LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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¡Yo no cambio pañales!
A las seis de la tarde, el Penthouse de Lucian Santos parecía una sucursal de una juguetería de lujo que había sido golpeada por un huracán.
Elena, con una eficiencia que rayaba en lo heroico, había llenado la sala con cajas de pañales ecológicos, un cochecito con suspensión de fibra de carbono y biberones de cristal que prometían no dejar pasar ni una burbuja de aire.
Lucian regresó de la oficina con el humor de un perro rabioso. La noticia de "la cesta en la puerta" lo tenía al límite ya empezaba a imaginar cuando empezará a circular como un rumor venenoso en los pasillos de la empresa.
—Rivas, dime que ya has contactado con el laboratorio —dijo Lucian, arrojando su maletín sobre la mesa de comedor de cristal, casi golpeando un peluche de elefante—. Necesito ese ADN para ayer.
Elena estaba sentada en la alfombra, terminando de darle el biberón a Mikeila. La imagen era tan doméstica que Lucian se quedó paralizado un segundo. Elena, la mujer que siempre vestía de gris y hablaba en monocorde, tenía una luz en el rostro que él nunca había visto.
—El kit de recolección llega mañana, señor —respondió ella, sin levantarse—. Mientras tanto, he organizado todo. Aquí tiene el horario de comidas, el tipo de leche y el contacto del pediatra que vino a hacerle una revisión rápida.
—Excelente. Buen trabajo —Lucian se aflojó el nudo de la corbata y caminó hacia el mueble bar
—. Ahora, puedes retirarte. García te llevará a casa. Mañana nos vemos a las ocho en la oficina.
Elena sintió un nudo en el estómago. Sabía que este momento llegaría. Tenía que dejar a su hija sola con ese hombre que no sabía diferenciar un chupete de un tapón de oídos. Pero si se quedaba demasiado, él sospecharía. El plan era que él se "enamorara" de la bebé (o al menos que no la arrojara por la ventana) antes de que la verdad saliera a la luz.
—Señor Santos... no creo que sea buena idea que me vaya —dijo Elena, levantándose con cuidado para no despertar a Mikeila, que se había quedado dormida—. Ella es pequeña. Usted no sabe... bueno, no sabe nada sobre bebés.
—Rivas, por favor. He gestionado crisis en tres continentes simultáneamente —Lucian se sirvió un whisky de dieciocho años—. ¿Qué tan difícil puede ser cuidar a un ser que no puede caminar? Es pura gestión de recursos. Ella llora, yo le doy lo que quiere. Fin del problema.
Elena suspiró, recogiendo su bolso.
—Está bien. Pero le advierto: Mikeila no acepta sobornos con acciones de bolsa. Si llora a las tres de la mañana, no es porque quiera un aumento de sueldo.
Cuando Elena salió por la puerta, se detuvo un momento en el pasillo, apoyando la frente contra la pared. "Aguanta, Mikei", susurró. "Mamá está a solo un piso de distancia". Se había mudado temporalmente al apartamento de servicio del piso inferior, una ventaja de ser la secretaria de confianza que Lucian desconocía por completo.
Dentro del penthouse, el silencio duró exactamente doce minutos.
Lucian estaba disfrutando de su whisky y del primer capítulo de un informe financiero cuando un sonido, pequeño al principio, pero que fue escalando hasta convertirse en una sirena de ambulancia, llenó el aire.
—¿Ya? —preguntó Lucian al aire, mirando el reloj
—. Pero si acaba de comer.
Se acercó a la cuna improvisada. Mikeila estaba roja, con los puños cerrados y los ojos apretados. Su llanto era potente, exigente, casi autoritario.
—Escucha, pequeña Santos —dijo él, tratando de mantener la compostura—. No sé qué quieres. Te he comprado el cochecito más caro del mercado. Tienes sábanas de mil hilos. ¡Dime qué necesitas!
La bebé respondió con un grito aún más agudo.
Lucian, en un arranque de desesperación, recordó lo que había visto hacer a Elena. La tomó en brazos. Fue como intentar sostener una anguila eléctrica. Mikeila se retorcía, sus manitas golpeaban el pecho de Lucian y, de repente... el silencio.
Lucian suspiró, aliviado. Pero entonces sintió una calidez sospechosa extendiéndose por su camisa blanca de alta costura. Un líquido tibio y con un olor que definitivamente no era Chanel empezó a empapar su abdomen.
—No... no puede ser —susurró Lucian, mirando hacia abajo—. ¡García! ¡García, el prototipo tiene una fuga! ¡Hay una brecha en la seguridad!
García entró corriendo, pero al ver la mancha en la camisa de su jefe, se detuvo en seco y contuvo una carcajada.
—Señor, eso no es una fuga. Eso es... naturaleza. Necesita cambiarle el pañal.
—¡Yo no cambio pañales! —bramó Lucian—.
¡Llamen a Rivas! ¡Que vuelva ahora mismo!
—La señorita Rivas no responde al teléfono, señor. Dijo que tenía una emergencia familiar —mintió García, que estaba secretamente aliado con Elena para darle una lección al jefe.
Lucian miró a la bebé. Mikeila, ahora que se había aliviado, lo miraba con esos ojos enormes y profundos. Entonces, hizo algo que Lucian no esperaba: extendió una mano y agarró con fuerza su nariz.
—¡Auch! —se quejó él, pero no la soltó—. Tienes un agarre fuerte, ¿eh? Como yo cuando veo una empresa débil.
En la soledad de su sala de estar, rodeado de lujo, pero empapado en orina de bebé, Lucian Santos tuvo su primera epifanía. Por primera vez en diez años, no estaba pensando en el cierre del trimestre. Estaba pensando en cómo demonios quitarle el pañal a esa niña sin que ella se diera cuenta de que él no tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo.
—Está bien, Mikeila —susurró, llevándola hacia la mesa de cambio—. Tú ganas esta ronda. Pero no te acostumbres. Mañana, volveré a ser el jefe.
Mikeila soltó un balbuceo que sonó sospechosamente a una risa, y por un segundo, la frialdad de Lucian Santos se resquebrajó un milímetro más.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂