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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16 Ingeniería civil para principiantes, el arte del hachazo y un Visto

El mensaje de Bastian nos había dejado con los nervios de punta, pero en las Tierras Salvajes el miedo no te llena la panza. Caminamos durante dos días por senderos que se volvían cada vez más húmedos, señal de que las Cascadas de Cristal ya no estaban tan lejos. El aire olía a ozono y a tierra mojada, y el sonido constante de un rugido lejano nos indicaba que el agua estaba haciendo de las suyas en algún lugar del horizonte.

Llegamos a un asentamiento humano llamado "Vado Alto". No era una aldea de fantasía de esas que parecen sacadas de un calendario; era un pueblo de frontera, rudo, con casas de piedra maciza y techos de pizarra negra para aguantar la humedad constante. La gente aquí tenía la piel curtida y las manos llenas de callos.

—¡Bienvenidos a la humedad eterna! —gritó Ringo, sacudiéndose el pelaje—. Siento que me van a salir hongos hasta en las ideas. Alejandro, si no conseguimos un lugar seco, voy a empezar a cobrarte renta por cada estornudo.

—Ya cállate, Ringo —dije, ajustándome la mochila. Mi torso, ahora mucho más ancho y definido, lucía bajo una túnica abierta que me había prestado Caeris. Mis tatuajes, especialmente el león de mi brazo, parecían brillar con luz propia bajo el sol filtrado por la bruma.

Apenas cruzamos la entrada, un mensajero de una aldea vecina interceptó a nuestro grupo. Traía noticias urgentes sobre una plaga de "Sustancia de Sombra" que estaba afectando los cultivos de lino plateado, vitales para las túnicas de los elfos.

—Es una emergencia diplomática y mágica —dijo Briana, mirando a Kaia con una seriedad que rompió su habitual rivalidad—. Mi magia es la única que puede purificar el lino antes de que se pierda la cosecha entera.

—Y yo tengo que escoltarla —añadió Kaia, acariciando el pomo de su espada negra. Su cabello negro, ahora largo y salvaje, se agitaba con el viento.— El camino hacia el sector norte es peligroso y el Sabio necesita que ese lino llegue a salvo. Alejandro, quédate aquí con Iris y el mono. No te muevas de este pueblo hasta que volvamos.

—¡Oye! —protesté—. No soy un niño de guardería.

—No, pero eres el "archivo fuente" —me recordó Kaia con una mirada ámbar que me recorrió de arriba abajo, cargada de esa tensión que ya era costumbre entre nosotros.— Cuídate. Si te pasa algo, te mato yo misma por hacerme perder el tiempo.

Briana me dio un beso rápido en la mejilla, rozando mi barba con sus labios suaves.

—Regresaremos en dos días. No dejes que la loba te muerda demasiado fuerte.

Se fueron galopando en un par de monturas que alquilaron, dejándome solo con Iris, Ringo y Caeris (que decidió quedarse para "vigilar que el humano no hiciera ninguna estupidez").

—Bueno —dijo Iris, acercándose a mí y rodeándome el brazo con sus manos blancas. Sus ojos rosa brillaban con una alegría traviesa mientras sus orejas de loba se movían con curiosidad—. Ahora somos solo nosotros, Alejandro. ¿Qué vamos a hacer primero?

—Primero, buscar dónde dormir —respondí, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío. Iris, con su cabello blanco que le llegaba por debajo de las nalgas y sus curvas imposibles, estaba llamando la atención de medio pueblo.

Nos instalamos en una posada llamada "El Yunque de Hierro". Ahí conocimos a Gromm. Era un enano que parecía haber sido esculpido de un bloque de granito malhumorado. Bajito, pero con unos hombros que medían lo mismo que una puerta de establo, una barba roja trenzada con anillos de hierro y una hacha de batalla que pesaba más que mi dignidad en un lunes de oficina. Era la viva imagen de un guerrero fiel, de esos que mueren de pie antes de retroceder un centímetro.

—¿Así que tú eres el tipo de la espada brillante? —gruñó Gromm, mirándome con desprecio—. Tienes buenos brazos, muchacho, pero peleas como un bailarín de salón. Una espada es para presumir; un hacha es para terminar el trabajo.

—He tenido buenos maestros —dije, defendiéndome—. Pero siempre estoy abierto a aprender.

—El aprendizaje cuesta, humano —sentenció el enano—. Y este pueblo tiene un problema que mis músculos no pueden resolver. Si nos ayudas, te enseñaré a usar un hacha y a pelear sucio, como se debe en la guerra de verdad.

El problema de Vado Alto era el sistema de riego. El río había cambiado su curso después de un pequeño sismo mágico y el molino principal, que alimentaba la forja y las prensas de aceite, estaba seco. Los ingenieros locales estaban vueltos locos tratando de calcular cómo desviar el agua sin inundar las minas.

—Logística e hidráulica... —murmuré—. Esto me suena a un reporte trimestral de obras públicas.

Saqué mi celular. La batería estaba al 55%. Busqué en mi carpeta de "Cosas Útiles por si acabo en el medievo". Tenía guardados varios archivos PDF de ingeniería básica, diagramas de sifones y un video de YouTube que descargué por error sobre "Cómo construir una presa casera con materiales reciclados".

—A ver, Gromm, tráeme a tus constructores —ordené.

Pasé las siguientes seis horas usando la linterna del teléfono y los diagramas de la pantalla para explicarles cómo crear un sistema de compuertas escalonadas. El haz de luz blanca del LED fascinó a los humanos, que lo llamaban "el rayo de la verdad". Usé la calculadora para sacar los ángulos de inclinación del terreno y les mostré, mediante fotos guardadas de construcciones modernas, cómo reforzar las bases con piedra caliza y resina.

—Es... es perfecto —dijo el jefe de obras, mirando un diagrama de un sifón invertido en mi pantalla—. Con esto no solo traeremos el agua, sino que evitaremos que la mina se colapse en el invierno. ¡Eres un genio del orden!

—Soy un Godín con acceso a información, carnal —sonreí—. Pero no se lo digan a nadie.

Mientras yo resolvía el problema técnico, Iris se encargó de la parte social. Los niños del pueblo, al principio asustados por sus orejas y su altura, terminaron encariñándose con ella de una forma increíble. Iris tenía una paciencia infinita y una calidez animal que atraía a los más pequeños. La veían como una especie de criatura de cuento protectora.

—¡Miren! —gritaba una niña, jalando el cabello blanco de Iris—. ¡Su pelo es como la nieve pero no está frío!

Iris se reía, cargando a dos niños en sus brazos fuertes mientras les contaba historias de la manada, suavizando las partes crudas para no asustarlos. Los padres, al ver cómo sus hijos la adoraban, empezaron a tratarla con un respeto casi religioso.

—Parece una mamá loba cuidando a sus cachorros —comentó Ringo, sentado en una barrica de cerveza—. Quién diría que la loba buchona tenía instinto maternal. A ver si no termina pidiendo el apoyo de la tía Chonita para el bautizo.

El pago llegó al día siguiente. Gromm me llevó a un patio de entrenamiento detrás de la forja.

—Bien, muchacho. Ya hiciste tu magia con el espejo negro —dijo el enano, lanzándome un hacha de práctica de madera pesada—. Ahora olvida la elegancia de la espada. Si un enemigo se te acerca demasiado, Amaterasu es un estorbo. Necesitas artes marciales de contacto y armas de impacto.

Las siguientes diez horas fueron un infierno de sudor, golpes y gritos. Gromm me enseñó a usar el peso de mi propio cuerpo para derribar oponentes más grandes. Me enseñó a usar el hacha no solo para cortar, sino para enganchar escudos y desarmar enemigos. Practicamos llaves de lucha libre enana que me dejaron moretones en lugares que no sabía que existían.

—¡Más fuerte! —rugía Gromm, golpeándome las costillas con el mango de su hacha—. ¡El dolor es solo información, Alejandro! ¡Úsala para moverte más rápido!

Me quité la playera para moverme mejor. Mi pecho descubierto brillaba por el sudor bajo el sol de la tarde, resaltando cada fibra de mis músculos y la intensidad de mis tatuajes. Iris nos miraba desde lejos, mordiéndose un labio con un brillo de deseo en sus ojos rosa, mientras Ringo hacía apuestas con los locales sobre cuántas veces más me iba a tirar el enano al lodo.

Al final del día, Gromm me dio una palmada en la espalda que casi me saca un pulmón.

—No eres tan flan después de todo, humano. Tienes garra. Mañana seguiremos con el martillo de guerra.

Esa noche, el cansancio me pesaba en los huesos. Me senté en el balcón de la posada, mirando hacia la oscuridad del bosque. Iris entró a la habitación, moviéndose con esa elegancia de loba, y se sentó a mis pies, recargando su cabeza en mis rodillas.

—Estás muy tenso, Alejandro —susurró, sus manos frías recorriendo mis pantorrillas cansadas—. Deja que te ayude a relajar esos músculos.

—Gracias, Iris. Ha sido un día largo —respondí, cerrando los ojos. El erotismo de su cercanía, el olor a bosque de su cabello y la suavidad de su piel eran un bálsamo para mis nervios.

En ese momento, mi celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué, esperando ver alguna notificación del Sabio o algún error del sistema. Pero lo que vi me congeló la sangre.

La señal, potenciada por las torres de cristal del pueblo que actuaban como repetidores mágicos, estaba a tope. Había un mensaje de texto. Un mensaje de mi mundo.

De: Diana.

"Ale, sé que no he sabido de ti en meses y que las cosas terminaron mal. Pero te extraño. He estado pensando mucho en nosotros y en la tontería que cometí con aquel tipo. No es lo mismo sin ti. Quiero verte. Por favor, llámame cuando puedas. Te quiero."

Me quedé mirando la pantalla durante lo que parecieron horas. Hace unos meses, ese mensaje me habría hecho saltar de alegría o llorar de la emoción. Habría sido la validación que mi ego necesitaba. Pero ahora...

Miré mis manos, curtidas por el hacha de Gromm. Miré el tatuaje del león que representaba mi fuerza. Miré a Iris, una mujer hermosa que me veía como su salvador y compañero. Recordé a Briana y a Kaia, mujeres que habían arriesgado su vida por mí.

La tristeza me invadió, pero no por Diana, sino por la persona que yo solía ser. Una tristeza por el Alejandro que se habría conformado con esas migajas de arrepentimiento. Sentí una profunda confusión, un eco de mi vida pasada que intentaba jalarme hacia atrás.

Pero luego, la confusión se convirtió en algo más claro. Repugnancia.

Me dio asco recordar cómo me arrastré, cómo me sentí menos por alguien que solo me valoraba cuando ya no me tenía. Diana ya no era mi mundo. Ella era solo un archivo corrupto en un disco duro que ya no existía.

—¿Pasa algo malo, Alejandro? —preguntó Iris, notando mi cambio de humor. Sus ojos rosa me miraban con una preocupación genuina.

—No, Iris. Nada malo —dije con una voz firme—. Solo estaba borrando basura del sistema.

Sin dudarlo un segundo más, seleccioné el mensaje y le di a "Eliminar". Luego bloqueé el número.

Me sentí ligero. El último hilo que me ataba a mi miseria de Godín se había cortado. Guardé el celular y rodeé los hombros de Iris con mi brazo, atrayéndola hacia mí.

—Mañana va a ser un gran día —susurré, mirando hacia las Colinas de Cristal—. Porque el Chilango ya no mira para atrás.

Ringo se asomó desde su cama de paja, rascándose la panza.

—¿Ya terminamos con el drama de la ex, flan? Porque necesito que me ayudes a pulir mis maracas mágicas para el concierto de mañana. ¡Este pueblo necesita cumbia y yo soy el DJ oficial!

Me reí. La vida en las Tierras Salvajes era un caos, pero era mi caos. Y no lo cambiaría por ninguna videollamada del pasado.

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