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22: la amiga y la ausencia que ya no duele tanto
Aya Nakamura entró al apartamento 3801 con la misma naturalidad con que entraba a cualquier lugar de los Lee. Llevaba una bolsa de papel kraft con el logo de una pastelería francesa en Ginza y una sonrisa que iluminaba la habitación antes de que dijera nada.
—Traje los macarons de pistacho que te gustan —dijo dejando la bolsa en la mesa del comedor—. Y no acepto un “no gracias”. Sauching me dijo que últimamente comes poco.
Yougmin apareció desde la cocina, secándose las manos con un trapo. Sonrió de verdad, una sonrisa pequeña pero genuina que ya no necesitaba fingir.
—Gracias, Aya. No tenías que venir hasta aquí.
Aya se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá como si estuviera en su casa.
—Tenía. Me aburro sola en el hotel. Y tú eres la única persona en este círculo que no me mira como si fuera a robarle el marido a alguien.
Se rieron los dos. Era una risa ligera, sin peso. Desde el día en que Sauching los presentó —una tarde casual en el penthouse principal, cuando Aya volvió de Hong Kong y Sauching simplemente dijo “él es Yougmin, no preguntes mucho”—, habían conectado sin esfuerzo. Aya no juzgaba. Yougmin no ocultaba. Hablaban de películas malas, de comida callejera que extrañaban, de cómo Tokio podía ser la ciudad más solitaria del mundo aunque estuviera llena de gente. No hablaban de Sauching a menos que fuera necesario. Y nunca hablaban de Minji.
Aya se había convertido en la amiga que Yougmin no sabía que necesitaba. Venía dos o tres veces por semana, siempre con algo en las manos: postres, revistas, una planta pequeña que “necesita alguien que no la mate”. Yougmin la recibía con té verde o café, y pasaban horas hablando sin que el tiempo pesara.
Lo que ninguno sabía era que, desde la calle, Hiroshi Tanaka los vigilaba.
El detective había cambiado de objetivo. Aya Nakamura era ahora su prioridad. La seguía desde el hotel donde se hospedaba temporalmente hasta el Eclipse Residences. Tomaba fotos desde lejos: Aya entrando al lobby, Aya subiendo al ascensor privado, Aya saliendo horas después con una sonrisa relajada. Pero nunca lograba capturar a Sauching junto a ella en el mismo plano. Sauching llegaba después o se iba antes. Nunca coincidían en la puerta. Nunca se tocaban. Nunca se besaban. Solo entradas y salidas separadas.
Tanaka empezaba a frustrarse. No había nada comprometedor. Solo una mujer visitando un apartamento en el piso 38. Pero Minji había pagado por pruebas, y él iba a dárselas aunque tuviera que estirar la verdad.
En el penthouse principal, la convivencia con Minji se había convertido en un campo minado silencioso.
Sauching llegaba tarde, se encerraba en la oficina o en su habitación, salía temprano. Minji lo esperaba en el salón con acusaciones preparadas, pero él ya no respondía. Ni una palabra. Ni un gesto. Solo pasaba de largo, como si ella fuera aire.
Una noche, Minji se plantó frente a la puerta de la oficina con los brazos cruzados.
—¿Otra vez con Aya? ¿O ya tienes a otra?
Sauching levantó la vista del ordenador un segundo. La miró sin expresión.
—Buenas noches, Minji.
Cerró la puerta. Con llave.
Minji golpeó una vez. Dos. Luego se fue a la habitación de invitados y cerró de un portazo. Ya no gritaba tanto. El cansancio la estaba consumiendo. Pero el odio seguía ahí, latiendo bajo la superficie, esperando el momento exacto para explotar.
Sauching seguía trabajando sin pausa. Reuniones en Seúl, inspecciones en Kyoto, llamadas a medianoche con inversionistas europeos. Los hoteles crecían. La fortuna crecía. Él crecía en todos lados menos en casa.
Y Yougmin… Yougmin ya no se sentía tan triste por las ausencias.
Al principio dolía. Cada día sin mensaje, cada noche sin llave en la cerradura, era un pinchazo. Pero el tiempo había hecho lo suyo. Había aprendido a llenar los espacios vacíos: con turnos en el restaurante, con charlas con Aya, con libros que nunca había tenido tiempo de leer, con caminatas cortas por el parque vigilado por el guardaespaldas invisible. Ya no se quedaba mirando el teléfono esperando. Ya no se dormía abrazando la almohada que olía a él.
Seguía enamorado. Eso no se iba. Pero el dolor se había vuelto más sordo, más manejable. Como una herida que cicatriza mal pero deja de sangrar.
Cuando Sauching aparecía —una o dos veces por semana—, todo volvía a encenderse. El beso brusco en la puerta, el sexo intenso que borraba el mundo exterior, las conversaciones pequeñas después, mientras comían lo que Yougmin había preparado. Sauching se relajaba visiblemente: los hombros bajaban, la mandíbula se aflojaba, la mirada se suavizaba un poco.
Yougmin lo notaba. Y eso le bastaba.
No preguntaba por Minji. No preguntaba por qué llegaba más tarde cada vez. Solo lo recibía, lo dejaba entrar, lo dejaba quedarse.
Y cuando Sauching se iba de nuevo, Yougmin cerraba la puerta, respiraba hondo y seguía con su día.
Ya no dolía tanto.
Ya no dolía como antes.
Y eso, de alguna forma retorcida, era un alivio.
Pero también era una señal.
Una señal de que el amor que sentía empezaba a acostumbrarse a la distancia.
Y que, tal vez, algún día dejaría de esperar del todo.