caminamos hacia el hotel. El aire nocturno no lograba enfriar mi temperamento.

—¿Qué pasó? —me pinchó Rodrigo mientras caminábamos—. ¿Hoy no hay nadie que te acompañe en la cama?

—Esa chiquilla me amargó la noche —gruñí, apretando los puños en los bolsillos.

—¿Quién?

—Gabriela. Mi prima... bueno, ya sabes. Me saca de casillas siempre que aparece.

Rodrigo soltó una carcajada burlona mientras buscaba las llaves de la habitación.

—Relájate, hombre. Es solo una chica. Mejor vamos a dormir, que mañana tengo mucho que buscar en este pueblo.

Entré a mi habitación, pero el sueño estaba lejos. En la oscuridad, la imagen de Gabriela bailando con ese vestido verde seguía grabada en mi retina, desafiando mi autocontrol y todo lo que creía saber sobre mí mismo.

Y Mientras me desplomaba en la cama del hotel, el silencio de la habitación se llenó con el eco de su risa rebelde. Cerré los ojos, pero no encontré oscuridad, sino un recuerdo nítido que había intentado enterrar bajo años de indiferencia.

Sucedió hace casi dos década. Yo era apenas un niño que empezaba a entender el peso de las expectativas familiares, un chico que ya caminaba con la espalda recta y el corazón blindado. Aquel día, el sol caía pesado sobre el jardín de la hacienda. Mi padre me hablaba de legados y tierras, pero mi atención se desvió hacia un movimiento cerca de los rosales.

Allí estaba ella.

Era la primera vez que la veía. Una niña pequeña, de facciones finas y una mirada que parecía contener una tormenta. Pero lo que me dejó sin aliento, lo que me obligó a detenerme a mitad de una frase, fue su cabello. No era simplemente rojo; era un incendio indomable, una cascada de cobre y fuego que brillaba bajo el sol como si tuviera luz propia. Nunca había visto algo tan vibrante, tan... vivo.

Recuerdo que me quedé perplejo, con el pulso acelerado por una emoción que no supe nombrar. En mi mundo de estructuras rígidas y colores sobrios, Gabriela era una anomalía cromática. Me impresionó su belleza prematura, esa mezcla de fragilidad y fuerza que emanaba incluso antes de abrir la boca.

—Es la chiquilla que se quedará con nosotros —había dicho mi padre con naturalidad.

En ese instante, sentí una advertencia instintiva. Supe que esa niña, con su cabello de fuego y su mirada retadora, tenía el poder de desordenar mi mundo perfectamente organizado. Y fue ahí, en ese preciso momento de la infancia, donde tomé una decisión cobarde: no le daría ni un ápice de cariño. Si la mantenía a raya, si la trataba con frialdad, ella no podría quemarme.

Construí un muro de hielo para protegerme de su incendio. Y hoy, verla en ese club, convertida en una mujer que ya no necesita mi permiso para brillar, me hizo darme cuenta de que mi muro tiene grietas. El fuego que vi en el jardín hace años no se ha apagado; solo se ha vuelto más peligroso.

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Estefaniavv
🥰🥰👏
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