LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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Una experta en desestabilización emocional.
A las ocho de la mañana, el lobby de la Corporación Santos se sumió en un silencio sepulcral. No era el silencio de la eficiencia, sino el del asombro absoluto. Lucian Santos, el hombre que despedía ejecutivos por llevar los zapatos mal lustrados, acababa de entrar con un aspecto que solo podía describirse como "superviviente de un desastre natural".
Su traje gris marengo estaba arrugado, no llevaba corbata —un pecado capital en su propio código de vestimenta— y, colgado de su hombro derecho, no llevaba su maletín de cuero, sino una mochila rosa con estampados de nubes y elefantes.
—No digan ni una palabra —gruñó Lucian mientras caminaba hacia el ascensor privado, cargando a Mikeila en un portabebés frontal que lo hacía parecer un canguro de alta gama.
Elena esperaba frente a la mesa de recepción de la oficina presidencial. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Ver a Lucian cargando a su hija era una imagen que nunca se habría atrevido a soñar, y, sin embargo, ahí estaban. Mikeila parecía encantada, tirando de la solapa del saco de su padre mientras emitía ruiditos de satisfacción.
—Señor Santos, llega tarde —dijo Elena, ajustándose las gafas para ocultar su brillo de diversión—. Los inversionistas de la firma textil están en la sala de juntas.
—Rivas, no me hables de horarios —respondió él, entregándole la mochila rosa como si fuera una bomba de relojería—. He pasado la noche en una guerra de trincheras. ¿Sabías que los bebés no tienen un botón de apagado? He intentado negociar un pacto de silencio con ella a las cuatro de la mañana, pero no acepta nada que no sea balancearse rítmicamente.
Elena tomó la mochila, rozando accidentalmente la mano de Lucian. Una chispa eléctrica, esa misma que recordaba de la noche de la fiesta, le recorrió el brazo.
—Es parte de la "gestión de recursos" que mencionó ayer, señor —dijo ella con un rastro de sarcasmo—. Por cierto, tiene una mancha de... espero que sea puré de manzana... en el hombro.
Lucian se miró al espejo del pasillo y soltó una maldición entre dientes.
—Rivas, encárgate de ella. Tengo que entrar a esa reunión. Mikeila se queda en mi oficina privada. Si alguien pregunta, di que es una... una consultora externa muy joven.
—¿Una consultora, señor? —Elena no pudo evitar la sonrisa.
—Sí. Una experta en desestabilización emocional. ¡Muévete!
La reunión fue un desastre glorioso. Lucian estaba en medio de una explicación sobre el margen de beneficios cuando, a través de las paredes de cristal —que no eran tan insonorizadas como él creía—, llegó un alarido que heló la sangre de los presentes.
—¿Es eso... un niño? —preguntó el inversor principal, un hombre conservador de setenta años.
Lucian se puso rígido.
—Es... un sistema de alarma nuevo que estamos probando. Muy vanguardista.
Pero entonces, la puerta de la sala de juntas se abrió. Elena entró con Mikeila en brazos. La bebé estaba en pleno "puchero de nivel 5", ese que Lucian ya empezaba a temer más que a una auditoría fiscal.
—Señor Santos, disculpe la interrupción —dijo Elena con voz profesional, aunque sus ojos le enviaban un mensaje desesperado: O la tomas tú o quema el edificio—. La consultora externa requiere su atención inmediata. Ha rechazado todas las propuestas de refrigerio que le he ofrecido.
Mikeila estiró los brazos hacia Lucian. El inversor principal se puso de pie, indignado.
—Santos, ¿esto es una broma? ¿Estamos hablando de una fusión de cincuenta millones y usted tiene un jardín de infancia en la oficina?
Lucian miró al inversor. Luego miró a Mikeila, que ahora sollozaba silenciosamente, con esas lágrimas grandes y transparentes rodando por sus mejillas de porcelana. Sintió una presión extraña en el pecho, una indignación que no era contra la bebé, sino contra el hombre que la miraba con desprecio.
—Señor Harrison —dijo Lucian, su voz volviéndose fría y peligrosa—, si no tiene la capacidad de entender que la familia es la base de cualquier estructura sólida, quizás no es el socio que estoy buscando.
La sala se quedó en silencio. Elena casi deja caer el biberón. ¿Lucian Santos acababa de defender a una bebé por encima de un negocio millonario?
—¿Me está echando? —tartamudeó Harrison.
—Le estoy sugiriendo que se retire antes de que mi "consultora" decida que su cara es un buen lugar para practicar su puntería con el puré —
Lucian se levantó y caminó hacia Elena, tomando a Mikeila en sus brazos—. La reunión ha terminado.
Cuando los inversores salieron, echando chispas, la oficina se quedó vacía. Lucian suspiró, sintiendo el peso de Mikeila contra su pecho. La niña, mágicamente, se calmó al instante de estar en sus brazos, apoyando la cabecita en el hueco de su cuello.
—Acaba de perder cincuenta millones, señor Santos —susurró Elena, acercándose.
—Eran unos idiotas, Rivas. El tipo olía a naftalina y no tenía visión de futuro —Lucian miró a la bebé, que ya estaba cerrando los ojos—.
Además... hizo ese puchero. ¿Lo viste? No podía dejar que llorara delante de esos buitres.
Elena sintió un vuelco en el corazón. La barrera de hielo de Lucian no se estaba derritiendo; se estaba rompiendo a martillazos.
—Es usted un hombre sorprendente, jefe —dijo ella, con una ternura que no pudo ocultar.
Lucian la miró, dándose cuenta por primera vez de lo cerca que estaban. Notó que Elena no usaba perfume, sino que olía a vainilla y a algo que le recordaba a casa. Por un segundo, el ejecutivo agresivo desapareció, y solo quedó un hombre confundido con una bebé en brazos y una mujer que lo miraba como si fuera un héroe, a pesar de que él sabía que no lo era.
—No te acostumbres, Rivas —dijo él, aunque no se alejó—. Mañana volveré a ser un tiburón.
—Claro, señor —asintió ella, sabiendo que mentía
—. Por cierto, el laboratorio acaba de llamar. El kit de ADN está en su escritorio. Solo falta su muestra.
La realidad golpeó a Lucian como un balde de agua fría. Si la prueba salía negativa, Mikeila se iría. Y por alguna razón que no podía explicar, ese pensamiento le dolió más que perder todos los millones del mundo.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂