TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 20
La cafetería era tranquila.
Cálida.
Demasiado normal para lo que estaba ocurriendo.
Nos sentamos frente a frente.
Una mesa pequeña.
Demasiado cerca.
Demasiado íntimo.
Intenté mantener la mirada en la taza frente a mí.
En el vapor que se elevaba lentamente.
En cualquier cosa… menos en él.
Pero podía sentirlo.
Su mirada sobre mí.
Constante.
Pesada.
—¿Siempre evita mirar a quien tiene enfrente? —preguntó con calma.
Apreté ligeramente la taza entre mis manos.
—No es eso…
Pero sí lo era.
Porque si lo miraba…
sentía que algo dentro de mí se desordenaba.
Levanté la vista finalmente.
Y cometí el error.
Sus ojos rojos me atraparon al instante.
Sin escapatoria.
—Debería irme —murmuré de pronto.
Pero no me moví.
Ni siquiera un poco.
Cien Lu inclinó ligeramente la cabeza.
—Y sin embargo… no lo hace.
Al oír su voz malditamente seductora mi corazón latió con fuerza.
Descompasado.
Desobediente.
—Estoy casada —repetí, esta vez más bajo.
Como si necesitara recordármelo a mí misma.
Como si eso fuera suficiente.
Su mirada no cambió.
—Lo sé.
Esa respuesta…
me hizo sentir peor.
Mucho peor.
Bajé la mirada.
La culpa comenzó a instalarse en mi pecho.
Pesada.
Lenta.
Implacable.
Cassian…
Vaelthorian…
Aethon…
Y aun así…
ahí estaba yo.
Sentada frente a otro hombre.
Aceptando su compañía.
Escuchando su voz.
Permitiéndole mirarme así.
Mi mano se deslizó, casi por instinto…
hasta mi vientre.
El bebé.
Mis hijos.
Un nudo se formó en mi garganta.
—Esto… no está bien —susurré.
Pero no me levanté.
No me fui.
No lo detuve.
Cien Lu observó ese gesto.
Mi mano.
Mi duda.
Mi culpa.
Y por primera vez…
su expresión se suavizó apenas.
—Entonces váyase —dijo en voz baja.
Parpadeé, sorprendida.
—Nadie la está obligando a quedarse.
Sus palabras eran suaves…
pero había algo más debajo.
Algo que no dijo.
Algo que… me retenía.
Mis dedos se tensaron ligeramente sobre la tela de mi vestido.
Podía irme.
Debía irme.
Pero…
no lo hice.
Y ese fue el momento en que entendí…
que el problema no era él.
Era yo.
Porque, a pesar de todo…
quería quedarme.
Mi pensamiento se rompió.
Cien Lu estaba frente a mí…
y de repente…
se inclinó.
Sus labios encontraron los míos.
Mi cuerpo se tensó al instante.
La sorpresa me dejó sin reacción…
solo por un segundo.
Porque después…
todo se desordenó.
Su beso…
lo alteró todo.
Mi respiración.
Mi pulso.
Mis pensamientos.
Era cálido…
y, al mismo tiempo, abrumador.
Sentí su mano elevarse hasta mi rostro.
Sosteniéndome.
Con una suavidad que contrastaba demasiado…
con la intensidad del momento.
Y eso…
fue lo que terminó por quebrar mi resistencia.
Mis dedos se aferraron ligeramente a su ropa.
Y, sin darme cuenta…
respondí al beso.
Mi cuerpo ardía.
Cada parte de mí reaccionaba a su cercanía.
A su calor.
A su presencia.
Temblé.
No de miedo…
sino de algo mucho más peligroso.
Pero entonces—
algo dentro de mí se detuvo.
Como si una voz lejana…
me llamara.
—Aelina…
—Aelina…
Escuché mi nombre.
Distante… insistente.
Y, de repente—
la realidad se quebró.
Parpadeé.
Cien Lu no me estaba besando.
Estaba frente a mí.
Sin tocarme.
Observándome con calma.
—Señorita Aelina… ¿se encuentra bien?
Mi rostro ardió de inmediato.
—Estoy… bien —murmuré, evitando su mirada.
La vergüenza me golpeaba con fuerza.
Pero no era solo eso.
Porque lo había sentido.
Todo.
El beso.
El calor.
La cercanía.
Bajé la mirada, confundida.
Mi corazón seguía latiendo con violencia.
Mis labios… aún ardían.
¿Qué diablos… fue eso?
Apreté los labios con fuerza.
¿Estoy… imaginando cosas?
¿Fantaseando con él…?
El pensamiento me hizo arder aún más de vergüenza.
Intenté recomponerme.
Actuar con normalidad.
Hablar como si nada hubiera pasado.
Como si todo aquello…
no se hubiera sentido tan real.
Pero mi cuerpo no cooperaba.
Mi corazón seguía desbocado.
Y el calor en mis mejillas… no desaparecía.
......................
Mientras tanto…
Cien Lu la observaba en silencio.
Sus ojos rojos brillaron apenas.
Satisfechos.
Porque él sabía exactamente lo que había hecho.
Había tomado ese momento…
ese beso…
y lo había arrancado del flujo del tiempo.
Devolviendo la realidad a un instante anterior.
Pero no el recuerdo.
Ni la sensación.
Porque quería que ella lo sintiera.
Que lo dudara.
Que lo deseara… sin poder explicarlo.
Una leve sonrisa se curvó en sus labios.
Imperceptible.
Peligrosa.
Para él…
esto apenas había comenzado.
.
.
.
La tarde pasó sin que me diera cuenta.
Cuando finalmente salí de la cafetería, el aire fresco golpeó mi rostro…
pero no fue suficiente para calmar el caos dentro de mí.
Cien Lu me acompañó en silencio hasta el carruaje del ducado.
Sin prisas.
Como si aquel camino… fuera algo natural entre nosotros.
Se detuvo cuando el carruaje estuvo frente a mí.
Y, con un gesto casi impecable…
me ayudó a subir.
Sus dedos rozaron los míos apenas.
Fue suficiente.
Mi corazón volvió a alterarse.
—Cuídese, señorita Aelina —dijo con una leve sonrisa.
Asentí, evitando mirarlo demasiado tiempo.
—Gracias… por el café.
Pero antes de que las puertas se cerraran—
—Nos vemos mañana, a la misma hora, señorita.
Su sonrisa…
era claramente intencional.
Pícara.
Segura.
Levanté la mirada hacia él de inmediato, completamente sonrojada.
—Yo no—
Las puertas se cerraron.
Sin darme oportunidad de responder.
El carruaje comenzó a avanzar.
Me quedé inmóvil.
Con el corazón acelerado.
Y el rostro ardiendo.
Aún no podía sacar de mi mente…
ese beso.
Ese beso que no había pasado.
Pero que mi cuerpo… recordaba demasiado bien.
No miré atrás.
No debía hacerlo.
…pero aun así…
sentía su mirada siguiéndome.
Hasta que desaparecí por completo.
......................
Cuando el carruaje se perdió en la distancia…
el ambiente cambió.
El aire se volvió más denso.
Más pesado.
Y entonces—
Seiren Scarlet apareció detrás de él.
Sin hacer ruido.
Sin aviso.
—Tío Lucien… —dijo con calma—. ¿Desde cuándo tienes el poder del tiempo?
Cien Lu no se giró de inmediato.
Permaneció en silencio unos segundos.
Como si evaluara cuánto decir.
Finalmente… habló.
—Era la opción más rápida.
Su voz fue baja.
Fría.
Distante.
Seiren entrecerró los ojos.
—Eso no responde nada.
Lucien giró ligeramente el rostro.
Lo suficiente para que su mirada roja brillara en la penumbra.
—Debía obtener ese poder.
Y en su mente…
la respuesta era mucho más clara.
Para encontrarla…
Para volver a estar con ella…
Para no perderla otra vez.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
El precio… no me importa.
Seiren lo observó en silencio.
Su expresión cambió.
Se volvió… seria.