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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XII- la ruptura del sello

Alessio:

El aire en la pequeña sala se había vuelto denso, cargado de electricidad y del olor a nuestra urgencia compartida. Clara estaba bajo mí, con el cuerpo arqueado sobre el viejo cuero del sofá, su piel pálida resaltando contra la oscuridad de la tapicería. Cuando deslicé mis manos bajo su blusa, pude sentir su corazón martilleando contra su pecho, un ritmo frenético que sincronizaba con el mío.

Me despojé de lo que quedaba de nuestra ropa con movimientos rápidos, casi violentos, incapaz de seguir conteniéndome. Cuando finalmente nuestras pieles se encontraron, sin barreras, la sensación fue un shock eléctrico que casi me hace perder la poca compostura que me quedaba. Ella era suavidad pura, un contraste abismal con mi cuerpo endurecido por la obsesión y el deseo.

Me posicioné entre sus piernas, sintiendo cómo se cerraban instintivamente alrededor de mi cintura. Podía ver el miedo en sus ojos, pero también esa entrega desesperada que me había regalado desde la mañana.

—Mírame, Clara —gruñí, mi voz apenas un murmullo ronco contra su cuello—. Confía en mí.

Comencé el descenso con una lentitud tortuosa. Quería marcar cada centímetro, quería que ella sintiera la magnitud de lo que estaba a punto de suceder. Mi erección, tensa y palpitante, buscó su centro, encontrando el umbral de su inocencia. Cuando la cabeza de mi miembro presionó contra su entrada, sentí cómo sus músculos se tensaban con una resistencia natural, un muro de seda que se negaba a ceder ante mis 34 centímetros de pura fuerza.

—Alessio... espera... —sollozó ella, sus dedos clavándose en mis hombros, arañándome la piel.

—Shhh... estoy aquí —le susurré, besando sus lágrimas mientras me abría paso con una delicadeza que no sabía que poseía.

La penetración fue lenta, una invasión inevitable. Sentí cómo se estiraba, cómo se desgarraba a mi paso, y el sollozo de dolor que escapó de sus labios me atravesó el alma, aunque mi instinto salvaje me empujaba a no detenerme. Me detuve cuando sentí la resistencia final, el sello que me confirmaba que era el primero y el único. Di una estocada firme y corta, rompiendo la barrera de su virginidad, escuchando su quejido ahogado mientras ella se hundía en el sofá, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados con fuerza.

Me quedé estático, dejándole tiempo para asimilarme, para que su cuerpo aceptara mi tamaño, mi posesión. La sentía apretándome por dentro, una estrechez que me cortaba la respiración, un abrazo de carne y fuego que me reclamaba.

—¿Estás bien? —pregunté, con la frente apoyada en la suya, sintiendo cómo su respiración empezaba a regularizarse, cómo su dolor se transformaba en una extraña mezcla de plenitud y deseo.

Ella asintió apenas, un movimiento mínimo, y sus piernas volvieron a rodearme, esta vez con más fuerza, marcando el inicio de nuestra danza. Comencé a moverme, al principio con cuidado, midiendo su reacción, pero a medida que sentía cómo sus paredes se relajaban y empezaban a pulsar a mi ritmo, mi control empezó a tambalearse.

El ritmo aumentó. Mis embestidas se volvieron más profundas, más pesadas, buscando tocar cada rincón de su interior virgen. Ella comenzó a gemir, un sonido constante que subía de tono con cada golpe de cadera. Yo era un animal encadenado que acababa de ser liberado; cada vez que entraba hasta el fondo, sentía cómo golpeaba contra su cuello uterino, provocando que ella se estremeciera con espasmos de placer puro.

—Eres mía, Clara —rugí, perdiendo la batalla contra la razón mientras mis manos se aferraban a sus muslos para darle más ángulo, para enterrarme más profundo, para marcarla con cada movimiento—. Solo mía.

El sofá crujía bajo nuestra intensidad, y el mundo exterior, la nota de Valentina, el resto de la existencia, ya no importaban. Solo éramos nosotros: la inocencia de su cuerpo contra la violencia de mi necesidad, fundidos en un acto que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Clara:

El dolor fue una línea de fuego que me atravesó de lado a lado, un rasgón que me hizo arquear la espalda hasta que sentí que los huesos del sofá se me clavaban en la columna. Cerré los ojos, con las uñas enterradas en sus hombros, intentando contener un grito que se convirtió en un sollozo ahogado. Él era inmenso, una fuerza de la naturaleza que me invadía por completo, estirando cada fibra de mi ser hasta un límite que creía insoportable.

Pero entonces, el ritmo cambió.

Alessio se detuvo, sintiendo mi tormento, y me besó. Sus labios, su aliento caliente, sus manos acariciando mis caderas con una suavidad que chocaba de frente con la brutalidad de su tamaño dentro de mí. Y poco a poco, entre el ardor y la sensación de plenitud absoluta, algo empezó a transformarse.

El dolor se convirtió en una especie de brasa latente que, con cada estocada, se iba encendiendo más. Sentir sus 34 centímetros llenándome, rozando partes de mi interior que nunca habían sido despertadas, me generó una extraña y devastadora hipnosis. Empecé a sentir cómo sus movimientos, antes temerosos, ahora reclamaban un espacio que yo, para mi propia sorpresa, deseaba darle.

—Clara... —susurró él, y el sonido de mi nombre saliendo de su garganta, ronco y posesivo, me hizo vibrar.

Me moví con él. Al principio fue un instinto, una forma de aliviar la presión, pero pronto se convirtió en una necesidad. Cada vez que él se hundía profundamente, yo respondía subiendo mis caderas, buscando ese roce eléctrico que me nublaba la mente. Era un ciclo violento y maravilloso: el dolor de la rotura se mezclaba con la electricidad del placer, creando una sinfonía que me hacía perder el sentido de la realidad.

Ya no sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él. Cada embestida era un golpe directo contra mi cordura. Gemía, no por el dolor, sino por la magnitud de lo que estaba sintiendo. Mis muslos, aún doloridos, se aferraban a su cintura con una fuerza que yo no sabía que tenía, obligándonos a ir más rápido, más profundo, más intenso.

Era una humillación dulce, una entrega absoluta. Sentía cómo sus manos grandes apretaban mi carne, marcándome, recordándome que él era el dueño de este nuevo territorio que acababa de conquistar. Y aunque una parte de mí, la parte más lógica, gritaba que este era el principio del fin, la parte que sentía el fuego de su cuerpo recorriendo el mío solo podía pedir más. Quería quemarme hasta el final, quería que esa sensación de llenura absoluta no se detuviera nunca, aunque supiera que me estaba rompiendo en mil pedazos para dejar que él me reconstruyera a su manera.

El mundo se puso patas arriba, literalmente. Sin previo aviso, Alessio me obligó a girarme, empujándome hacia adelante hasta que mis rodillas se hundieron en el cuero viejo del sofá. Mi rostro quedó contra el respaldo, mis manos aferrándose al borde con los nudillos blancos de la tensión, mientras él se posicionaba detrás de mí, enorme y dominante.

No hubo dulzura esta vez. Ya no había rastro de la delicadeza con la que había comenzado.

—Ahora vas a saber lo que es pertenecer, ratoncito —gruñó, su voz sonando como un trueno contra mi nuca.

Sentí sus manos enormes rodeando mis caderas, apretando con una fuerza que me dejó marcas, y antes de que pudiera tomar aire, me embistió. Fue un golpe seco, crudo, un impacto que me dejó sin aliento. No hubo preparación; él entró de golpe, hasta el fondo, golpeando con una furia animal que me hizo soltar un grito agudo contra el sofá.

—¡Alessio! —exclamé, sintiendo que me partía, que me llenaba hasta el último rincón de mi ser.

Él no se detuvo, ni bajó el ritmo. Se convirtió en una máquina de deseo salvaje. Sus embestidas eran rápidas, violentas, sin ningún rastro de piedad. Me tomaba como si quisiera marcarme de por vida, como si estuviera reclamando una propiedad que por fin, después de tanto tiempo, era totalmente suya. Cada golpe de sus caderas contra mis glúteos era un recordatorio de su superioridad física, de lo grande que era, de cómo me dominaba por completo.

Mis gemidos se volvieron gritos ahogados, una mezcla de dolor y un placer tan intenso que rozaba la agonía. Mis rodillas resbalaban sobre el cuero por el sudor, pero él me sujetaba con firmeza, impidiéndome escapar, obligándome a recibir cada estocada con una profundidad que me hacía ver estrellas.

Era posesivo. Era obsceno. Se sentía como si me estuviera reclamando con cada golpe, rompiendo mi voluntad hasta que lo único que quedaba en mi mente era su nombre y el ritmo frenético de su cuerpo contra el mío.

—¡Mírame! —rugió, agarrándome del cabello y tirando de mi cabeza hacia atrás para obligarme a encontrar su mirada en el reflejo de la ventana—. ¡Dime de quién eres!

—¡Tuya! —grité, más allá del miedo, más allá de la razón. —¡Soy tuya!

Su risa, ronca y cargada de una victoria oscura, se perdió en el sonido de nuestros cuerpos chocando con una violencia desmedida. Estaba perdiendo la noción de quién era yo. Solo existía el dolor punzante, el placer eléctrico y la furia descontrolada de un hombre que, en ese sofá, había decidido devorarme viva. No había vuelta atrás; en ese momento, bajo esa embestida animal, me rendí ante la tormenta.

Alessio:

La voz que salía de mi garganta ya no era humana. Era un gruñido gutural, un sonido de bestia que había estado encadenada demasiado tiempo. Mis dientes estaban apretados, mis músculos tensos como cuerdas de piano, y cada embestida que le daba era una descarga de pura rabia y posesividad.

«Mía. Maldita sea, toda mía.»

—¡Ábrete más para mí, perra! —rugí contra su espalda, mi voz sonando distorsionada, animal. Mis manos no la acariciaban; la aprisionaban, enterrando mis dedos en la carne de sus caderas, dejando mis marcas en su piel blanca—. ¡Recíbeme hasta el fondo! ¡Siente cómo te estiro!

La sentía apretándome, sus paredes internas latiendo con una fuerza que me volvía loco. Cada golpe de mis caderas contra sus glúteos era un martillazo. El sonido de nuestra piel chocando era húmedo, obsceno, un eco constante que llenaba la sala mientras ella sollozaba bajo mi dominio.

—¡Mira lo que te hago! —bramé, dándole una estocada tan profunda que sentí cómo golpeaba su interior, cómo su cuerpo se sacudía ante la magnitud de mis 34 centímetros. La tomaba sin piedad, con una furia descontrolada, marcando cada rincón de su anatomía—. ¡Así es como te lleno! ¡Así es como te rompo!

Estaba sudando, el calor que emanaba de su centro me emborrachaba. La giraba, la doblaba, la sometía a mi antojo. No había rastro del hombre que ella conocía; ahí solo quedaba el animal reclamando su presa, el macho asegurándose de que Clara supiera exactamente lo que significaba estar bajo su mando.

—¡Gime para mí! —exigí, hundiendo mi cara en su cuello, sintiendo el aroma de su sudor y su rendición—. ¡Dime que te encanta cómo te destrozo por dentro! ¡Dime que no puedes respirar sin sentirme!

Mis movimientos eran frenéticos, carentes de cualquier sutileza. La penetraba con una brutalidad que me hacía disfrutar de su dolor tanto como de su placer. Quería que se ahogara con su propio deseo, que sintiera cada fibra de mi tamaño, que supiera que no había salida. Cada vez que llegaba al fondo, la hacía jadear, la obligaba a seguirme en ese baile salvaje donde ella solo podía ser el receptáculo de mi furia sexual.

—¡Eso es, así! —gruñí, sintiendo que el límite estaba cerca, que mi propia liberación venía cargada de una posesión absoluta—. ¡Quédate ahí, sucia, húmeda, mía! ¡No vas a olvidar nunca cómo se siente ser de un animal!

Estaba al borde, mis venas palpitaban, mi cuerpo era puro instinto. Estaba a punto de marcarla, de reclamarla para siempre en ese sofá, mientras mis embestidas seguían siendo un ataque constante, un asalto directo a su cordura y a su cuerpo que ya no tenía fuerzas para pedir nada más que seguir siendo devastado.

Mis sentidos estaban desbordados, saturados por el aroma a sexo, sudor y esa mezcla de miedo y placer que emanaba de ella. Mis embestidas ya no eran controladas; eran puro instinto, un martilleo incesante contra su carne. Sentía cómo sus paredes internas se contraían frenéticamente, succionándome, apretándome con una desesperación que me indicaba que estaba llegando a su límite.

Entonces, el cuerpo de Clara se tensó bajo el mío. Sentí sus espasmos, una serie de ondas eléctricas que me golpearon a través de mi propio miembro. Sus gritos se convirtieron en un alarido agudo, desgarrador, una explosión de placer que la sacudió de pies a cabeza mientras su útero palpitaba contra mí, bebiéndose cada gota de mi energía.

—¡Eso es! ¡Ven para mí, mi ratoncito! —rugí, mi voz convertida en un sonido gutural, primitivo, una declaración de guerra contra su voluntad.

Verla colapsar bajo mi ritmo, ver cómo su placer me alimentaba, fue la chispa final que necesitó mi propia bestia para detonar. Me aferré a sus caderas, clavando mis dedos en su piel, y solté un rugido animal, una descarga de furia contenida que retumbó en las paredes de la cabaña.

Me vacié dentro de ella con una violencia desmedida. Sentí la quemazón de mi propia simiente inundándola, llenando cada rincón de su santuario virgen sin una sola barrera que nos separara. Cada pulsación de mi cuerpo era una marca de propiedad, una inyección de mi vida dentro de la suya. Fui un volcán en erupción, descargando toda la obsesión que me había carcomido durante meses, hasta que mis rodillas cedieron y me desplomé sobre su espalda, jadeando como un depredador que acaba de desgarrar a su presa.

Mi corazón golpeaba contra su columna, mi pecho subía y bajaba en un ritmo errático. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por nuestras respiraciones pesadas y el eco de lo que acabábamos de destruir.

—Ahora sí... —musité contra su piel, mi voz apenas un susurro roto, cargado de una satisfacción oscura—. Ahora sí eres mía de verdad.

No me moví. Me quedé allí, todavía unido a ella, marcándola, respirando su olor y sintiendo cómo mis restos se perdían en su interior, sin importarme las consecuencias, sin importarme el mundo. Solo existía este instante de colisión absoluta donde, por primera vez, el animal y el hombre se habían quedado en paz.

Clara:

El silencio que siguió a la tormenta fue tan ensordecedor como la furia que nos había consumido segundos antes. Poco a poco, los latidos de mi corazón dejaron de ser un martilleo frenético para convertirse en un pulso lento, pesado, que se acompasaba con el de Alessio sobre mi espalda.

El sofá, que antes parecía un campo de batalla de cuero y sudor, ahora se sentía como un refugio claustrofóbico. Sentía su peso —un peso que ya no me parecía una amenaza, sino una realidad ineludible— presionándome contra la superficie. Mi cuerpo entero se sentía extraño, como si acabara de ser desarmado y vuelto a ensamblar de una forma completamente distinta. Mis músculos estaban tan relajados que apenas podía mover un dedo; un agotamiento profundo, casi doloroso, me recorría desde la nuca hasta las plantas de los pies.

Sentía su calor dentro de mí, una sensación de plenitud que me daba escalofríos. No había arrepentimiento, lo cual me aterraba aún más que el acto mismo. Solo había una calma vacía, un estado de shock donde mi mente se negaba a procesar lo que acababa de ocurrir.

Él seguía allí, sin retirarse, como si todavía estuviera reclamando cada rincón de mi interior. Apoyé la mejilla contra el cojín y cerré los ojos, sintiendo cómo el sudor se enfriaba sobre mi piel, pegándome el cabello al cuello.

—Alessio... —mi voz apenas fue un susurro, un hilo de aire que se perdió en la penumbra de la sala.

No esperaba respuesta. Solo quería escuchar el sonido de su respiración, asegurarme de que el animal se había retirado y que el hombre —aunque fuera solo una fracción del mismo— seguía ahí. El mundo afuera no existía. No existía la nota de Valentina, no existía mi antigua vida, ni la mujer que era hace apenas una hora. Solo existía el vacío que me dejaba su posesión, esa calma postrera que se siente después de un naufragio.

Me sentía como un cristal que se ha roto y que, al ser pegado, nunca volverá a ser igual. Era una paz aterradora, una rendición que me quitó el aliento y me dejó a la deriva, esperando a ver si, cuando él finalmente se levantara, yo tendría fuerzas suficientes para seguir siendo yo misma, o si me habría disuelto por completo en este juego macabro de placer y dominación.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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