Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 1: El despertar de Gaya
El picor comenzó en las manos.
Era una sensación familiar, antigua, como un fantasma que regresaba después de años de silencio. Primero un hormigueo apenas perceptible en la yema de los dedos, luego un ardor que trepaba por las palmas, avanzando hacia las muñecas como una enredadera venenosa. Luisa Méndez conocía bien ese camino. Lo había recorrido tantas veces que podría dibujarlo con los ojos cerrados: las manos, luego los antebrazos, después el pecho, y finalmente... la garganta.
Pero Luisa Méndez estaba muerta.
Esa era la parte que no encajaba. La última imagen que flotaba en su memoria era la del techo blanco de la ambulancia, las luces parpadeantes, el rostro desencajado de Sebastián inclinándose sobre ella mientras una máquina emitía ese pitido uniforme y aterrador que en las películas siempre significaba lo mismo. Había sentido cómo sus pulmones se negaban a trabajar, cómo su corazón tropezaba una y otra vez como un caballo que no puede más, y luego…
Nada.
Oscuridad total. Un vacío tan absoluto que ni siquiera podía llamarse silencio.
Por eso el picor no tenía sentido. Por eso despertar no tenía sentido.
Abrió los ojos.
La luz era blanca, cegadora, y por un momento pensó que seguía en la ambulancia, que todo había sido una pesadilla, que lo de Lauren y Vanesa y el pastel de almendras no había ocurrido realmente. Pero la luz no era la de un vehículo en movimiento, sino la estática y fría de un hospital. El techo tenía esas placas cuadradas de fibra de vidrio que tanto odiaba, esas que siempre le recordaban a la sala de espera donde supo que su padre no volvería.
—¿Señorita Gaya? ¿Señorita Gaya, me escucha?
La voz llegó desde algún lugar a su derecha. Una voz de mujer, con ese tono preocupado que usan las enfermeras cuando no quieren asustar al paciente pero tampoco pueden disimular la inquietud. Luisa intentó girar la cabeza y el cuello protestó con una rigidez que no le pertenecía. Su cuello siempre había sido flexible, gracias a años de estiramientos marciales. Esto era diferente. Esto era…
—¿Señorita Gaya? Voy a llamar al doctor, ¿sí? No se mueva, no se mueva por favor.
Una figura se inclinó sobre ella. Luisa parpadeó varias veces tratando de enfocar la imagen, y cuando finalmente lo logró, el aire se atascó en su garganta—en la garganta de alguien más—como un puño cerrado.
Pauline.
Era Pauline, pero no era Pauline. Tenía el mismo rostro alargado, los mismos ojos bondadosos que habían cuidado a sus hijos desde que Tomás era un recién nacido. Pero había algo diferente. El cabello, que ella recordaba castaño oscuro salpicado de algunas canas prematuras, ahora era casi completamente gris. Las arrugas alrededor de sus ojos eran más profundas, y había una tristeza en su mirada que antes no existía.
—¿P-Pauline? —La voz que salió de su boca no era su voz. Era más joven, más suave, con un timbre casi musical que le sonaba completamente ajeno.
La mujer se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Señorita Gaya? ¿Me... me reconoce?
Luisa no tuvo tiempo de responder. Apenas había formulado la pregunta cuando un dolor punzante le atravesó la sien derecha, y de repente su cabeza se llenó de imágenes que no le pertenecían.
Una niña de cabello oscuro corriendo por un jardín inmenso. Una mujer mayor, elegantemente vestida, mirando por una ventana con expresión severa. Un hombre joven y apuesto susurrando algo al oído de esa misma niña, ahora adolescente, haciéndola reír. Una boda en una iglesia diminuta, con pocos invitados, y al fondo... al fondo, un rostro que conocía demasiado bien.
Sebastián.
El Sebastián que ella había amado, el Sebastián que había envejecido a su lado durante diez años, pero también un Sebastián diferente. Más maduro, sí, pero también más duro. Los ojos que en las imágenes miraban a esa novia—a Gaya—tenían una frialdad que Luisa no recordaba en los primeros años de su matrimonio. Era como si alguien le hubiera robado esa chispa que lo hacía Sebastián.
Las imágenes siguieron llegando como una cascada implacable. Gaya Santoro, veinticinco años, hija única de una familia adinerada que había perdido su fortuna en malas inversiones.
Gaya Santoro, criada entre algodones por una madre viuda y sobreprotectora. Gaya Santoro, tímida hasta la invisibilidad, incapaz de alzar la voz, de negarse a nada, de defender sus propios límites. Gaya Santoro, que había conocido a Sebastián Guillén en un evento benéfico y se había enamorado como solo se enamoran las jóvenes que han vivido encerradas en torres de cristal.
Y luego, las imágenes más recientes. Las más dolorosas.
Gaya caminando detrás de Sebastián como una sombra. Gaya soportando las miradas de desaprobación de los empleados de la casa, que la comparaban constantemente con "la señora Luisa". Gaya intentando ganarse el cariño de Lauren, que la miraba con desprecio apenas disimulado. Gaya sonriendo nerviosamente cada vez que Vanesa llegaba a la casa—porque Vanesa siempre estaba en la casa—y la trataba con esa falsa amabilidad que tanto conocía Luisa.
Gaya, sentada sola en el comedor mientras Sebastián cenaba fuera "por trabajo". Gaya, llorando en silencio después de que Lauren le dijera que "nunca sería su madre". Gaya, aceptando un café de manos de Vanesa, un café con un sabor ligeramente amargo, diferente, mientras la otra mujer la observaba con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Y luego... el ataque.
La alergia.
Las almendras.
La sensación de ahogo, el pánico, la búsqueda desesperada del autoinyector que siempre llevaba consigo y que esa tarde, misteriosamente, no estaba en su bolso.
—No... —susurró Luisa, o Gaya, o quienquiera que fuese ahora—. No, no, no…
—¿Señorita Gaya? ¡Señorita Gaya, está temblando! ¡Voy por el médico!
La mano de Pauline se apartó y Luisa escuchó sus pasos alejándose, pero no podía concentrarse en eso. Las imágenes seguían llegando, superponiéndose unas sobre otras, mezclándose con sus propios recuerdos. Su muerte y la muerte de Gaya ocurriendo en paralelo, como dos ríos que convergían en el mismo océano de traición.
Porque ambas habían sido asesinadas.
Y por la misma persona.
—Vanesa —siseó, y el nombre supo a veneno en su lengua.