Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 11
Cuando llegaron a la casa de Itzcelina, Adrián detuvo el auto frente a la gran entrada. Ella se quedó observando su hogar, sintiendo un nudo en la garganta.
—Gracias por la compañía —dijo, girándose hacia él.
—Cuando necesites un escape, ya sabes dónde encontrarme —respondió él con una media sonrisa.
Itzcelina dudó por un momento y luego sacó un pequeño papel de su bolso. Con un bolígrafo anotó un número y se lo extendió.
—Por si alguna vez necesitas hablar con alguien que entienda lo que es estar roto.
Adrián tomó el papel y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Lo tendré en cuenta.
Itzcelina sonrió levemente, abrió la puerta y salió del auto. Mientras caminaba hacia la puerta, sintió el peso del cansancio y de la realidad, volviendo a caer sobre sus hombros.
Adrián la observó entrar hasta que la vio desaparecer tras la puerta. Luego, sacó el papel de su bolsillo y lo miró por un momento. No pudo evitar sonreír.
—Itzcelina… —susurró su nombre en voz baja, antes de encender el motor y marcharse.
Al entrar en su casa, Itzcelina sintió el vacío del lugar. Todo estaba en completo silencio. Caminó hasta su habitación y, con un solo vistazo, confirmó lo que ya sospechaba: Lucas no había llegado a dormir.
Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras dejaba caer su bolso sobre la cama. Se llevó una mano al pecho, como si intentara calmar el dolor punzante que aún la atormentaba.
No lloró. No todavía.
Se dirigió al baño y abrió la llave de la regadera. El vapor comenzó a llenar el espacio mientras ella se desvestía lentamente, sintiendo el peso de la traición sobre su piel.
Cuando el agua caliente comenzó a caer sobre su cuerpo, las lágrimas finalmente se deslizaron por su rostro. Se mezclaban con el agua, como si la regadera intentara borrar la tristeza de su alma.
Pero el dolor no se iba.
Se abrazó a sí misma y cerró los ojos.
Esa noche lo había perdido todo.
O quizás… solo había empezado a encontrarse a sí misma.
Adrián llegó a su casa cuando el sol ya iluminaba el horizonte. Sujeta firmemente el volante, pero su mente estaba en otro lugar. Aún sentía el eco de la conversación con Itzcelina en su cabeza, su tristeza reflejada en el espejo retrovisor, la forma en que sus labios temblaron al pronunciar el nombre de su esposo infiel. Pero, sobre todo, sentía la ironía de su propia situación.
Estacionó el auto en la entrada y bajó con pasos pesados. Apenas cruzó la puerta, Laura, “su esposa”, apareció en el vestíbulo con una sonrisa falsa pintada en los labios.
—Buenos días, amor. ¿Dónde estabas? —preguntó con dulzura fingida, aunque en su mirada había un destello de nerviosismo.
Adrián la observó en silencio por unos segundos. Sus ojos oscuros estaban cargados de ira contenida.
—Buena pregunta —dijo con voz grave—. Pero antes, dime tú… ¿Dónde estabas anoche?
El cuerpo de Laura se tensó por un instante, pero rápidamente adoptó una expresión despreocupada.
—Salí con unas amigas —respondió con naturalidad, pero evitó su mirada.
Adrián dejó escapar una risa amarga.
—¿Con amigas?
—Sí, estuvimos en un restaurante, luego tomamos unos tragos y… bueno, ya sabes cómo son las noches de chicas —continuó con voz ligera, como si la conversación no tuviera importancia.
Adrián apretó la mandíbula. Su mente regresó a las imágenes que había visto con sus propios ojos. Laura estaba en aquel bar Rosewood, abrazada a otro hombre, besándolo con pasión, entregándose como si él, su esposo, no existiera.
Pero no dijo nada. No todavía.
—Entiendo —murmuró simplemente y comenzó a subir las escaleras.
—¿Eso es todo? —preguntó Laura, algo sorprendida por su falta de reacción.
Adrián se detuvo en el primer escalón y giró ligeramente el rostro.
—Sí, por ahora. —dijo para si mismo.
Y sin decir más, continuó su camino hasta su habitación.
Al cerrar la puerta del baño, Adrián apoyó ambas manos en el lavabo del baño y dejó escapar un suspiro pesado. La rabia le quemaba por dentro, pero sabía que no podía actuar sin pensar.
Abrió la llave del agua caliente y se quitó la ropa lentamente. Necesitaba despejarse. Dejó que el agua caliente cayera sobre su cuerpo, relajando sus músculos tensos, pero no su mente.
Laura lo había traicionado. Lo había hecho durante quién sabe cuánto tiempo, aprovechándose de su confianza, de la estabilidad que él le había dado. Siempre decía que ella merecía una vida de lujos, que no tenía por qué trabajar si tenía a un hombre poderoso y adinerado que podía cumplir sus sueños.
Adrián había sido fiel. Siempre.
Pero ahora todo eso se había terminado.
No iba a perdonar.
No iba a darle la oportunidad de seguir burlándose de él.
Pero antes de dar el siguiente paso, antes de pedir el divorcio y deshacerse de ese matrimonio basado en mentiras, tenía que asegurarse de tener todas las pruebas.
Salió de la ducha con una resolución firme en la mirada.
Laura creía que podía engañarlo sin consecuencias.
Pero pronto aprendería que Adrián Stuart no era un hombre al que se pudiera tomar por tonto.
Adrián se vistió con calma, eligiendo un traje oscuro que reflejaba su estado de ánimo. Su mente ya había tomado una decisión, y ahora solo quedaba ejecutarla con inteligencia.
Tomó su teléfono y marcó un número.
—Necesito verte en mi oficina en una hora —dijo con voz firme.
—Entendido, jefe —respondió su interlocutor sin hacer preguntas.
Adrián colgó, tomó su reloj y su cartera, y salió de la habitación con pasos decididos.
Bajó las escaleras, listo para irse, pero Laura apareció en la cocina, con una taza de café en la mano.
—¿No vas a desayunar? —preguntó con aparente inocencia.
Adrián la miró por un instante, como si analizara su rostro, sus gestos, su tono. Sabía que cada palabra que salía de su boca era una mentira.
—No, desayunaré en la empresa —respondió seco, sin darle más explicaciones.
Se dio la vuelta y salió sin despedirse, dejando a Laura con una expresión indescifrable en el rostro.
Subió a su auto y aceleró en dirección a su empresa. Tenía mucho por hacer y poco tiempo para perder.