Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 17
Capítulo — El día en que la manada me escuchó
El día llegó, no estaba ni ansiosa ni con miedo, estaba normal, me preparé, y pensaba qué iba a decir, quería hablar sin temblar y sin tartamudear.
Cuando llegué al centro de la manada, no sentí miedo.
Eso fue lo que más me asustó.
Pasé la vida entera deseando ser invisible. Soñando con desaparecer en los rincones, con no ser vista, no ser señalada, no ser recordada. Y, aun así, allí estaba yo. En el centro. Todos los ojos en mí. Todos los cuchicheos muriendo antes de nacer.
El viento tocaba mi piel como si supiera. Como si dijera: es ahora.
Yo caminé despacio. No porque estuviera insegura — sino porque quería que cada paso fuera visto. Cada respiración. Cada segundo de mi silencio.
Kael estaba al frente. Rígido. Duro. Los hombros tensos de más para alguien que se decía alfa.
Y entonces supe: no era Kael quien estaba allí. Era su lobo. Los ojos rojos lo denunciaban. Odio puro. Instinto herido.
Levanté el mentón. Y oí cada promesa que Kael hacía para la manada y no concuerda con él, él no es eso que dice, sonreía por dentro.
Cuando él dijo.
— Ahora la luna que la diosa escogió para nosotros irá a hablar, Luara.
Pasé años con la cabeza baja. No en aquel día, aquel día yo levanté, y pretendo no bajar más.
Comencé a hablar con la voz dulce más con veneno.
— Antes de cualquier cosa — mi voz salió firme, más firme de lo que yo esperaba —, yo quiero que todos aquí recuerden de quién gobernaba esta manada antes.
Un murmullo recorrió el círculo.
— Mikael.
El nombre cayó pesado. Digno. Justo.
— Un alfa de verdad. Un hombre que lideraba sin necesitar humillar. Que protegía sin necesitar herir. Que nunca usó el miedo como herramienta.
Mis ojos barrieron cada rostro.
— Desde que él pasó el poder para su hijo Kael, mi compañero que Selene escogió, esta manada no está más la misma cosa, hasta el aire cambió. ¿Qué esta manada ganó en estos días que se pasaron?
Silencio.
— Ganó más risadas crueles.
— Ganó más desprecio por los débiles.
— Ganó un líder que se esconde detrás del título y no sustenta el peso de él. Y siempre se pasaba de bueno para el alfa, nunca mostró su verdadera cara.
Yo sentí a Ártemis moverse dentro de mí. No para tomarme. Para sostenerme.
— Yo fui llamada de error desde niña.
— De gorda.
— De lenta.
— De inútil.
Respiré hondo.
— Ustedes rieron.
— Ustedes asistieron.
— Ustedes dejaron y ayudaban, y principalmente él que se tornó alfa, siempre DESPRECIÓ a aquellos que él juzgaba que no era parte del grupito de él.
Apunté, sin apuntar. No necesitaba.
— Un alfa malo merece una luna mala.
— Y yo no soy mala.
El impacto fue visible. No porque yo grité. Sino porque yo no grité, no reculé, no tartamudeé.
Me giré para Kael.
Él me encaraba como si quisiera despedazarme allí mismo.
— Tú no eres digno del trono que ocupas — yo dije, mirando directo en los ojos de él. — Y no eres digno de mí.
El lobo de él gruñó. Literalmente.
Entonces yo dejé a Ártemis subir.
Mis ojos ardieron. El azul tomó todo. Un azul antiguo. Frío. Predador.
Mi voz cambió. No quedó más alta. Quedó más profunda.
— Yo, Luara… te rechazo, Kael.
Él dio un paso al frente.
— ¡Cállate! — rugió.
Yo no me moví.
— Yo, Luara… te rechazo, Kael.
El dolor comenzó como una lámina atravesando el pecho. Se hunde. Gira. Rasga.
Yo no caí.
— Yo, Luara… te rechazo, Kael.
El grito que salió de la garganta de él fue animal.
Y entonces yo caí.
De rodillas.
El dolor fue absurdo. Indescriptible. Como si algo estuviera siendo arrancado a la fuerza de dentro de mí. Como si mi alma estuviera siendo rasgada en dos.
Oí el impacto de él en el suelo también. El vínculo jaló a los dos. Igual. Brutal.
Levanté el rostro con dificultad. El mundo giraba.
— Ahora… — mi voz salió fraca, mas audible — quédate a gusto para escoger la luna que tú siempre quisiste.
Una sonrisa triste tocó mis labios.
— Solo espero… que ustedes no destruyan la manada de una vez.
Y entonces todo oscureció.
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Desperté y me apagué. Desperté y me apagué.
Hasta que no desperté más.
Oí voces distantes. El lloro de mi madre. Brazos a mi alrededor. El olor de hierbas.
— El vínculo fue roto de forma violenta — dijo la curandera, la voz pesada. — Eso es extremadamente peligroso para una loba hembra.
Silencio.
— Ella puede no despertar.
Mi madre sollozó.
— La loba de ella va a tener que luchar. Y mucho. Si una cae… la otra va junto.
Oscuridad.
Mas, allá en el fondo, yo sentí.
Ártemis no soltó mi mano.
Y yo…
no estaba lista para morir.
Yo estaba lista para luchar, para volver y ser justicia.